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domingo, 6 de mayo de 2012

ENTRE EL 15-M Y MAYO DEL 68

M. A. BASTENIER

El País, 19 de octubre de 2011

Immanuel Wallerstein ha comparado el movimiento de los indignados, que acaba de doctorarse internacionalmente con su sentada en Wall St., con Mayo del 68, lo que puede ser acertado en cuanto a sus eventuales repercusiones, pero sin que eso desmienta unas diferencias tan grandes como lo que va de ayer a hoy. Leonel Fernández dijo la semana pasada en el Foro de Biarritz, celebrado en Santo Domingo, que “una ola de malhumor” recorría el mundo. El presidente dominicano calificaba muy descriptivamente la que probablemente es mayor manifestación de cólera y disgusto en tiempo de paz en Occidente, desde aquel mayo radiante que nunca fue, sin embargo, mundial, sino solo estrechamente franco-europeo.
Mayo del 68 actuaba desde la iconoclastia de una nueva fe que, aunque mal definida, proponía un mundo. Tenía líderes, jóvenes universitarios que aspiraban, aun sin pretenderlo, a convertirse en nuevos mandarines; e, inicialmente, el partido comunista francés, que era el más estalinista de Europa occidental, mantuvo las distancias para sumarse desganadamente a la protesta cuando ya no tenía más remedio. El enemigo de la estudiantada era un gigante, pero hombre al fin y al cabo, que abandonaba la presidencia de la república al año siguiente sin sospechar que quien le había derrotado había sido un viento primaveral y no un insulso referéndum sobre la regionalización. Charles de Gaulle. Eslóganes aparte, propios de esa prestidigitación tan francesa de la palabra –‘prohibido, prohibir’; ‘la imaginación al poder’- aquel Mayo nacía en una atmósfera intelectual en la que sería posible el euro-comunismo, el dogma anti-dogmático, en la ‘mouvance’ del experimento checoslovaco de Alexander Dubcek, aplastado en agosto siguiente por los tanques que jubiló a fin de los 80 el más servicial ‘vigía de Occidente’, Mijail Gorbachov.
El movimiento que comenzó en la Puerta del Sol, hasta ahora la única exportación española verdaderamente internacional del siglo XXI, tiene como gran protagonista a una masa tan deliberadamente anónima como despersonalizado es su enemigo: el capitalismo financiero, los bancos y sus hipotecas, los gobernantes que desoyen la opinión, la insuficiencia democrática que no da para un empleo digno; lo más antropomórfico en ese eje del mal es la muralla de Wall St. Estamos por ello ante un movimiento de okupas universales que no propone ninguna revolución, sino la domesticación sin escapatoria posible del capitalismo. No sabemos si ha opinado Francis Fukuyama, el ‘biógrafo’ del fin de la historia, pero seguramente debería estar satisfecho cuando menos por el hecho de que tanta ira acumulada se exprese hoy de forma tan poco ideologizada. Su colega y rival Samuel P. Huntington, ya fallecido, se molestaría, en cambio, de que no aparecieran musulmanes en la protesta. Efectivamente, salvo algunos latinoamericanos fácilmente asimilables a la algarabía española, la inmigración está callada para no llamar innecesariamente la atención.
Pero que el 15-M prefiera alojarse en el seno oscuro de la masa no significa que carezca de organización. Si Mayo del 68 congregaba a sus peones por medio del pasquín y del teléfono, el movimiento madrileño y sus adláteres mundiales son de profesión digitales, como el proselitismo y el encuadramiento políticos. Pero ¿cuál es su futuro, más allá del natural orgullo de ver cómo el público se reclama de parecida indignación en tantos países azotados por la crisis? Eslóganes tan poco realistas como ‘el pueblo unido, jamás será vencido’ parece que lo sitúan en una difusa zona a la izquierda, pero no faltan en sus aglomeraciones venerables representantes de la Tercera Edad, que exigen que se les trate como corresponde a los que sostuvieron el Estado Providencia. ¿Hay materia prima humana en el movimiento para que se constituya en fuerza política con designio propio? Ante el 20-N en España ¿aparta el movimiento de las urnas o solo llama al voto de castigo, en contra de quien quiera que esté en el poder?
Los movimientos de ‘indignación’ son todos profundamente nacionales, vinculados a la protesta contra una coyuntura y una clase política determinadas, pero de la Puerta del Sol a Palacio Quemado en La Paz, ante el que indígenas bolivianos claman por la preservación de un parque natural o estropean su voto en una absurda elección de magistrados, se encuentra un factor de unidad. Con la historia concluida o no, el descrédito del sistema o de cómo se practica -aquel al que Churchill llamó el menos malo de los existentes- parece hoy ir en aumento. El liberal capitalismo, como decía Fukuyama, ha ganado; pero no gusta la manera.

domingo, 29 de abril de 2012

UN NUEVO FANTASMA RECORRE EUROPA

M. A. BASTENIER

El País, 12 de agosto de 2011

Un nuevo fantasma recorre Europa. Una protesta masiva, que apenas puede tener algún parentesco distante con la legítima y pacífica ‘indignación’ de los congregados en la Puerta del Sol, ha degenerado en el Reino Unido en varias jornadas de vandalismo y saqueo. Y lo más curioso de este “grave desorden social” -‘major civil unrest’- como lo ha calificado con pudor de clase la terminología oficial, ha sido como un salto atrás en el tiempo, precisamente hasta esa época del siglo XIX en la que Marx predecía la aparición del fantasma originario. Londres, como otras capitales de Europa, era entonces una aglomeración urbana sumamente peligrosa, en la que imperaba la ley del más fuerte, y tan solo en la madura fase maquinista de la Revolución Industrial pudieron la ciudad y el país contar con una policía capaz de pacificar las calles.
El deterioro de las condiciones de vida y de oportunidades de progreso social, tras el drástico plan de recortes del gobierno conservador de David Cameron, en el contexto de la crisis económica mundial, explican en lo inmediato el estallido de los guetos de Londres y otras ciudades inglesas, pero en el horizonte figuran también, obstinados, los años de neoliberalismo y dejación de Estado durante el mandato de la señora Thatcher, la primera ministra cuyo mayor placer era decir que ‘no’ a Europa. Hoy, ante el desmadejamiento de la Europa del euro, la ‘dama de hierro’ podría incluso pensar cuánta razón tenía en reducir al mínimo practicable para mantener a Europa como cliente, la integración británica en la UE. Pero se equivocaría. Ese déficit político, que sufre la Unión Europea a causa de líderes como Margaret Thatcher, se encuentra en la base misma de la incapacidad comunitaria para combatir o, mejor aún, prevenir la crisis. Más Europa y no menos es lo que hace falta para combatir la desarticulación social. Pero, a medida que se amplía el enfoque del problema, aparecen nuevos factores que nutren el conflicto.
El racismo es condenable, venga de donde venga. Pero no todo él es siempre uno y lo mismo. El factor étnico ha sido central en el estallido de la protesta. La muerte inexplicada de un ciudadano negro a manos de la policía en Tottenham, uno de los barrios más pobres de la capital, dio lugar primero a una protesta pacífica de la comunidad, casi toda de color, ante la comisaría del barrio, pero al día siguiente era ya una orgía de salteadores de comercios y prácticas de la guerrilla urbana contra la fuerza pública.
Las grandes nacionalidades occidentales han sufrido –a semejanza de los autores de la Biblia- una morbilidad recurrente, que podría llamarse síndrome del ‘pueblo elegido’, lo que también es una forma de racismo. La Castilla imperial la padeció en su siglo: “el español es la lengua para hablar con Dios”; un puñado de intelectuales y revolucionarios franceses pudieron sentir que solo un pueblo excepcional podía darle al mundo la declaración de los derechos del hombre; y la Gran Bretaña se inoculó asimismo el virus, quizá, con el triunfo de la Reforma. Véase el ‘God’s Englishman’ de Christopher Hill, el gran historiador marxista del mesianismo puritano inglés en el siglo XVII.
Cuando reventaron hace unos años los ‘bidonvilles’ de París y otras ciudades francesas, sus protagonistas, mayormente de origen norteafricano, protestaban porque siendo muchos de ellos ya naturales del país, no creían recibir los beneficios acreditados a esa condición. La tumultuaria refriega inglesa va, sin embargo, más allá: separados, bueno, pero iguales. Las clases rectoras británicas tienen interiorizada la convicción de una superioridad innata que en Francia y en España es obvia, folklórica y declamatoria, como sus respectivos racismos. La superioridad anglosajona no es exhibicionista, pero igualmente crea guetos. Francia, glotona de legalidad, prohíbe el velo islámico en las escuelas, porque quiere regular hasta el último detalle de la grandeza de la nación. El Reino Unido, en cambio, contempla con indiferencia la prenda como si fuera únicamente de vestir. Pero esa falta de fe británica en el poder de la ley para reformar la realidad es la gran aliada del statu quo. Son los llamados usos y costumbres.
Europa va a salir muy desmejorada de esta crisis, que ya puede calificarse de depresión, tanto material como moral. Los ‘indignados’ son en España una justísima manifestación ciudadana, muy diferente de la ‘premier league’ anti-democrática de Inglaterra. Pero que nadie dé por sentado que la enfermedad no puede declararse en ningún otro lugar.