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domingo, 29 de abril de 2012

AUN NO ES PRIMAVERA EN EL MUNDO ÁRABE

M. A. BASTENIER

El Espectador, 4 de septiembre de 2011

Los términos ’primavera árabe’, con que se ha bautizado la conmoción popular en el mundo árabe, comparan dos series de acontecimientos de la historia de Europa con lo que sucede en ese arco de tensión que va desde el Atlántico hasta el golfo que unos llaman Pérsico, otros Árabe, y por ello algunos decimos solo El Golfo. La ‘primavera de los pueblos’ es como en Europa occidental se calificó la liberación de la Europa del Este del control de Moscú; y su precedente fue el ‘vormarz’ germánico de 1848, que desde París a Viena impulsó con éxito diverso las formas parlamentarias de gobierno.
Todo comenzó en Túnez. El país norteafricano es un veraneadero de Europa, que produce sol y mano de obra. Y, quizá, por eso y porque los líderes de la independencia en los años 50 pensaron un país moderno, tenga las mejores posibilidades de desembocar en un régimen representativo. De Oeste a Este, dejando a un lado Marruecos donde Mohamed VI sortea con cintura la protesta, nos encontramos con Libia, donde todo apunta a la caída de un megalómano fracasado, Muamar el Gadafi, al que reemplazará una tropilla de desconocidos. El coronel tuvo la mala suerte de dar un golpe en imitación de Nasser en 1969, cuando el presidente egipcio ya agonizaba políticamente y un año después lo hacía físicamente. Así, Gadafi se encontró con un desierto de ubres petroleras y una ideología, el arabismo, en franca bancarrota, y se ha sostenido en el poder por el crudo con que anestesiaba a las 140 tribus que integran una nación, por otra parte, inexistente. Tanto que a una realidad geográfica llamada Libia, para crear un verdadero país habría que adjuntarle libios. Pero sí existe el país como símbolo: Occidente, sin cuya fuerza aérea no habría caído el dictador, está diciendo con los bombardeos que las dictaduras de Siria y Yemen ya no son aceptables.
Siempre en el centro está Egipto, nación histórica de 80 millones de habitantes, que abastece de telenovelas, lengua franca, artistas e intelectuales a todo el mundo árabe, y de cuya suerte los restantes países del arco acabarán por ser deudores. El ejército trató de llegar a un acuerdo con el presidente Hosni Mubarak para que se exiliara y evitar así un juicio, que por su maratónica duración habrá de coincidir inevitablemente con cuantos pasos electorales traten de institucionalizar el nuevo régimen. ¿Democrático? El ejército preferiría un apaño a la turca, pero no la democratizante de Erdogan, sino la fundada por Mustafá Kemal, en la que la milicia, so pretexto de garantizar la modernidad, tuteló durante más de medio siglo los destinos nacionales.
Al norte de Suez se alza un fulcrum político. Es un peso ligero, pero la mayor parte del mundo árabe cree que sin una solución al eterno conflicto de Palestina, jamás habrá paz en la zona. Y en los territorios que ocupa Israel desde 1967 la revuelta norteafricana ha provocado una doble reacción: la legalista y la espontánea. La primera es la que promueve el presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas, consistente en pedir a la asamblea general de la ONU el reconocimiento como Estado de lo que resta de tierra no anexionada por Israel. La petición se cursará a fin de septiembre a la Asamblea y no al Consejo de Seguridad, porque el presidente norteamericano Barack Obama ya ha advertido que vetaría cualquier resolución del C. de S. en ese sentido; y como alternativa más digerible para Washington la AP se podría conformar con que la asamblea –que sí aprobó la creación de Israel en noviembre de 1947- la reconozca como Estado, pero solo con status de observador. La AP espera que ese reconocimiento ahonde el aislamiento internacional de Israel, pero lo cierto es que mientras Jerusalén cuente con el apoyo de Washington el sionismo nunca estará aislado. Y la segunda respuesta son los recientes atentados palestinos y las demoledoras represalias israelíes, con grave derramamiento de sangre por ambas partes.
Más al Este aparecen Siria, Yemen y Bahrein, y de fondo, los esfuerzos de Arabia Saudí y los Emiratos para que no desborde la violencia. Siria, que domina el alauismo -secta cercana al chiismo iraní- jamás sufrirá una intervención militar occidental porque si Damasco se viera atacado, haría saltar Oriente Próximo por los aires. Hizbulá en Líbano y Hamás en Palestina, aunque nada partidarios de la mano dura, tendrían muy difícil negarse a una petición de ayuda si, como Sansón, el presidente Bachar el Assad decidiera morir matando. Y algo ´parecido cabe decir del gran aliado iraní. El momento quizá culminante podría llegar en febrero, con la celebración de elecciones supuestamente multipartidistas. Creer, sin embargo, que Bachar el Assad organice unos comicios democráticos exige tanta fe como el dogma de la Inmaculada. Yemen, con su presidente siguiendo tratamiento médico en Arabia Saudí del que puede que no regrese, va de vuelta al tribalismo en que tradicionalmente había vivido, con extensas zonas que no dominan ni régimen ni oposición, y donde podría consolidarse Al Qaeda. Riad interviene, por último, en el emirato de Bahrein, donde se desgañita la protesta de la mayoría chií contra la casa reinante suní, pero los saudíes solo aspiran al mínimo de liberalización compatible con su propio proceso de apertura, que al paso actual consumirá todo el siglo.
La ‘primavera árabe’ es solo un eslogan y la democracia seguirá probablemente siendo una aspiración sin fecha de entrega. Pero lo que parece seguro es que se acabaron las dictaduras de antiguo régimen, respaldadas por un poder norteamericano que ya no asusta a la mayoría ni protege a la ‘clique’ gobernante. Y cuanto haga bascular Egipto la situación o sea capaz Arabia Saudí de contener ese cambio, determinará el futuro.

MUAMAR GADAFI COMO PROBLEMA

M. A. BASTENIER

EL PAÍS el 31 de agosto de 2011

El ‘gadafismo’ seguro que ha dejado de existir. El Libro Verde y sus encantamientos de tercera vía, aunque no más ajenos a la realidad que la versión eurocéntrica de Giddens y Blair, han desaparecido por el sumidero de la historia sin dejar una nota al pie. Pero Muamar Gadafi no ha desaparecido todavía, y por ello constituye un problema para sus presuntos sucesores, el consejo autonombrado de transición hacia alguna parte, con sede recién estrenada en Trípoli.
Al militar libio, que dio un golpe de Estado contra la monarquía el 1 de septiembre de 1969, le pasó algo terrible. Se alzaba contra el anciano monarca Idris en nombre de una gran figura del mundo árabe, inventor en la práctica del pan-arabismo, el coronel egipcio -¡qué enorme atracción tenía ese grado para los golpistas!- Gamal Abdel Nasser. Gadafi quería ser el Nasser de Libia, promover la fusión con Egipto, poner ‘su’ crudo al servicio de la revolución pan-árabe. Pero, modesto capitán de 27 años, cuando tomaba el poder la ideología del ‘padre’ ya era solo una reliquia. Dos años antes, en junio de 1967, el panarabismo había sido apabullantemente derrotado por Israel en las arenas del Sinaí, las colinas del Golan y las callejuelas de Jerusalén, y como posdata, en septiembre de 1970 la muerte del gran líder, aquejado de diabetes y fracaso, enterraba el sueño de un mundo árabe unificado.
Se encontraba así el coronel, huérfano repentino y albacea presentido de un legado en ruinas. Y apenas en el curso de unos años, con la fundación de la Yamahiria, la forma de Estado de las masas que debería resolver los problemas del mundo, el líder libio mostraría los primeros signos de una grave inestabilidad psicológica. El caso no era tan diferente al de Fidel Castro en los primeros 90, cuando la desaparición de la URSS hacía que el mundo se estremeciera bajo los pies del revolucionario cubano y su obra dejase de ser funcional para la historia. La construcción castrista, cualquiera que sea la opinión sobre la misma, tenía sentido en la lógica bipolar de la época y, ya que no libertad, algún beneficio material sí procuró al pueblo antillano, mientras que Gadafi ha vivido 40 años en la soledad ideológica de sus fantasías de redentor universal, con todo el tiempo del mundo para confundir aún más el país, en lugar de crear una nueva Libia.
El coronel necesita seguir creyendo en lo que considera su obra a riesgo de desautorizarse a sí mismo. Mubarak en Egipto y Ben Ali en Túnez podían creer que su mandato dictatorial era bueno para sus países respectivos, pero no ignoraban quiénes eran, ni lo que estaban haciendo. Por eso es posible que Gadafi luche hasta el último partidario, lo que sería particularmente peligroso para la llamada revolución libia porque esta nace con más de un pecado original. Cualquiera que haya visto en tv a la tropa rebelde dirigiéndose en descapotable a un frente imprevisible, comprende que su victoria, a diferencia de lo ocurrido en Egipto y Túnez donde el Ejército tomó partido por la protesta, solo podía deberse al planchado áereo impuesto por la OTAN. La fuerza gadafista se había ido desgastando ante la evidencia de que Nicolas Sarkozy y David Cameron habían invertido tanto en la operación que no cejarían mientras quedara un objetivo indemne. Y si Mubarak en Egipto y Ben Ali en Túnez apenas podían contar con cuatro matones y una menguada clase política, el coronel sí que tenía un seguimiento.
Ni siquiera es preciso, como aventuraban medios árabes en Londres, que Gadafi pueda organizar una guerrilla para crear con ello problemas a la nueva situación. Más de 20 Estados africanos siguen reconociendo el régimen gadafista y aunque la Liga Árabe desea pasar página cuanto antes, la propia Argelia ha demostrado que no apoya experimentos en su vecindario. Gadafi tiene que exiliarse o caer en manos de los ‘rebeldes’ -aunque eso no exija darle muerte- para que esté definitivamente liquidado el Antiguo Régimen. Y aún con ello, si el Consejo de Transición no consigue probar que es capaz de gobernar, esto es restablecer el suministro de agua, electricidad y todo lo que garantizan aún los poderes más escuetos, la presencia de Gadafi izando su bandera en alguna parte del país, seguirá constituyendo un problema. No tanto como para que vuelva el gadafismo, pero sí lo suficiente para que bastantes se interroguen sobre lo oportuno de una revolución, con tan notables padrinos exteriores.