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domingo, 6 de mayo de 2012

EL CONFLICTO DE PALESTINA PARA TODOS LOS PUBLICOS

                                                                  
 M. A. BASTENIER

Espectador en octubre de 2011


La Autoridad Palestina que preside Mahmud Abbas se ha jugado el resto presentando ante la ONU la petición de ingreso en la organización de un nuevo Estado virtual llamado Palestina. Las probabilidades de éxito parecen escasas porque Estados Unidos, en cumplimiento de los deseos de Israel, vetará en el Consejo de Seguridad cualquier resolución en ese sentido. Pero el presidente palestino pretendía dos cosas: aislar a Israel por su oposición a algo que secundan 130 o más Estados de los 193 de la ONU; y, a sus 76 años, retirarse habiendo desafiado a Washington, que nunca se ha comportado como mediador imparcial. ¿Pero preguntémonos qué es eso del conflicto de Palestina?
La inmensa mayor parte del pueblo judío fue expulsado o abandonó su patria ancestral al comienzo de la era cristiana para establecerse en los reinos medievales europeos, en los que vivió sometido a gravísimas restricciones. Tan solo en la segunda mitad del XIX culmina la llamada Haskalá –Ilustración en hebreo- o equiparación legal de los judíos con los restantes ciudadanos de sus diferentes países, muy notablemente en Europa central y oriental, donde se concentraba el grueso de aquella migración. Pero la emancipación fracasa porque el cristiano teme la competencia de profesionales e intelectuales judíos que le disputan los puestos más destacados de la sociedad. Así nace el antisemitismo moderno que pretende evitar en la práctica, lo que no puede dentro de la legalidad. Y ello reaviva una querencia histórica, la recuperación de la tierra que hace 2.000 años fue del pueblo judío. El movimiento que propugna la creación del Estado de Israel se llama sionismo y fue fundado en Basilea en 1897.
Desde fin del siglo XIX la Organización Mundial Sionista promueve la emigración a Palestina –nombre romano de Tierra Santa- que, sin embargo, está poblada por árabes, en su gran mayoría musulmanes, y hasta 1918 fue parte del imperio otomano. Desde los años 20 es distinguible un cierto nacionalismo palestino, y son frecuentes los enfrentamientos entre árabes y hebreos, en lo que entonces era un mandato británico. Tras la Segunda Guerra, y en parte por el horror que causa el holocausto nazi, las potencias apoyan la fundación de Israel, que ocurría en 1948, haciendo caso omiso de que Palestina ya tenía dueño y que el mundo árabe no tenía por qué pagar los crímenes de Hitler. Desde entonces, Israel ha librado guerras, en ocasiones impuestas por sus vecinos árabes, en 1948, 56, 67 y 73, y otros episodios bélicos relativamente menores en 1982 y 2008. En 1948 Israel ocupaba el 77% del mandato británico- de unos 25.000 kms. Cuadrados –un tercio de Antioquia; y en 1967 conquistaba el resto del territorio, aunque solo se anexionaba la Jerusalén árabe, donde se alzan los Santos Lugares de cristianismo, islamismo y judaísmo. En 1948 y 1967 cientos de miles de palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares y hoy, con sus descendientes, suman cuatro millones de refugiados, de los que la mayoría sigue viviendo en campos de fortuna en países limítrofes.
En 1967 la ONU aprobó la resolución 242 en la que se pide a Israel que se retire de todos los territorios ocupados, al tiempo que proclama el derecho del Estado sionista a fronteras seguras y reconocidas. El movimiento palestino (OLP), dominado por Yaser Arafat desde 1967, se avino a reconocer la existencia de Israel solo en 1993, pero no sin antes ensangrentar el mundo con el arma terrorista, a lo que Israel respondía con algo más que contundencia. Los acuerdos de Oslo se firmaron en la Casa Blanca el 13 de septiembre de aquel año. No eran la paz, sino unos parámetros para llegar en un plazo de cinco años a un tratado que pusiera fin al conflicto. El objetivo tácito de esos acuerdos era la formación de un Estado palestino en el 23% del antiguo mandato (Cisjordania y Gaza), codo con codo y en paz con Israel. Pero el niño nacía muerto porque Israel no cesó nunca de ampliar la colonización de esos territorios, y una fracción del movimiento palestino, autodenominada Hamás, recaía en el terror sobre el fondo de dos revueltas más generales de la juventud palestina llamadas Intifadas (sacudida en árabe), entre 1987 y 1991, y de 2000 a 2003. Arafat rechazó en 2000 la oferta del presidente norteamericano Bill Clinton que comportaba la devolución del 80% de Cisjordania y Gaza, pero no en un territorio continuo, sino cruzado por numerosas carreteras de uso exclusivo israelí, así como varias bases militares; un condominio sobre los Santos Lugares; canjes de territorio en clara desproporción en contra de la AP; y la capitalidad del Estado palestino, en una aglomeración próxima a la Jerusalén árabe. La posición pro-israelí considera que Arafat perdió ahí la oportunidad de su vida; y el palestinismo recuerda que no se ofrecía solución al problema de los refugiados, para los que la resolución 184 contempla el regreso a sus hogares o una compensación material.
En los últimos años no ha habido negociaciones dignas de tal nombre. Y hoy, Abbas, sucesor de Arafat fallecido en el cargo, exige la congelación de la colonización para reanudar las negociaciones, mientras que el primer ministro isarelí, Benjamin Netanyahu, sigue inflando el territorio de colonos. Por eso, ante la evidencia de que el presidente Obama no conseguía que Israel dejara de establecer colonias en el territorio en disputa, Abbas ha acudido a Naciones Unidas. El impasse puede ser eterno.

domingo, 29 de abril de 2012

CUANTO PEOR, MEJOR EN PALESTINA

M. A. BASTENIER

EL PAÍS, 7 de septiembre de 2011

Estados Unidos e Israel despliegan estos días su diplomacia para impedir que la Autoridad Palestina solicite ante la asamblea general de la ONU que la organización reconozca la existencia de un Estado palestino. La aprobación de una resolución en ese sentido no modificaría, por supuesto, la realidad de la intermitente, parcial e indefinida ocupación israelí de Cisjordania, Jerusalén-Este y Gaza, con lo que ese Estado sería tan solo virtual. Pero -calcula la AP- que con ello infligiría un golpe propagandístico al Estado sionista, condenado una vez más ante el mundo por su dudoso interés en negociar la creación de una Palestina independiente, al tiempo que demostraría que es capaz de renunciar al paraguas diplomático norteamericano, a la vista de la impotencia del presidente Obama para impedir que Israel siga poblando de colonos los territorios ocupados.
Las presiones de Washington sobre los palestinos puede que sean tan extremas como para explicar la demora en tramitar aquella petición ante la ONU. Estaba previsto que la moción de la AP -que solo está reconocida como organización internacional con status de observadora- se presentara estos días para debatirse a fin de mes, pero el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, advertía la semana pasada que ya no había tiempo para hacerlo en septiembre. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, que posiblemente aún duda sobre lo que conviene hacer, está metido por ello en un berenjenal del que difícilmente saldrá sin nuevos desperfectos en su acumen político.
La llamada ‘primavera árabe’ tenía que provocar alguna reacción en medios del movimiento palestino; y han sido dos. Una legal y burocrática, ante la ONU; y la otra terrorista y contraproducente, los atentados de facciones radicales, a los que Israel ha respondido con la contundencia que era de esperar. La AP, que seguramente se conformaría con pasar de ‘organización’ a Estado aunque siempre con el limitado carácter de observador, trataba de hacer lo máximo que molestara lo mínimo a Washington; y la respuesta terrorista, por su parte, no hacía más que debilitar el apoyo internacional a la AP.
¿Cuál es la respuesta de Israel? Aparte de la acción diplomática sobre unos 70 Estados de los 156 con que mantiene relaciones, donde considera que sus presiones pueden surtir algún efecto, no parece que promueva grandes iniciativas. La facilidad con que el Gobierno de Benjamin Netanyahu sabe responder que ‘no’ es ya legendaria, como muestra la reciente negativa a presentar excusas a Turquía, tras la publicación del informe de la ONU sobre el abordaje de una embarcación turca que se dirigía a Gaza, en el que un comando israelí dio muerte a nueve activistas. Y eso que el documento es de un comedimiento que enternece. Solo acusa a los asaltantes de empleo de ”fuerza excesiva”. Y habida cuenta de que el ataque se produjo en aguas internacionales; que tanto tripulación como pasajeros eran concienzudamente inofensivos; que la misión, cierto que anti-sionista y de propaganda, transportaba únicamente ayuda para los habitantes de la Franja -a quienes no suele sobrarles de nada- no parece que la fuerza fuera lo único ‘excesivo’. Y la consecuencia de la negativa a reconocer el grado de responsabilidad que corresponde a la presentación de excusas ha sido la congelación absoluta de relaciones del Gobierno de Ankara con el de Jerusalén. Pero Benjamin Netanyahu es imperturbable. Israel ya está acostumbrada a estar sola contra el mundo, como demuestra la ley recientemente aprobada en el Kneset, que tipifica como delito cualquier apoyo de sus ciudadanos a medidas internacionales de boicot, tanto de naturaleza intelectual, reuniones universitarias, como material, la exportación de frutas y verduras de los territorios ocupados. El apoyo de Washington resuelve todos los problemas.
Lo clásico sería en este caso referirse al ‘lobby’ israelí en Estados Unidos como explicación de que el Gobierno de Jerusalén casi pueda dictar la política norteamericana en la zona, con Barack Obama o sin él en la presidencia. Pero las cosas son seguramente más sencillas. Washington, y más aún en momentos de conmoción en el mundo árabe como los actuales, sabe en quién puede, en último término, confiar. Es esa utilidad de Israel la que le da peso a su política. Con Estados Unidos al quite, Israel no puede sentirse jamás aislada.
La notoria insuficiencia, por todo ello, de ambos enfoques del problema -el político y el terrorista- nos remite a un eterno ‘cul de sac’. Aquel del que tampoco pudo sacar al conflicto la segunda y última ‘Intifada’.