domingo, 16 de septiembre de 2012

CÁDIZ 1812, A LOS 200 AÑOS

M. A. BASTENIER
 
El Espectador, 4 de marzo de 2012
 
El 19 de marzo de 1812, día de San José o de la ‘Pepa’, de hace 200 años, se promulgaba en el puerto andaluz de Cádiz la constitución así apodada, que muchos han considerado el acta fundacional de la moderna nacionalidad española, y de cuyo cumplimiento o incumplimiento se derivaron en buena medida las independencias de América Latina.

     Durante la mayor parte de esos dos primeros siglos de separación de las  nuevas naciones latinoamericanas de España, la vulgata histórica que se impuso fue la inexorabilidad de las independencias en seguimiento de la emancipación de los Estados Unidos; alimentadas con la munición ideológica de la Revolución Francesa; y apoyándose en el interés británico en fomentar la aparición del mayor número posible de Estados sucesores del imperio español. Divide ut regna.

     Las cosas se ven hoy, a ambos lados del Atlántico, de forma un tanto diferente. La espoleta del cambio fue la invasión napoleónica de España en 1808, y lo que en los anales patrios se conoce como la Guerra de Independencia. Sin ella no se habría producido una conmoción ni tan grande, ni tan súbita. Ante el vacío de poder creado en España por la abdicación de los Borbones, padre e hijo, lo que estalló en lo que hoy llamamos América Latina fue un anhelo de autogobierno, de autonomía, o, mejor, de igualdad en la gobernación y disfrute de los cargos representativos, con la metrópoli, mucho más que la eliminación de los vínculos con la monarquía. El episodio del florero de Llorente fue una anécdota que nadie recordaría si Cádiz 1812 hubiera hecho realidad sus mejores expectativas.

    Cuando desaparece el poder central o queda reducido a la isla del León, al amparo de los cañones de la flota británica, el poder de los virreinatos comienza a sufrir la competencia de nuevas instituciones provinciales o las diputaciones que surgen con la espontaneidad de la defensa de los derechos del monarca, Fernando VII, cautivo de Napoleón. En 1813, con las primeras reuniones de los diputados de Cádiz, entre los que 35 -una cuarta parte del total- eran americanos, hasta que al año siguiente Fernando VII restableció el absolutismo, y entre 1820 y 1823, durante el trienio liberal, la Constitución de 1812 intentó ser la carta de ambos lados del océano. Pero sus principios de igualdad –cierto que relativa- entre peninsulares y españoles americanos se quedaron siempre a  medio camino entre el sentimiento reaccionario de parte de las clases dominantes ‘latinoamericanas’, que no querían innovaciones que las dejaran a merced de las castas, o de los genuinamente ilustrados, tanto americanos como peninsulares, que pugnaban por un autogobierno real, aunque fuera todavía oligárquico. Si Fernando VII hubiera tenido otra formación, más moderna, a Simón Bolívar le habría sido muy difícil prevalecer, y, así, América Latina habría evolucionado hacia la independencia de forma muy distinta y no necesariamente sangrienta.
    Pero, una vez proclamadas las independencias, la Constitución de Cádiz, se convirtió en un documento interamericano y su huella aparece en la mayor parte de las cartas de las naciones recién establecidas, y cuando los constitucionalistas americanos tomaban como modelo a la Francia revolucionaria, se servían con frecuencia de la versión española de esos documentos, que para algo en España se habían molestado en traducir la modernidad. De todo ello se deduce, como han demostrado historiadores latinoamericanos y españoles en el camino trazado por el francés François Xavier Guerra, como es el caso de los ecuatorianos Jaime E. Rodríguez O, Cañizares Ezguerra, el cubano Rafael Rojas, o el colombiano Alfonso Múnera, entre otros, que las continuidades entre colonia e independencias fueron mucho más fuertes que la ruptura que podía parecer ineluctable en la furibunda diatriba anti-española en el ‘Facundo’ del argentino Sarmiento.

     Durante este año de 2012 en América Latina y en España se celebrarán actos de conmemoración de ese despertar democrático, sin duda ensangrentado, frustrante, insuficiente a ambos lados del Atlántico, pero que no por ello menos es el antecedente de los Estados de Derecho de que goza hoy la inmensa mayoría de los pueblos de habla española. En noviembre ese invento necesario que fueron las cumbre iberoamericanas celebrará en la capital gaditana –allí donde hablan tan parecido a como se hace en Cartagena- la que deberá ser cumbre de las cumbres, la mayor de esas reuniones entre parientes; porque, con todas las incomprensiones, agravios, y recelos que siempre surgen en las familias, las cumbres iberoamericanas, sin olvidar nunca a Brasil y Portugal, son las únicas concentraciones de este género entre europeos y extra-europeos, en las que un grado u otro de consanguineidad es indiscutible. Ni siquiera Evo Morales, tan reivindicativo de lo pre-colombino, y con todo el derecho a hacerlo, puede asegurar que no lleve la marca de lo hispánico.

    Ni es un timbre de gloria, ni tampoco un baldón. Es nuestra historia.

      

EL 7 DE OCTUBRE EN VENEZUELA


M.A. BASTENIER

El País, 29 de febrero de 2012

Hay fundados motivos para, en unos casos, temer y, en otros, desear que el resultado de las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre en Venezuela influya directamente sobre la experiencia chavista. Hugo Chávez, inventor en los últimos 12 años de la refundación/revolución en el país, está, como ya se sospechaba pero no quería reconocer,  enfermo de consideración. No es el primer caso en la historia. El presidente de la V República francesa, Georges Pompidou, sucesor del general De Gaulle, visiblemente inflado de cortisona en sus últimos meses de mandato, murió antes de concluirlo en 1974, sin hacer público lo que todo el mundo adivinaba.

El presidente venezolano ha insistido repetidamente, desde que fue operado en junio pasado en La Habana de un cáncer en la pelvis, en que su recuperación había sido total. Pocos días antes de que admitiera las semana pasada que el mal se había reproducido, y que debía de ser operado de nuevo en Cuba, lo más parecido que existe a un sucesor predestinado, el presidente de la asamblea nacional, Diosdado Cabello, todavía decía con afectado sarcasmo que la oposición se llevaría un chasco morrocotudo sobre el estado de salud del presidente. Pero el chasco debió llevárselo él cuando su jefe habló. Lección recurrente: Hugo Chávez es tan suyo como gobernante, que ni a sus más próximos les había contado cómo iban las cosas. Más aún, la convalecencia debería apartarle durante semanas de una gobernación activa, tanto si permanece en la capital cubana como si regresa a Caracas, y no por ello ha delegado poderes en su vicepresidente Elías Jaua.

Los nombramientos de los últimos meses apuntan, sin embargo, a lo que podría ser un conato de plan sucesorio. En noviembre de 2010 Chávez eligió al general Henry de Jesús Rangel Silva como comandante en jefe del ejército, militar de la línea ultra-chavista, que a su designación ya advirtió que la milicia no aceptaría un cambio de rumbo, como consecuencia de las elecciones, y que estuvo con Chávez en el fallido golpe de Estado de 4 de febrero de 1992. Al igual que Rangel, los generales Hugo Carvajal, jefe de la Inteligencia militar; Manuel Bernal, jefe de la guardia presidencial; y Jesús Suárez, de la 42 brigada paracaidista, todos ellos recientemente designados, participaron, como el propio Diosdado Cabello, en la intentona golpista. Entre los últimos nombramientos de peso, solo el del general Clíver Alcalá, hoy jefe de la IV División, la mejor dotada de las fuerzas armadas con novísimo material ruso, no pertenece al círculo ‘del 92’. Si hay sucesión, el Chavismo Dos o poschavismo, en caso de que el oficialismo gane las elecciones, vestirá de uniforme.

Chávez ha fracasado, o ni siquiera se lo ha propuesto, en institucionalizar la llamada revolución bolivariana. El chavismo está concebido como una religión política, al igual que el marxismo-leninismo en la URSS y en la Cuba castrista. Y para institucionalizarse, aparte de tener un sucesor reconocible, el chavismo habría tenido que sistematizar la fe, organizar el mito que tiene como primera deidad al libertador Simón Bolívar, y tratar de racionalizar políticamente un misterio, ‘el socialismo del siglo XXI’, que hoy sigue siendo tan solo un nombre. Como dice el brillante biógrafo del líder, Alberto Barrera: “Chávez es la emoción a través de la cual el pueblo conecta con el poder”. ¿Pero qué hay tras ese vínculo con matices de  encantamiento?

Por el momento, un cesarismo social, un estatalismo autoritario, que se define por la existencia del líder-caudillo, poseedor del carisma popular que le permita interpretar, como lo ha hecho, su propia constitución con la ‘flexibilidad’ necesaria para favorecer su triunfo en las urnas, pero que, sin embargo, no ha llevado el proyecto bolivariano hasta sus últimas consecuencias: la dictadura. Ese sistema híbrido, del que el líder intelectual de la oposición, Teodoro Petkoff dijo a El País que se encaminaba a “un totalitarismo light” -tan híbrido como esa misma contradicción en los términos- es difícilmente institucionalizable, porque si no cierra la vía al poder de otras  fuerzas, no puede garantizarse su propia sucesión.

En sus copiosas, pero seguramente desordenadas lecturas, se ignora si el presidente habrá parado mientes en las palabras de Maquiavelo: “No es salvación de una república contar con un príncipe que gobierna con prudencia –de lo que jamás cabría ‘acusar’ a Chávez-, sino con uno que la regle en modo tal que, aún cuando falte, quede preservada”. Cuesta por ello imaginar un chavismo sin Chávez.                                       

 

lunes, 23 de julio de 2012

LA IZQUIERDA COLOMBIANA SE LLAMA GUSTAVO PETRO

EL PAÍS, 11 de febrero de 2012.

El recién elegido alcalde de Bogotá cree que la derecha profunda le quiere destruir
Entrevista por:
M. A. BASTENIER
 


Gustavo Petro, exsenador, exguerrillero, exdirigente de la izquierda canónica, el Polo Democrático Alternativo, y, como alcalde de Bogotá, el cargo más importante que tiene el sentimiento progresista en Colombia, aunque no lo reconoce sabe que es, de hecho, el líder de la oposición –leal oposición- a la presidencia de Juan Manuel Santos, derecha modernizante, pero siente que poderosas fuerzas se han movilizado para que su mandato reformista fracase. Cuando aún no han pasado los 100 días de gracia a que tienen derecho todos los políticos electos, las críticas le llueven como en época de monzones. Pero el alcalde lleva bien el apellido, porque es francamente ‘pétreo’.
Aunque no admita ser líder de la oposición, sí entiende que la suya puede “constituir una alternativa de Gobierno”, así como “contribuir a crear el clima para que se forme en el futuro un gran partido progresista”. Y todo ello solo puede tener como objetivo la presidencia. Pero Gustavo Petro, probablemente con más fatiga que coquetería política, niega que aspire hoy a ser el primer colombiano no vinculado a la oligarquía en asumir la presidencia. “Eso no podría ser antes de 2018 –contando que Santos desempeñe dos mandatos-, y yo no planifico a tan largo plazo”.
Pocas veces, tantos, en tan poco tiempo han atacado tanto a nadie. Prensa, presuntos colegas, instituciones encuentran mal todo lo que hace. “Pero solo es una campaña mediática” dice recostándose en el 70% de apoyo popular de las encuestas. No piensa, sin embargo, que sean los periodistas de trinchera quienes quieren darle la batalla, sino “otros, más arriba”. Ni que exista un plan maestro para hacerle fracasar, o que el propio presidente haya dado orden de que lo abrasen. Pero sí que hay “una coalición de intereses, que no quieren que mi programa de renovación se lleve a cabo, aunque sea un programa local. La oposición la integran los afectados por mis reformas, propietarios de tierras en los límites de la ciudad, allí donde quieren que se expanda Bogotá; contratistas que se oponen a la revitalización urbana; transportistas que ven al Distrito como futuro competidor”. El alcalde pretende, diferentemente, edificar escuelas, parques, crear una tarifa única integrada de transporte que valdría para todos los medios de locomoción, como el tranvía, que quiere introducir de propiedad pública. Y sabe que en ese horizonte tendrá que aparecer el metro, “aunque yo no lo veré”. En este punto, si Petro supiera suspirar, lo habría hecho. Y lo que dice es que simplemente quiere cumplir su programa “que es un programa del siglo XXI con respeto al cambio climático, lucha contra la exclusión social, revitalización de la educación” pero “hay quienes temen mi crecimiento político, quienes no quieren que la diferencia prevalezca. Yo soy diferente y cuando comienzo a desarrollar métodos alternativos de Gobierno soy peligroso”.
Frente a todo ello, su reciente decisión de retirar la subvención pública a la fiesta de los toros, que estos se extingan de muerte natural o de una estocada de las asociaciones protectoras de animales, le parece ‘peccata minuta’. Casi admite con un encogimiento de hombros que podía haberse ahorrado meterse en semejante berenjenal.
En Juan Manuel Santos ve cosas positivas. “Aunque fue ministro de Uribe, supe ver en él antes que nadie importantes diferencias, sobre todo con la devolución de tierras –tres millones de hectáreas que el presidente se ha comprometido a devolver a sus legítimos propietarios, despojados por la guerrilla de las FARC, los paramilitares o simples bandoleros- y la compensación a las víctimas de la violencia. Y, además, apoyar en algunas cosas al presidente no quiere decir dejar de ser de izquierdas. Yo disiento sobre el modelo minero e industrial, basado en la exportación de materias primas, que tiene para Colombia”.
Entonces, ¿qué es Santos, modernizador, aperturista, y, sobre todo, cuándo será Colombia un país moderno? “Cuando se haga una reforma agraria. Santos, que quiere modernizar el país, tiene una gran oportunidad porque sabe de qué estamos hablando. El presidente podría y debería ser más audaz, pero es cierto que para llevar a cabo una auténtica reforma necesita un gran consenso, un pacto nacional. Solo una apertura real, y la pregunta sería cuánto de aperturista tiene el presidente, cosa que yo no sé, permitirá las grandes transformaciones que precisa Colombia, y que hagan posible modernidad y democracia”.
El alcalde no ignora que del éxito o fracaso de estos cuatro años al frente del consistorio depende su futuro político; dependen las aspiraciones de su movimiento; depende la lucha contra lo que califica de “graves carencias democráticas de Colombia”. Parte de ese recorrido lo podría hacer como ‘compañero de viaje' del presidente. La izquierda solo comenzará a actuar cuando inevitablemente se separen.

LO QUE SE VOTA EN VENEZUELA

M. A. BASTENIER

El País, 8 de febrero de 2012

El próximo domingo se elige mediante primarias el candidato unitario de la oposición, que se enfrentará el 7 de octubre a Hugo Chávez en las presidenciales. El líder bolivariano ha conseguido que sucesivas elecciones desde 1998 se convirtieran en auténticos plebiscitos sobre su persona, aunque al precio de ahondar la división del país en dos Venezuelas, de las que la suya, la más coloreada, le ha mantenido hasta hoy en el poder.
Los aspirantes con mayor seguimiento son dos hombres, Henrique Capriles y Pablo Pérez, y, aunque muy distante en las encuestas, una mujer, dama en realidad, María Corina Machado. Los tres pertenecen a la Venezuela acomodada, y Machado sería la candidata soñada por Chávez, católica conservadora de 42 años, quien a ojos del presidente -que la llama ‘la burguesita’- representa todo lo que aborrecen sus votantes. Capriles, al que se da como favorito, de 39 años, tiene el gran mérito de haber derrotado en las elecciones a gobernador del Estado Miranda a Diosdado Cabello, que muchos ven como sucesor de un Chávez visiblemente minado por la enfermedad, y querría ser la versión algo reblandecida del brasileño Lula. Pérez, más ‘pueblo’ que los anteriores, es un seudo-Chávez de la derecha, gobernador de Zulia, donde la oposición siempre ha obtenido sus mejores resultados.
La cita de octubre, lejos de perfilarse como una contienda ideologizada -democracia occidental contra socialismo del siglo XXI- se decidirá de acuerdo con baremos mucho más terrenales. El inventor del chavismo argumentará que ha vencido al cáncer, y que su victoria ha sido un sacrificio más por la revolución; pero su campaña de fondo se basará en que ha habido una mejoría real del nivel de vida de los menos favorecidos, sufragada por la formidable renta petrolera. Quienquiera que gane las primarias subrayará, a su vez, la erosión de las libertades, la corrupción del poder, y el desfallecimiento moral de la sociedad, pero, nuevamente, el gran argumento será otro: que no se puede salir a la calle, especialmente en Caracas, sin jugarse la vida.
En abril de 2011 el Gobierno anunció la creación de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que aspira a construir dos millones de apartamentos en siete años, de los que casi 150.000 deberían estar listos para los comicios; ha habido un aumento del Presupuesto para este año de un 45%, en su práctica totalidad para gasto social; y una última iniciativa, Misión Amor Mayor, en mejor procura de la Tercera Edad. Todo ello, junto a la congelación de los precios de 18 productos de primera necesidad, va mucho más allá del puro asistencialismo, y asiste a Chávez con el voto cautivo de cuando menos un 40% de venezolanos: una ciudadanía que come mejor, tiene medicina gratuita, y hasta puede guardar algo para esparcimiento, al tiempo que es solo relativamente sensible a la erosión de unas libertades de las que nunca hizo extraordinario uso.
Todos los sondeos ratifican, sin embargo, que la mayor preocupación nacional, a derecha e izquierda, es el incontenible desparrame de la violencia. En 2011 la capital venezolana fue la segunda ciudad más peligrosa de América Latina -asimismo campeona mundial de la inseguridad- tras la mexicana Ciudad Juárez; en 2009 Caracas sufrió una tasa de más de 130 homicidios por 100.000 habitantes –que en 2011 ya se aproximaba a 200 - cuando la media venezolana es de 65, y la de todo el continente iberoamericano, 27. La policía ha dejado de dar información sistemática sobre esa hecatombe, pero fuentes independientes hablan de 17.000 muertes violentas en 2010 para menos de 30 millones de venezolanos, lo que hace del sicariato, el asesinato por encargo, la industria de mayor crecimiento en el país. Comienzan por esa razón a surgir patrullas de vigilantes en los barrios para suplir a la inoperante fuerza pública. El propio ministro del Interior, Tarek el Aissami, reconoció que del 15 al 20% de delitos los cometía la policía. Y contra todo ello se creó en 2009 un cuerpo policial bolivariano, del que dijo Chávez que no se dedicaría a proteger a la burguesía, pero a la vista de las cifras parece que el crimen no pregunta a sus víctimas su condición social.
Cabría, provisionalmente, concluir que la política de inclusión chavista ha perturbado más que apaciguado las tensiones sociales, o que, al haber empoderado a segmentos de sociedad históricamente marginados, ha roto un equilibrio anterior, por precario que fuera. Sobre ese fracaso del chavismo se votará también el siete de octubre.

COLOMBIA, EL AMIGO DE TODOS

                                   
M. A BASTENIER

El Espectador de Bogotá, 5 de febrero de 2012

La política exterior colombiana tiene un antecedente próximo en el tiempo. El que inventó lo de ‘conflictos con los vecinos, cero’, fue el ministro de Exteriores turco, Ahmed Davotoglu, en nombre del gobierno moderadamente islamista de Recep Tayyip Erdogan, un modernizador político, lo que le acerca a los propósitos del presidente Santos, al igual que lo hace la lucha contra la secesión kurda, no extinguida pero en retroceso. Curioso paralelismo entre países tan distintos y distantes, que lo que en Colombia se llama ‘turcos’ son ´ árabes libaneses o sirios en su mayoría católicos, que emigraron a América Latina, precisamente por la religión, aunque hoy se la estén cambiando.
Santos querría que Bogotá fuera una especie de fulcro entre las diferentes sensibilidades políticas latinoamericanas, el que comprende a todos y no se alinea incondicionalmente con ninguno, de forma que se erigiera un día en quien mejor pudiera mediar entre todos. Santos nunca será correligionario de su vecino oriental, pero aún menos participaría en una eventual operación de acoso y derribo del chavismo, como placería a Washington. Cierto que por mucho que incordie Chávez a la mayor parte de sus vecinos, sin excluir a algún aliado, no hay clientes para esa ‘movida’, pero bajo el presidente Uribe Colombia habría querido promover ese hostigamiento.
Pero dos –o tres- notables acontecimientos que pueden no estar lejanos debieran poner a prueba la solidez de la política santista –‘santería, dirían sus detractores- como son las interminables reformas cubanas y, sobre todo, el futuro de la isla, que no puede ser por definición eternamente castrista; así como también otro futuro, el del chavismo, que se juega su destino en las presidenciales del próximo 7 de octubre. La tercera oportunidad tiene que ver con las elecciones para un nuevo sexenio en México, donde, sin embargo, si ganara el hasta hoy favorito Enrique Peña Nieto (PRI) no parece que fuera a producirse un vuelco de política exterior, como sería el regreso del país a la política continental tras la interminable abstracción norteamericana.
Santos preferiría, sin duda, que Cuba resolviera sus asuntos sin injerencia del mundo exterior. Pero eso parece difícil. La presidenta brasileña Dilma Rousseff, que aunque no sufra los ataques de delirios de grandeza de su antecesor, Lula, tiene que atender a su parroquia, está pasando revista en La Habana, escuchando con buen semblante a Raúl Castro, visitando posiblemente al patriarca de todos los izquierdismos, Fidel, y sin mostrar el disgusto que puso de relieve con las cercanías del presidente iraní, cuya benevolencia hacia los derechos humanos no incluye a sus paisanos. Brasil no quiere dejar a Cuba en manos de Chávez, pero al igual que el resto de América Latina tampoco está dispuesta a indisponerse con nadie por leerle la cartilla a los Castro. Igual hacía la España de Zapatero, pero hoy se vive un contexto de cambio que hace presumir alguna iniciativa española contra La Habana, como piden los cánones. El PP español, en el poder, encuentra parte de sus señas de identidad exteriores como inquisidor del régimen cubano.
Igualmente, la suerte del chavismo planea sobre el porvenir de la isla. Si pierde Chávez, el castrismo sufrirá un segundo shock, como el que ya le marcó con la autodestrucción de la Unión Soviética. Las reformas vagamente liberalizadoras no van a compensar la eventual pérdida, aunque sea en cámara lenta, del crudo venezolano a precios de saldo. La victoria de la oposición acelerará la esclerosis económica de la Gran Antilla, la cubanez de Miami olerá sangre, y Bogotá no podrá permanecer eternamente mirando al tendido; y si gana Chávez su aspecto físico no permite el vaticinio a largo plazo. El fin del castrismo, deseablemente de origen solo insular, está ya escrito en algún libro de historia, y con ello los amigos de todos descubrirán que la posición de eje geométrico de su mundo acaba siempre por ser una quimera. Y no es que le vaya a costar a Santos decantarse por donde ya está, la democracia de corte occidental, sino que Colombia no habrá alcanzado más que, solo efímeramente, su meta de centrismo para todos los usos.
Algo parecido le ocurre a la Turquía de Davotoglu y Erdogan, que la sarracina siria ha obligado a buscar una nueva identidad regional, cosa que está haciendo con envidiable soltura, pero en la toma de posiciones ha visto saltar por los aires su aspiración de ser el amigo de todos. Dejar en paz a Cuba –o a Siria- es una propuesta perfectamente debatible; pero los vientos del cambio en el Caribe y Oriente Medio lo están haciendo ya escasamente practicable en el caso sirio, y pueden hacerlo dentro de no tanto en el cubano. Por ello, la política exterior santista tiene ya fecha de caducidad.

domingo, 10 de junio de 2012

EL 'PICNIC' DE AHMADINEJAD

M. A. BASTENIER
El Pais, 18 de enero de 2012

La política hace extraños compañeros de cama, pero que salgan gemelos parece excesivo. Ese es el caso de la visita del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad  a Venezuela, Cuba, Nicaragua, y Ecuador, con cuyo motivo el presidente ‘nica’, Daniel Ortega, no solo proclamó que ambas revoluciones, la sandinista y la de Jomeini, habían nacido hermanas, el mismo año (1979), y del mismo útero, sino que en un extremo desparrame retórico añadió que los nicaragüenses habían seguido enfervorizados el triunfo de la revolución de Teherán. No debían tener nada mejor que hacer.

     Como la gira coincide con un momento particularmente abrupto de las relaciones con Estados Unidos –endurecimiento de las sanciones norteamericanas, pruebas de lanzamiento de missiles, y amenaza iraní de cierre del estrecho de Ormuz, por el que transita un cuarto del crudo mundial-  cabía preguntarse por qué se producía el recorrido de Ahmadinejad por tierras latinomericanas. Dos escuelas de pensamiento obran en disputa: el presidente, que anda mal de relaciones con el Guía Supremo, Ali Jamenei, querìa mostrar lo seguro que se sentía en su puesto; o, contrariamente, debilitado por el acoso norteamericano pretendía reforzar alianzas formando un bloque contra Washington. Pero de lo que se trataba, en realidad, era de vocearle al mundo lo convencido que está Irán de su capacidad para replicar devastadoramente a las sanciones o incluso a un ataque contra sus instalaciones nucleares, sin necesidad por ello de meterse en bloques,  porque, además, no hay bloque posible en América Latina sin Brasil, cuya presidenta Dilma Rousseff es mucho más exigente que su antecesor, Lula,  con sus amistades, o Argentina, donde después del atentado de la AMIA, atribuido a agentes de Teherán,  decir ‘Irán’ es decir ignominia. Ya existe, eso sí, un cierto bloque irano-chavista, pero apenas simbólico, y sin capacidad de inquietar a Washington.  

    Entre iraníes y latinoamericanos no hay proyectos conjuntos de relevancia, pese a los 300 y pico de acuerdos que llevan firmados Teherán y Caracas; no hay complementariedad económica porque dos de los países visitados, Venezuela y Ecuador, son como Irán productores de petróleo, y los otros dos, Cuba y Nicaragua, se proveen del crudo del Orinoco; no hay moralidad básica común porque el régimen de los ayatolas niega el Holocausto y desea sobre todas las cosas el fin de Israel, mientras que el primer Castro condenó hace dos años el negacionismo de la barbarie nazi y respeta la existencia del Estado sionista; ni, por último, hay ideología afín, como prueba la represión contra el partido comunista iraní, Tudeh, cuyos militantes están en la cárcel, la clandestinidad o el exilio. La gira solo se basa en el inagotable poder de convocatoria del anti-americanismo. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

    ¿Pero quién gana y quién pierde en un posible juego de suma cero? Irán algo gana con su desafiante actitud de ‘business as usual’, tan o más dirigida contra Israel que contra Estados Unidos, puesto que si alguien piensa en machacar desde el aire las instalaciones nucleares iraníes es el Gobierno de Jerusalén. El presidente venezolano Hugo Chávez solo puede ufanarse, en cambio, de haber hecho una ‘rentrée’ internacional más o menos llamativa, a los siete meses de haber sido operado de un cáncer de localización aún difusa, al tiempo que subrayaba su aparente recuperación física reanudando el pasado día 8 en TV su espectáculo de variedades, ‘Aló Presidente’. Y todo ello enmarcado por las elecciones presidenciales del próximo octubre. Pero teniendo en cuenta que en sus 13 años de gobernación el líder bolivariano ya había visitado Irán en nueve ocasiones, y Ahmadinejad estuvo en Caracas en 2009, la trascendencia del encuentro solo puede ser relativa. La familia Castro y Daniel Ortega no sacaban más que asistir puntualmente a las celebraciones que organiza su surtidor de gasolina; y, finalmente ¿qué hacía allí el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que no recibe subsidios del chavismo, ni tiene al paterfamilias de La Habana como mentor político universal?
    Fortaleza y debilidad son caras de la misma moneda. Irán pierde mucho si cae el régimen de Hafez el Asad en Siria -su único gran aliado en la zona-, pero puede salir ganando en Irak si el régimen chií logra mantener la unidad del país. Ahmadinejad está débil, no ya ante Jamenei, sino ante el mundo entero, pero, aún así, se cree con fuerza suficiente para desencadenar el caos en Oriente Medio si Israel y Estados Unidos rompen hostilidades. Por eso acaba de visitar un fragmento de América Latina.

PROHIBIDO PROHIBIR


M. A. BASTENIER
El Espectador, Colombia, enero 2012

No me gustan las corridas de toros –ni la cebolla, la berenjena o el pavo-; la última vez que me personé en Las Ventas fue hace más de 25 años; y cuando he asistido a algún festejo ha sido mayormente para acompañar a amigos extranjeros, que a toda costa querían sentir el escalofrío de la muerte, pero solo por delegación. No tengo nada que replicar a los que por amor a los animales piden la prohibición de las corridas, porque son un espectáculo cruel, en el que se martiriza a un animal, que si le dejaran seguro que preferiría estar en otro sitio. Sigo estando de acuerdo con el alcalde Petro cuando retira la subvención pública a la fiesta, porque no veo ninguna razón para que los dineros de los ciudadanos tengan que ir a parar a los bolsillos de matadores, ganaderos, representantes o empresarios de la llamada Fiesta Nacional, y me parece de perlas que el alto regidor no quiera presidir las celebraciones de este año, igual que tampoco le culparía de negarse a ir a la ópera si el espectáculo no fuera de su gusto. E igualmente, me tiene sin cuidado si los toros constituyen una tradición entrañable, venerable, respetable y profundamente artística, enraizada en la matriz de los pueblos –solo algunos- de origen hispánico. El caracoleo, o como diga Antonio Caballero, del hombre ante el animal jugándose la vida propia y garantizando que el que no se vaya a escapar sea el astado, me tiene perfectamente sin cuidado. Pero estoy frontalmente en contra de que se prohíban los toros, y casi aún más de que se desvirtúen eliminando la última suerte.

    Estoy en contra porque me siento cada día más harto de que la bondad, sin costos, se imponga en todas partes; de que todo el mundo, y señaladamente los poderes públicos, te estén haciendo favores constantemente que uno no ha solicitado, como prohibirnos fumar si hay seres humanos en las más lejanas proximidades, aunque pueda darse el caso de que a los interesados no les importe; de que vivamos rodeados de consejos, orales o por escrito, y últimamente por mail y hasta por teléfono, cuyo objeto declarado es procurarnos una vida mejor. Las bondades auténticas son siempre personales, nunca colectivas, porque el fin básico de estas últimas es hacer sentir mejor al que así actúa. Y digo yo, tanta bondad no puede ser buena para la salud.

    Esas expectoraciones de bondad deberían establecerse de acuerdo con una lista de prioridades. Jamás le he hecho daño a sabiendas a un animal, con la previsible excepción de moscas, chinches, mosquitos, e insectos varios, y no me opondría a que por su bravura, trapío o lo que Antonio Caballero diga, se indultara a todos los toros que aparecieran en los cosos colombianos; pero mucho antes de preocuparme por el bienestar de los toros de lidia, están otras inquietudes, quizá, incluso por los seres humanos. Se me dirá, sin duda, que una cosa no quita la otra, pero sí que pasa, porque como ser tan bueno satisface un montón, seguro que está justificando por ahí otras carencias de  mayor gravedad. 
   Y, por último, queda la funesta manía de prohibir. Lo que a mí me parece mal, se dicen algunos, ha de parecérselo también a los demás, y como de esa manera se hacen daño a sí mismos, vamos a impedirles que sigan haciéndoselo. Matar toros en una plaza para deleite de unos millares de espectadores, con una piedra por corazón, sé que está mal; pero hasta llegar a ese apartado tengo tantas otras cosas de que ocuparme, que mucho antes de llegar a ellas, seguro que las corridas ya se habrán extinguido, pero de muerte natural, por falta de público. Y entre tanto, practiquemos el sagrado principio de prohibido prohibir.