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miércoles, 19 de septiembre de 2012

AMÉRICA LATINA EN EL SIGLO XXI


                         
M. A. BASTENIER
 
Semana (Bogotá), junio 2012

El balance de tres décadas, aunque no sin claroscuros, es globalmente positivo para América Latina. El número de pobres (los que viven con menos de dos dólares diarios) ha caído por debajo del 50% de la población. Pero la violencia ha aumentado vertiginosamente, sin que quepa vincular el problema con la pobreza porque Venezuela superaba en 2011 los 40 homicidios por 100.000 habitantes al año, pese a  que la indigencia se ha reducido en los últimos años. América Latina tiene, con 500 millones de habitantes, el 9% de la población mundial, pero acredita el 24% de las muertes violentas del planeta.

    A fin de los años 80 Cuba ya había dejado de ser la retaguardia de la guerrilla, pero la implosión de la URSS en 1991 fue el golpe de gracia que llevó a los insurrectos de El Salvador y Guatemala a firmar una paz que mal disimulaba la derrota, y  otro tanto ocurría con la ‘contra’ antisandinista en Nicaragua, que Estados Unidos ya no necesitaba por la desaparición del enemigo soviético. Solo resiste hoy la obstinación narcótica de las FARC.

    Pero la mayor transformación del continente se debe a la ascensión del chavismo (1999-…) junto al presunto encuentro con su futuro del gigante brasileño. Con Washington encenagado en Irak y Afganistán, América Latina se estrena como nuevo actor en el juego internacional, aunque lo haga dividida en dos bloques, el bolivariano que dirige el presidente Chávez, con Ecuador, Nicaragua y Bolivia como socios de número, y Cuba, allá en la ruina caribeña, patriarca pro tempore, y una agrupación laxa de democracias liberales de las que Brasil pretende ser líder social demócrata. El llamado socialismo del siglo XXI se vanagloria de su revolución en marcha pero el único auténtico revolucionario latinoamericano es hoy Evo Morales con su tentativa de deshispanizar Bolivia.

   El simbolismo con mayor carga de futuro para esta América que se busca puede ser la reciente firma de la Alianza del Pacífico por los presidentes de México, Colombia, Perú y Chile, que espeta a Europa y Estados Unidos que ya no son la medida de todas las cosas; que Asia espera.

domingo, 16 de septiembre de 2012

DEMOCRACIA POBRE O POBRE DEMOCRACIA

M. A.  BASTENIER

El País, 16 de mayo de 2012
 
Por dos años consecutivos América Latina afirma que su mayor preocupación no es la democracia, la economía, o el desarrollo social, sino la violencia desatada. El Latinobarómetro, encuesta que anualmente publica el instituto que encabeza Marta Lagos, cifra en 32% la opinión que así expresa muy justificadamente sus temores, puesto que el continente latinoamericano alberga el 9% de la población mundial, pero ‘acredita’ el 27% de muertes violentas. Ese volumen de homicidios es una negación directa de la democracia.

     La pobreza es un factor, pero ni siquiera la indigencia se traduce mecánicamente en guarismos de criminalidad. Entre 1990 y 2008 la pobreza cayó en América Latina de un 48% a un 32%, pero no así la violencia, ni, sobre todo, la percepción social de la misma. Esa percepción, que va del 20% en Perú al 61% en Venezuela, tampoco se vincula proporcionalmente a la inseguridad. Las cifras son extremas en Venezuela porque el agravamiento de la inseguridad ha sido vertiginoso en los últimos años. Pero hay -como destaca el Latinobarómetro- otros dos factores, aún de mayor importancia, que explican el desencadenamiento de la violencia en el mundo iberoamericano. Son la desigualdad en un continente en el que el 20% de la población posee el 58% de la riqueza, y cinco países de la zona figuran entre los 10 más injustos del mundo, uno de ellos el catecúmeno de gran potencia que es Brasil. Y, aún más significativa, la ausencia o deficiencia de un discurso, en el símil de moda, una ‘narrativa’, que el poder sea capaz de segregar para combatir la plaga.

    América Latina ha conocido recientemente dos ejemplos de conducción pública, en los extremos opuestos de ese arco de éxito o aparente fracaso: Álvaro Uribe en Colombia y Felipe Calderón en México.

    

    En el Latinobarómetro se dice: “América Latina está capturada por el clima de opinión de que el crimen, la delincuencia, se ha tomado la agenda informativa y domina la comunicación social”. El presidente Uribe (2002-2010) logró difundir, en cambio, una narrativa de victoria sobre el crimen, guerrillero y civil, que denominó doctrina de ‘seguridad democrática’. La estrategia surtió efectos inmediatos, de manera que propietarios de tierras, grandes y pequeños, familias con segundas residencias, y transeúntes en general, recobraron libertad de movimientos. El Estado volvió a estar presente en todo el país y la guerrilla -en absoluto, sin embargo, acabada- tuvo que refugiarse en lo más profundo de la espesura. El índice de homicidios, hoy de 33 o 34 por 100.000 habitantes al año, ha bajado de más de 40 a fin del siglo pasado, aunque más ha caído la percepción de la violencia. El presidente en ejercicio, Juan Manuel Santos, si bien mantiene la doctrina Uribe y ha asestado golpes decisivos a las FARC, ha orientado principalmente su narrativa hacia la modernización del país, haciéndose con ello blanco de las críticas de su antecesor, que se añora a sí mismo en la presidencia.

    El caso de Calderón es diametralmente opuesto. Desde que en diciembre de 2006, al comienzo de su sexenio, declaró la guerra al narco, ha abierto un nuevo campo de batalla con una multiplicación del índice de homicidios de ocho a casi 20. En los últimos años, los particulares han invertido en México miles de millones de euros en reforzar la seguridad de sus viviendas, y un 78% piensa que la situación solo puede empeorar. El presidente mexicano rechazó hace unos meses una oferta de negociación de carteles del narco como algo incompatible con la democracia, que habría ahondado la percepción de que el Estado estaba perdiendo la guerra. A punto de dejar el cargo, Calderón insiste en que no había otra forma de encarar el problema. Jorge Castañeda y Rubén Aguilar sostienen, diferentemente (‘El Narco: la guerra fallida’, 2009), que aquella declaración creó un problema inexistente, en tanto que el periodista Jorge Zepeda replica que el narco estaba ya saliendo de las catacumbas para inundar la sociedad. La sobre-exposición mediática del fenómeno, con frecuentes anuncios oficiales de detención de significados narcos, no ha constituido, en cualquier caso, una convincente narrativa de victoria, sino  una fallida maniobra de consolación.

     Y todo ello remite a la insuficiencia del Estado, de la que es corolario la corrupción de las fuerzas de seguridad, mal del que se repone Colombia y padece agudamente México. El inventor del surrealismo, el francés André Breton, dijo con ingenio cruel y despectivo que “Si Kafka hubiera sido mexicano, habría sido un autor costumbrista”.

          

CÁDIZ 1812, A LOS 200 AÑOS

M. A. BASTENIER
 
El Espectador, 4 de marzo de 2012
 
El 19 de marzo de 1812, día de San José o de la ‘Pepa’, de hace 200 años, se promulgaba en el puerto andaluz de Cádiz la constitución así apodada, que muchos han considerado el acta fundacional de la moderna nacionalidad española, y de cuyo cumplimiento o incumplimiento se derivaron en buena medida las independencias de América Latina.

     Durante la mayor parte de esos dos primeros siglos de separación de las  nuevas naciones latinoamericanas de España, la vulgata histórica que se impuso fue la inexorabilidad de las independencias en seguimiento de la emancipación de los Estados Unidos; alimentadas con la munición ideológica de la Revolución Francesa; y apoyándose en el interés británico en fomentar la aparición del mayor número posible de Estados sucesores del imperio español. Divide ut regna.

     Las cosas se ven hoy, a ambos lados del Atlántico, de forma un tanto diferente. La espoleta del cambio fue la invasión napoleónica de España en 1808, y lo que en los anales patrios se conoce como la Guerra de Independencia. Sin ella no se habría producido una conmoción ni tan grande, ni tan súbita. Ante el vacío de poder creado en España por la abdicación de los Borbones, padre e hijo, lo que estalló en lo que hoy llamamos América Latina fue un anhelo de autogobierno, de autonomía, o, mejor, de igualdad en la gobernación y disfrute de los cargos representativos, con la metrópoli, mucho más que la eliminación de los vínculos con la monarquía. El episodio del florero de Llorente fue una anécdota que nadie recordaría si Cádiz 1812 hubiera hecho realidad sus mejores expectativas.

    Cuando desaparece el poder central o queda reducido a la isla del León, al amparo de los cañones de la flota británica, el poder de los virreinatos comienza a sufrir la competencia de nuevas instituciones provinciales o las diputaciones que surgen con la espontaneidad de la defensa de los derechos del monarca, Fernando VII, cautivo de Napoleón. En 1813, con las primeras reuniones de los diputados de Cádiz, entre los que 35 -una cuarta parte del total- eran americanos, hasta que al año siguiente Fernando VII restableció el absolutismo, y entre 1820 y 1823, durante el trienio liberal, la Constitución de 1812 intentó ser la carta de ambos lados del océano. Pero sus principios de igualdad –cierto que relativa- entre peninsulares y españoles americanos se quedaron siempre a  medio camino entre el sentimiento reaccionario de parte de las clases dominantes ‘latinoamericanas’, que no querían innovaciones que las dejaran a merced de las castas, o de los genuinamente ilustrados, tanto americanos como peninsulares, que pugnaban por un autogobierno real, aunque fuera todavía oligárquico. Si Fernando VII hubiera tenido otra formación, más moderna, a Simón Bolívar le habría sido muy difícil prevalecer, y, así, América Latina habría evolucionado hacia la independencia de forma muy distinta y no necesariamente sangrienta.
    Pero, una vez proclamadas las independencias, la Constitución de Cádiz, se convirtió en un documento interamericano y su huella aparece en la mayor parte de las cartas de las naciones recién establecidas, y cuando los constitucionalistas americanos tomaban como modelo a la Francia revolucionaria, se servían con frecuencia de la versión española de esos documentos, que para algo en España se habían molestado en traducir la modernidad. De todo ello se deduce, como han demostrado historiadores latinoamericanos y españoles en el camino trazado por el francés François Xavier Guerra, como es el caso de los ecuatorianos Jaime E. Rodríguez O, Cañizares Ezguerra, el cubano Rafael Rojas, o el colombiano Alfonso Múnera, entre otros, que las continuidades entre colonia e independencias fueron mucho más fuertes que la ruptura que podía parecer ineluctable en la furibunda diatriba anti-española en el ‘Facundo’ del argentino Sarmiento.

     Durante este año de 2012 en América Latina y en España se celebrarán actos de conmemoración de ese despertar democrático, sin duda ensangrentado, frustrante, insuficiente a ambos lados del Atlántico, pero que no por ello menos es el antecedente de los Estados de Derecho de que goza hoy la inmensa mayoría de los pueblos de habla española. En noviembre ese invento necesario que fueron las cumbre iberoamericanas celebrará en la capital gaditana –allí donde hablan tan parecido a como se hace en Cartagena- la que deberá ser cumbre de las cumbres, la mayor de esas reuniones entre parientes; porque, con todas las incomprensiones, agravios, y recelos que siempre surgen en las familias, las cumbres iberoamericanas, sin olvidar nunca a Brasil y Portugal, son las únicas concentraciones de este género entre europeos y extra-europeos, en las que un grado u otro de consanguineidad es indiscutible. Ni siquiera Evo Morales, tan reivindicativo de lo pre-colombino, y con todo el derecho a hacerlo, puede asegurar que no lleve la marca de lo hispánico.

    Ni es un timbre de gloria, ni tampoco un baldón. Es nuestra historia.

      

domingo, 13 de mayo de 2012

AMÉRICA LATINA Y LA SEDUCCIÓN DE PEKIN

M. A. BASTENIER

El País, 23 noviembre 2011

En 1904 un presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt proclamaba la hora del Pacífico, que estaba preparado, aseguraba, para tomar el relevo del Atlántico, es decir, de Europa. Como buen visionario, se anticipaba a unos acontecimientos, que hoy se están haciendo realidad, pero no con Washington sino Pekín como primer actor.
América Latina aspira a disfrutar su cuota en el fenomenal crecimiento chino y del Pacífico asiático en general, y Pekín busca en la iberoesfera una fuente de materias primas, sobre todo de origen mineral. Entre los países en mejor disposición para ese aprovechamiento, aparte de Brasil que por su gigantismo y reservas de crudo se recomienda por sí solo, están Perú, Chile, Colombia y México, que apuestan por un nuevo eje mundial centrado en el océano de Balboa. Las cuatro naciones ribereñas firmaron este año el Acuerdo de Asociación Transpacífico (Pacific Partnership), que aspira a convertirse en la zona de libre comercio mayor del mundo.
El 60% de las exportaciones chilenas se dirigen ya a los 21 países de la APEC –la zona hormiguea de siglas económicas-; Perú sueña con esa conocida metáfora de Obras Públicas que la convertiría en ‘puerta’ del mundo latinoamericano, en especial de Argentina y Brasil; México trata de reorientar una economía que siempre vio a Asia como rival ante Estados Unidos, país que recibe el 80% de sus exportaciones; y Colombia adopta el goloso eslogan de ‘paraíso de la inversión’. Los ‘cuatro del Pacífico’ sumaron en 2010 el 55% de las exportaciones de toda América Latina, por valor de 438.000 millones de dólares, con un crecimiento de cerca del 25% anual desde 2005. China ya es el primer socio de Chile y Brasil, segundo de Argentina y Perú, y Latinoamérica en su conjunto, el quinto ‘partenaire’ del coloso asiático. Esta semana se ha celebrado en Lima la V cumbre China-América con la presencia de 400 empresas chinas, otras tantas peruanas, y 200 de países de la región. Pekín podría desplazar muy pronto a la UE del segundo lugar, solo superado por Estados Unidos, como comprador y vendedor en América Latina.
Esas cifras contrastan con la hecatombe económica europea, que tiene algo de revancha a ojos latinoamericanos y, notablemente, de la exmetrópoli, que solo dirige un 5,7% de su comercio exterior a sus antiguas colonias, pero no cuentan toda la historia. Las exportaciones de América Latina solo constituyen el 6% del total de importaciones chinas, de las que gran parte corresponde a Brasil; la inversión directa de Pekín es sensiblemente inferior a la que se dirige a otra gran fuente de materias primas, África, y está casi exclusivamente concentrada en la minería. A Latinoamérica le hace mucha más falta China que a China América Latina, por lo que en época de apreturas Pekín tendría la sartén por el mango.
China, que en 1995 importaba 500.000 barriles diarios de petróleo, requería en 2010 cinco millones, y se calcula que su voracidad energética crecerá en un 120% de aquí a 2035. Como informaba ‘The Wall Street Journal’ sobrepasaba el año pasado a Estados Unidos como primer consumidor mundial de energía. Por el momento eso solo afecta en América Latina a Venezuela, que suministra a Pekín 419.000 barriles diarios de crudo, y tiene dificultades en aumentar esa cifra por su generosidad políticamente inspirada con Cuba, Nicaragua e islas antillanas. Por esa razón, Los yacimientos descubiertos en aguas del Atlántico brasileño, y cuya explotación aún no ha comenzado, podría consolidar un eje de intereses entre ambos países, al tiempo que reforzaría las aspiraciones de gran potencia de Brasilia. Una entente sino-brasileña no dejaría de preocupar al otro gran devorador de petróleo, Estados Unidos, cada vez menos activo en lo que un día se calificó de su ‘patio trasero’.
Pekín se halla en una posición similar a la de Washington al término de la II Guerra, cuando ya comenzaban a escasear sus reservas de petróleo, y debía diseñar una política de acceso a las fuentes de energía, hoy reflejada en la alianza con Arabia Saudí y las monarquías del Golfo. China no puede, obviamente, competir en ‘poder blando’ con Washington, de igual forma que tampoco Confucio con Hollywood. Y por ello tiene que recurrir a llamativas pero modestas donaciones, llave en mano, como el estadio de San José en el que la ‘roja’ hizo recientemente el ridículo. La seducción oriental no será, sin embargo, irresistible hasta que una flota de guerra china señoree las aguas del Pacífico latinoamericano.


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domingo, 11 de diciembre de 2011

'EL PERIODISTA TRAS EL ESPEJO'


Prólogo al libro "El Periodista ante el Espejo" de Victor Núñez Jaime, de próxima aparición en México
                                          

 M. A. BASTENIER

El joven periodista mexicano Víctor Núñez Jaime ha escrito una tesis doctoral que es todo un libro en sí mismo. Y eso es noticia, porque aunque gran número de propuestas académicas, aún dentro del ámbito del periodismo, pueden ser estimables trabajos de investigación que merecen con toda seguridad ser publicados, este texto está pensado para algo más. La obra, a la vez que una semblanza dialogada de un gran periodista mexicano, Carlos Marín Martínez, en la actualidad director editorial de la cadena Milenio, y uno de los fundadores y renovadores del periodismo en el país azteca, es también una historia de ese periodismo vivida por sus protagonistas, directamente en el caso de Marín, y por inferencia de todo lo que el biografiado nos cuenta, por parte de muchos de sus colegas que en los últimos 20 o más años participaron en la aventura; y, finalmente, nos hallamos ante una apasionante reflexión del propio Marín sobre la profesión que compartimos, porque yo también soy periodista.
   La habilidad del autor estriba en que ha conseguido que el eje central de esa triple tarea –semblanza, historia y reflexión-, es decir, el propio Carlos Marín, sea quien se coloque ante el espejo, se retrate a sí mismo, y sea retratado por sus coetáneos. Núñez Jaime logra que el propio periodismo mexicano nos cuente su proceso de renovación antes, durante y después del advenimiento de la democracia, a través de sus protagonistas, como si el autor se retirara pudorosamente a un segundo plano para que los interesados tomaran la palabra. Por eso digo que Víctor, a quien conozco desde fecha reciente pero desde el primer momento me ha impresionado por su convicción, deseo de aprender, respeto a sus mayores aunque también audacia para obtener de ellos lo que pretende, ha sabido situarse al otro lado del espejo. No atravesándolo, como Alicia, sino con la mayor discreción en una teórica invisibilidad, como el periodista que nunca es protagonista de sus historias, pero mueve los hilos para que hablen y obren sus personajes.
    Núñez Jaime he llevado a cabo, por añadidura, un trabajo directamente periodístico. Primero ha hecho toda una investigación, que podemos adscribir a la categoría –o género- de perfil, centrado en la persona de Carlos Marín, una semblanza, interesante y bien construida del ‘periodista ante el espejo’, pero que ni remotamente agota el propósito del autor. A continuación, y ahí reside el nudo de la obra, el directivo de Milenio hace como si se animara a responder a todos los interrogantes suscitados por el bloque anterior, y lo hace de viva voz, como si estuviera dialogando con el propio Núñez Jaime. El género utilizado en este caso es la entrevista; un diálogo solo de respuestas porque las preguntas quedan deliberadamente en off para hacer el texto menos intrusivo, que sabe dirigirse a todo el lectorado latinoamericano –y español- interesado en el avatar de la prensa de papel, esa cuya agonía tantos predicen. Y en esas páginas tenemos a todo el periodismo mexicano contemporáneo, especialmente encarnado en un personaje rebosante de ironía, buen humor, capacidad de sorpresa, y entrega a una ‘profesión’, que también llamaré, y estoy seguro de que Carlos estaría de acuerdo conmigo, ‘oficio’. La parte final del libro, a manera de contra-entrevista, es como un eco de la anterior. Colegas de Carlos Marín completan el retrato como en un bucle que enlaza con el principio, semblanza siempre pero ahora de carácter coral. En este caso, no cabe duda de que nos hallamos ante el formato encuesta.
    Y en este punto permítaseme que haga un poco de Víctor Núñez y cuente como conocí a Carlos Marín hace algunos años, en una de esas reuniones internacionales de periodistas latinomericanos y europeos, y que nos hemos ido viendo en circunstancia similares en México y España, así como que a uno siempre le agrada encontrarse con un alma –profesionalmente- gemela, la de aquel que defiende un periodismo de respeto al lector, que nunca cierra del todo el círculo de lo narrativo porque lo que hace es ‘una obra en marcha’, sin final posible, una continuidad que parcelamos únicamente por razones de comerciales y de oportunidad cada 24 horas en lo que llamamos periódico. Conocí entonces a un periodista suspicaz, perspicaz, pertinaz y algo feroz, como creo que se está fabricando también Víctor Núñez Jaime, un joven periodista mexicano que vino un día a verme en el D. F., y con el que he seguido desde entonces en contacto. La publicación de esta obra me permite afirmar que no me arrepiento en lo más mínimo de ello.