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miércoles, 19 de septiembre de 2012

SINO-RUSIA


M. A. BASTENIER
 
El País, 12 de junio de 2012

Ya no necesita Estados Unidos vestir con el espantajo de enemigo secular a Al Qaeda, porque el producto genuino se desarrolla a marchas forzadas. Se llama Sino-Rusia o Rusia-China, y el foro en el que se expresa no solo es el Consejo de Seguridad -con la oposición de ambas potencias a que se endurezcan las sanciones contra Siria e Irán- sino Shangai. En el gran puerto chino del Pacífico se fundó el 15 de junio de 2001  la Organización para la Cooperación de Shangai, que integran junto a sus dos grandes impulsores -emergente Pekín, reincidente Moscú- Kazajstán, Uzbekistán, Kirguizistán y Tayikistán, repúblicas exsoviéticas de Asia central. Y la base de esa incipiente Guerra Fría no es tanto una Alianza como una coincidencia de conveniencias.

    La coincidencia ha cristalizado en la ONU, pero no porque China y Rusia hayan decidido aliarse y actúen conjuntamente en el Consejo de Seguridad, sino porque se han encontrado allí y han decidido ir del bracete. Tampoco puede ser una alianza plena porque las diferencias entre Pekín y Moscú no han  desaparecido. Los acuerdos fronterizos firmados en 2008 no han disipado resquemores que datan de los tratados desiguales del siglo XIX, en relación a los cuales China entiende que ha hecho las mayores concesiones; se encuentra estancada, asimismo, la negociación para el suministro de gas ruso a Pekín porque Rusia pretende vincular los precios del metro cúbico con los del petróleo mientras que China piensa que la quieren timar; y aunque en 1994 ambas potencias acordaron no apuntarse recíprocamente sus missiles, y celebraron sus primeras maniobras militares conjuntas en 2005, Moscú acusa a Pekín de copiar los modelos de cazabombarderos rusos. La conveniencia mutua consiste en que ni una ni otra potencia pueden aceptar nada que se parezca a una unipolaridad de signo norteamericano. Es la oposición a Washington lo que cimenta esa posición, aunque pueda ser únicamente pro tempore.

    Pero sobran razones para pensar en un futuro rumbo de colisión entre ‘Sino-Rusia’ y Estados Unidos.

    Fatih Birol, economista jefe de la IEA (International Energy Agency) dijo en julio de 2010 que China había alcanzado a Estados Unidos en consumo de energía. En 1995 Pekín consumía 3,4 millones diarios de barriles de crudo, la quinta parte que Washington, e importaba medio millón de barriles al día. En 2010 ya devoraba 8,6 millones, algo menos de la mitad que la superpotencia norteamericana, y necesitaba importar cinco millones de barriles. Ese déficit se compensaba con el crudo de Rusia –que es el mayor productor y exportador mundial de petróleo y gas- y de Kazajstán, junto con masivas compras en Irán y Venezuela, lo que explica el interés de Pekín por países distintos y distantes. El presupuesto de Defensa chino era en 2000 una vigésima parte del norteamericano, pero en 2011 ya es solo una séptima parte. La diferencia es grande, pero Pekín no tiene compromisos planetarios como Washington, y está granjeándose una marina oceánica con capacidad nuclear que le permita aspirar a una superioridad local en el mar de la China, por lo que pueda exigir un día el conflicto de Taiwan. Un internacionalista chino decía en ‘Le Monde Diplomatique’ que las dos potencias “jugaban (en ese mar) a asustarse”.

    El caso de Rusia lo detalla alguien tan respetuoso con Estados Unidos y Europa como Mijail Gorbachov, en un artículo aparecido en diciembre pasado: “Mientras Occidente siga insistiendo en su presunta victoria en la Guerra Fría no será posible un cambio en el pensamiento, ni en los métodos propios de la Guerra Fría, como la utilización de la fuerza militar, junto a presiones políticas y económicas para imponer la adopción de un modelo”. Y a ello cabría sumar la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, en cumplimiento del papel de gendarme mundial que el presidente Vladimir Putin le atribuye. El enterrador de la USS concluye con una predicción ominosa: “Rusia ha conocido periodos de debilidad anteriormente, pero han sido siempre pasajeros”.

    No sería gratuito adivinar en las próximas décadas una competición inter potencias para asegurarse el suministro de energía. Tanto China como Rusia poseen vastos recursos carboníferos, que en el caso de Pekín  cubren casi dos tercios de sus necesidades, y Estados Unidos fía en la futura explotación del crudo de Alaska y el Golfo de México, pero la glotonería energética de los grandes Estados industriales parece imparable. Por eso, la organización de Shangai, que estos días ha celebrado cónclave en Pekín, es un proyecto a seguir con la máxima atención.            

   

domingo, 16 de septiembre de 2012

DESTINO: PACIFICO

M. A. BASTENIER

El País, 6 de junio de 2012
 
A comienzos del siglo pasado Theodore Roosevelt vaticinó precozmente que el Pacífico iba sustituir al Atlántico como gran mar del quehacer mundial. Pero el presidente de Estados Unidos quería decir que el Pacífico sería en ese siglo ‘norteamericano’. Su país se había anexionado Hawai y ocupado las Filipinas y otros archipiélagos españoles en la guerra de 1898, y habría de convertir Guam en su gran base aeronaval en esas aguas. Para que el Pacífico se hiciera, sin embargo, asiático tenía que despertar China. Y lo que con las turbulencias del fin de la dinastía manchú en 1911 y la proclamación de la república era impensable, está ocurriendo ante nuestro ojos.

    Hoy, en el Observatorio de Paranal, desierto chileno de Atacama, los presidentes Juan Manuel Santos de Colombia, Felipe Calderón de México, Ollanta Humala de Perú, y Sebastián Piñera de Chile firmarán el Acuerdo para la Alianza del Pacífico, que, además de proponer una profunda integración económica de esos países, toma posiciones ante las extraordinarias perspectivas de negocio, centradas en China, que el océano de Balboa ofrece. Los cuatro firmantes, que van desde un indefinido centro-izquierda (Perú) a un prudente centro derecha (los tres restantes) forman un bloque de más de 200 millones de habitantes, renta per cápita de casi 10.000 euros, un tercio del PIB de América Latina, y un 50% de su comercio exterior. ¿Pero qué China es la que aguarda?

       China, el nuevo ‘taller del mundo’ -como se denominó en el siglo XIX a Inglaterra- recibía en 2000 el 9% del comercio exterior latinoamericano,  hoy, en cambio, pasa del 20% y puede desplazar en 15 o 20 años a Europa, que aún acredita la mitad de esas transacciones. En los últimos cinco años Pekín ha concedido a América Latina créditos por más de 50.000 millones de euros, vinculados principalmente a la producción de alimentos, así como está interesado en invertir en infraestructuras para mejorar su aprovisionamiento de materias primas. El interés chino por favorecer la industrialización latinoamericana es, obviamente, nulo. En el Pacífico Sur, que en gran parte reivindica China, se calcula que hay reservas de 130.000 millones de barriles de crudo y 25 billones de metros cúbicos de gas; pero también y en gran parte por ello, se incuba una novísima Guerra Fría entre Estados Unidos y el Celeste Imperio. Hay una base de marines en Port Darwin (Australia) y el presidente Obama anunció en noviembre pasado la reorientación de los intereses exteriores de Washington –en detrimento ¿de quién, si no de Europa?- hacia el Pacífico. Y China, que botará este año su primer portaviones, reafirma  incesantemente su particular versión de la Doctrina Monroe: “China para los asiáticos. ¿Cómo se ve el mundo desde Pekín? Gírese el mapamundi hacia la izquierda para que en vez de darnos de bruces con Europa occidental, de norte a Sur, Gran Bretaña, Francia y España-Portugal, obsérvese como el centro del planeta se aloja en el palacio de verano de la capital china, allí donde mejor se percibe la ley de gravitación universal. Toda una cura para la idea eurocéntrica de la historia.

    Para los cuatro firmantes, a los que pronto se sumarán Costa Rica y Panamá, esa descubierta encierra diferentes significados que desbordan lo puramente económico. Es un primer paso hacia  la liquidación del euro-centrismo del criollato, aunque quienes vayan a darlo sean muy mayoritariamente criollos (Santos, Piñera, y Calderón). Es la suya una negociación Sur-Sur, que puede pasarse de la intervención del Norte, representado por Europa e incluso Estados Unidos, y marca una simbólica emancipación intelectual de los antiguos colonizados, no sin que el lastimoso estado de Europa provoque en algunos actores un si-es-no-es de satisfacción. En segundo término, esta orientación apunta a nuevas realidades. Brasil, que lleva años postulándose como prima donna de América Latina, puede interpretar el movimiento como un ejercicio de compensación: al gigante próximo de Brasilia se le opone otro más lejano y sin aspiraciones políticas conocidas como Pekín. En el esquema westfaliano de equilibrio entre Naciones-Estado, América Latina, pese a  las diferencias entre el grupo bolivariano, Brasil, y el resto, tiene ya unas ciertas hechuras de bloque internacional, y percibe a China como recurso y jamás amenaza.

    Por último, ese nuevo frente exterior podría facilitar la reincorporación de México, con el presidente que suceda a Calderón el próximo 1 de diciembre, a la política general iberoamericana, tras el duradero y narcótico ensimismamiento en su frontera norte. Al bloque de naciones de habla hispana le haría mucho bien ese regreso.      

     

POR QUÉ RESISTE ASSAD


M. A. BASTENIER
El Espectador, 1 de abril de 2012
 
Hace apenas unas semanas parecía que la caída del régimen de Bachar el Assad era casi inminente. El Gobierno de Damasco parecía condenado y era únicamente cuestión de establecer el calendario, e incluso parecía que toda la culpa de que el fatal desenlace aún no se hubiera producido le correspondiera a Rusia y China, que seguían sosteniendo al dictador, de un lado para proteger sus inversiones, y de otro para disputarle la arena geopolítica a Estados Unidos. Hoy sigue siendo cierto que el régimen sirio difícilmente puede sobrevivir a la cuasi guerra civil que con su torpeza represora ha provocado, pero demuestra a diario que está dispuesto a vender muy cara la piel.

    Damasco se sostiene sobre una trinidad: ejército, partido y sentimiento religioso, y de la combinación de esos tres elementos, así como de la capacidad de la oposición de hacerles frente con argumentos similares dependen -mientras Occidente siga sin intervenir- la duración e intensidad de la masacre.

    En Siria hay dos ejércitos. El regular, de unos 300.000, hombres, formado por reclutas, solo regularmente armado, con un ‘esprit de corps’ limitado y de adiestramiento indiferente; y unos cuerpos de elite que integran la Guardia Republicana, mandada por el hermano menor del presidente, Maher el Assad, de unos 25.000 miembros, más dos divisiones y una brigada de operaciones especiales, con lo que se llega a los 40.000 efectivos, pertrechados con lo mejor del mercado ruso así como de lealtad probada. El goteo de deserciones que se ha producido en algo más de un año de protesta popular y, en los últimos meses, de combates, ha afectado casi exclusivamente a las fuerzas regulares. El partido es el Baas, que en árabe significa resurrección, fundado por el greco-ortodoxo Michel Aflaq en los años 40, partidario de un esotérico socialismo de uso interno musulmán, y tan anticomunista como la democracia cristiana. El Baas, que además cuenta con una milicia de unos 100.000 hombres, aunque de escaso valor militar, tomó el poder por un golpe militar en 1963 y ahí sigue, pero hace ya mucho que se ha convertido en una superestructura para medro y privilegio, de forma que, en particular para ganarse la vida, es inexcusable formar parte del mismo. Las defecciones en su seno tampoco han sido importantes, pero seguramente es el eslabón más débil de la cadena. Y el grupo religioso es el alauí, una protuberancia dogmática del chiísmo, que reina en Irán, que, aunque no agrupa a más de un 12% del país, los Assad, la alta oficialidad, ministros y jerarquías forman una apretada piña de esta persuasión religiosa, que contrasta con la inmensa mayoría de los reclutas, así como de la nación en general, que son suníes, versión esta muy mayoritaria del Islam en el resto del mundo árabe.

     Si el Baas se debilita gravemente por futuros abandonos hasta el punto de permitir que los rebeldes formaran un Gobierno en el exilio, susceptible de ser reconocido –como en el caso de Libia- por Occidente,  los Assad podrían, sin embargo, seguir resistiendo contando con el apoyo de las unidades de élite y la cohesión alauí. Pero si se rompe cualquiera de estas dos últimas patas el régimen estaría condenado. Y a la espera de que eso ocurra, la oposición, para tener éxito,  ha de construir una imagen de alternativa política y militar que sea verosímil.

    La cohesión religiosa está asegurada por el sunismo, pero no hay ejército rebelde ni coalición de partidos dignos de tal nombre. Existe un llamado Ejército Libre Sirio, apenas capaz de resistir atrincherado, como pudo hacer en un suburbio de Homs durante varias semanas hasta que lo expulsó el ejército sin necesidad de recurrir al armamento pesado. El procedimiento habitual ha sido rodear a las fuerzas rebeldes, bombardear con artillería durante varios días y solo entonces ‘limpiar’ el terreno, procurando reducir al máximo las bajas propias. Y en lo político la amalgama aún es mayor con una marea de suníes de los que buena parte pertenece a la Hermandad Musulmana –islamismo, en principio, moderado- oficiales y dirigentes caídos en desgracia, voluntarios yihadistas –islamismo radicalizado- y terroristas de Al Qaeda. Comprensiblemente, Estados Unidos se resiste a armar a los rebeldes porque las armas que recibieran sí serían de las que carga el diablo. Un fantasmal Consejo Político de la oposición carece, igualmente, de cohesión alguna, con lo que esa trinidad no puede hoy compararse a la que sostiene a Bachar el Assad.

     Habría, con todo, dos vías de salida para este punto ‘muerto’. Una la intervención limitada de Occidente con la creación de una zona ‘liberada’ limítrofe con Turquía, que es lo que pide Ankara, protegida por la aviación. La otra, más cómoda para todos, sería la ruina económica –la represión es cara- que supone el conflicto para Siria, de forma que acelerara la erosión  del régimen hasta provocar el golpe desde el interior; o una combinación de ambas fórmulas. Hoy, en cambio, el único movimiento es diplomático. Rusia y China apoyan, junto a Occidente, una mediación de la Liga Árabe y la ONU, que permitiera llegar a un alto el fuego, aunque fuese por etapas y sectores, y, ya en el colmo del optimismo, un acuerdo para dar una alternativa política a la dictadura con la familia Assad. Pero todo ello suena a ganar o perder tiempo. Ganarlo Damasco, perderlo Occidente.