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domingo, 10 de febrero de 2013

EL NIETO DEL PRI


M. A. BASTENIER
El País, 4 de julio 2012

Enrique Peña Nieto, elegido presidente de México como la humanidad entera predecía, lo es doblemente, de apellido materno, y como nieto o tercera generación de los grandes dinosaurios de su partido, el PRI, que consolidaron en los años medios del siglo pasado una formación política que gobernaba con todos los ases en la mano y las corrupciones que estimara necesarias, pero también con una cierta capacidad de construcción de Estado. A los 18 años de la última elección de un candidato priista, Ernesto Zedillo en 1994, y con Peña Nieto, el primero de su partido elegido democráticamente, la opinión tiene derecho a preguntarse ¿cómo es el PRI que recupera el poder? Y ¿quién es el candidato electo que lo representa?

    La especulación crítica teme la vuelta de un partido hecho a las mañas del autoritarismo, la trampa y el desfalco de caja. Pero 2012 no se parece a los años finales del siglo pasado. El escritor y político Jorge Castañeda subraya la formación en el país de una burocracia profesional que actuaría como freno y control del poder, cualquiera que este fuese. El exceso dictatorial parece en las actuales condiciones imposible, pero tampoco garantiza con ello el buen gobierno. Peña Nieto, que admira a Adolfo López Mateos (1958-64), presidente de esa generación intermedia entre los fundadores en los años 20 y los contemporáneos del priismo, se define como un hombre sin definición, ante todo pragmático, atento primordialmente a  los resultados. El historiador Enrique Krauze cree que pertenecer a una tercera generación de sucesores de los  dinosaurios del partido es, de rebote, su mejor baza: “Parte de su atractivo reside en que los jóvenes no vivieron la época del PRI, y piensan que entonces hubo paz y orden, y creen que su retorno al poder significará eso”. Porfirio Muñoz Ledo, implacable adversario en las filas izquierdistas del PRD, es, en cambio, devastador: “México no se merece volver a ser gobernado por un analfabeto”, con lo que hace uno solo de Vicente Fox, (PAN, 2000-2006), y el propio líder priista, que en campaña no supo decir cuál era su libro preferido. Pero nadie niega que tiene cabeza para la política, siquiera sea con p minúscula: “Trae la política en la yema de los dedos; información en la sala primera del cerebro; y una carta de navegación en la mano” (Ciro Gómez Leyva, ‘Milenio’).

    El primer problema del presidente electo es la violencia desencadenada por la lucha contra el narco, que ha causado más de 50.000 muertes durante la presidencia del derechista Felipe Calderón (2006-2012). Y, de nuevo, la opinión adversa recela de que busque alguna componenda con los principales carteles, que permita reducir el estrés ciudadano por el derramamiento de sangre. El representante de Peña Nieto ante la Prensa internacional, Arnulfo Valdivia, argumentaba recientemente en Madrid, que el anterior mandatario había golpeado al narco “solo con los puños” –el Ejército- cuando hay que usar la cabeza”: información, infiltración, espionaje electrónico; es decir, el CSI a la mexicana. El futuro presidente retirará a los militares de las calles y creará una gendarmería federal de 40.000 efectivos, inspirada en el Cuerpo de Carabineros colombiano, para lo que ha contratado como asesor al policía mejor considerado en toda la historia de Colombia, el general Oscar Naranjo. Esta fuerza responderá únicamente ante el Gobierno y actuará pasando por encima de los 2.000 cuerpos de policía ya existentes, tratando de despresurizar la cobertura mediática de la violencia para una opinión que ya no puede dar crédito al aluvión de ‘éxitos’ pregonados en el combate contra la delincuencia, que, sin embargo, inflan en vez de aminorar las estadísticas de muerte. ¡Cuantas veces se ha anunciado la captura del enemigo público número uno! para comprobar que el surtido  era inagotable.

    Enrique Peña Nieto, 45 años, telegénico esposo de una estrella del melodrama televisivo, es un híbrido al que rodean tecnócratas de Harvard, y dinosaurios del periodo pre-cámbrico, sin que nadie sepa por qué especie se decantará. El profesor García Rivera se plantea el interrogante de un presidente entre Ave Fénix y  pterodáctilo. Y enfrentado al izquierdista López Obrador, que se desprestigió orquestando una histriónica sublevación civil tras las elecciones que perdió en 2006, y a una Josefina Vázquez Mota, del PAN, que cargaba con el peso del fracaso en la lucha contra el narco, al nuevo presidente podría convenir lo que el vizconde de Ségur dijo de Napoleón: “aquel que no gusta del todo a nadie, pero al que todos prefieren”.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

DE MÉXICO A PARAGUAY


M. A. BASTENIER
 
El País, 27 de junio de 2012
 

El próximo domingo habrá nuevo presidente en México y el sábado pasado Paraguay cambió el suyo. No puede haber, sin embargo, mayor disparidad entre ambos acontecimientos; tanta como lo que separa un proceso como el mexicano, plagado de dificultades pero que avanza hacia su plena consolidación democrática, en comparación a una democracia  electoralista como la paraguaya, en la que la sorprendente elección en 2008 del exobispo, Fernando Lugo, políticamente tan inexperto como bien intencionado, sembró el pánico entre la clase política, hasta el punto de que ha creído necesario destituirlo, eso sí dentro de tan estricta legalidad como evidente ilegitimidad.

    El proceso político mexicano presenta tres grandes opciones válidas y diferenciadas. De entre ellas, es sumamente difícil que gane el PAN, representado por Josefina Vázquez Mota, porque la victoria de la candidata derechista daría al partido un tercer sexenio consecutivo, cuando el segundo, el de Felipe Calderón, está por concluir con el desastre de la guerra contra el narco y 50.000 muertes en los últimos seis años; no lo tiene más fácil Andrés Manuel López Obrador, candidato del izquierdista PRD, con sus constantes bandazos entre su enigmática invocación a una “república amorosa” y el recuerdo de la insurrección de granguiñol con que adornó su derrota ante Calderón en 2006; y, aún con  visibles carencias de aplicación y estudio, el gran favorito es Enrique Peña Nieto, del PRI, que a la fuerza hace de centro por indefinición programática de su partido, al tiempo que asume un eslogan político de  cinismo solo concebible en un  país de arraigado hispano-catolicismo: “seremos corruptos, pero sabemos gobernar”. El PRI, que durante 70 años fue lo que el sociólogo mexicano Roger Bartra calificaba de “oficina electoral centralizada para el reparto de beneficios”, ha sabido convertirse, sin embargo, en un verdadero partido, que se apoya en una coalición de gobernadores de Estado, y que, como el partido comunista en Rusia pero sin la carga del naufragio marxista-leninista, forma parte de la propia urdimbre nacional del siglo XX y de la Revolución mexicana (1910-1924).

      En Paraguay lo desconcertante fue que ganara un perfecto ‘outsider’ como el antiguo prelado. El país había conocido la longeva dictadura del general Stroessner, cuya caída sintonizó con la del comunismo europeo en 1989, y a quien sucedió una  democracia de bajísima intensidad, en la que se eternizaba en el poder el partido Colorado, que ya había dirigido el general. Con los números en la mano, Lugo no debería haber alcanzado jamás la presidencia, porque en su candidatura había de todo menos ‘luguistas’ y sí, en cambio, una mayoría de miembros del Partido Liberal Radical Auténtico, que es una de las múltiples formas que adopta la derecha de los propietarios en América Latina, y cuya principal razón para acarrear sufragios era oponerse al Coloradismo. Y aunque Lugo no haya cambiado gran cosa en una gobernación que le venía ancha como una estola, con sus propósitos bastaba. Los llamados liberales y la facción más derechista del partido Colorado, que inspira Horacio Cartes, se han aliado para juzgar en el Senado y destituir al presidente. La excusa, como en el caso del presidente hondureño Manuel Zelaya, derrocado en 2009 por un referéndum que dicen que quería convocar, en Paraguay ha sido una masacre ocurrida en el desalojo de una finca propiedad de un exsenador Colorado. Y la razón de fondo que Lugo, de nuevo comparable a la gesticulación chavista del presidente hondureño, alentaba con declaraciones poco avisadas la ‘okupación’ de fincas.

     Finalmente, el objetivo de la mayor parte de la clase política ha sido tanto en Paraguay como en Honduras, destruir al aguafiestas, pese a que unas elecciones próximas –en el caso paraguayo en 2013- habrían dirimido la disputa por el poder. Porfirio Lobo sucedió a Zelaya, normalizando con cuentagotas la situación internacional de su país, y se pretende ahora algo similar con quien, Colorado o Liberal Auténtico, trate de remplazar a Lugo el año próximo. Pero el aislamiento de los ‘golpistas legales’ en América Latina es hoy casi total.

    Los mandatos de Vicente Fox y Felipe Calderón en México, cualesquiera que hayan sido sus peores errores, han asistido a una explosión de los medios que hace virtualmente imposible -quien quiera que gane el domingo- el repliegue al tiempo de ‘la dictadura perfecta’, que dijo Vargas Llosa. En Paraguay el Estado de Derecho es, diferentemente, una flor de estufa al que no puede dar todo el calor que necesita un solo hombre, por muy episcopal que haya sido.    

   

domingo, 10 de junio de 2012

2012 en América Latina

M. A. BASTENIER

El Espectador, 8 de enero de 2012


En 2012, América Latina, que internacionalmente cada día existe más como conjunto, tiene dos grandes citas electorales. El 1 de julio se dirime la presidencia mexicana y el 7 de octubre la de Venezuela. En ambos casos el equilibrio continental experimentará variaciones o consolidaciones en lo que cabe calificar de jerarquía y agrupamiento de las potencias latinoamericanas.

    El todavía favorito en México es Enrique Peña Nieto del histórico PRI, que tendrá enfrente a Andrés Manuel López Obrador del izquierdista PRD, y posiblemente a Josefina Vázquez Mota del PAN. Parece muy difícil que, cualquiera que sean los méritos de la candidata, el partido de la derecha mexicana vaya a alcanzar una tercera presidencia consecutiva, tras los ejercicios de Fox y Calderón, y menos aún con la terrible imagen creada por la guerra contra el narco que no se está ganando, pese a los repetidos anuncios de detenciones de un capo tras otro. Lo que nos deja dos principales candidatos. AMLO llevó a cabo una operación poco lucida parqueándose en el Zócalo, con su insistencia en que el presidente legítimo era él, tras las elecciones de hace seis años. Probablemente es cierto que las irregularidades contables le arrebataron la presidencia, pero México no es Luxemburgo y los comicios no fueron ni más ni menos irregulares que los que ganó el ranchero Fox, y sí bastante más presentables de lo que nos cuenta la historia del México contemporáneo. Peña Nieto se alegró además, con razón, de que el elegido del PRD fuera López Obrador y no Marcelo Ebrard, porque entendía que izquierda contra centro en lugar de centro-izquierda contra centro le dejaba la elección mucho más despejada. Pero lo que sus adversarios califican de vacuidad del candidato, aparentemente revelada cuando demostró andar flojo de letras patrias, es un filón que el PRD tratará de explotar hasta la reacción en cadena. Hacer el ridículo suele ser siempre muy grave ante la opinión de los pueblos de raíz hispánica, y a  juzgar por lo mal que le fue a Moctezuma por no saber plantarse ante Cortés, los aztecas estarían de acuerdo.

    En Venezuela, el enfrentamiento es aún más decisivo. chavismo o antichavismo, con el espeso interrogante de cuál es el estado de salud del presidente Chávez, que jura que ya no tiene cáncer con la misma entusiasta patología con que Felipe Calderón anuncia nuevos golpes contra el narco. Todas las encuestas dan un final apretado entre chavismo y antichavismo, pero eso sería convincente solo si este último es capaz de elegir a un candidato único, que no sea la derecha pura y dura, que no recuerde el antes-de-Chávez, lo que no es empresa fácil. Y el presidente va a gastar lo que no está escrito en amueblar el voto de las clases menos favorecidas con subsidios al coste de la vida, bonos de índole diversa, y lo que haga falta para que ese 50%, al menos, de venezolanos que hoy están mejor que antes de su llegada al poder, no le abandonen. Pero tiene en contra, aparte de las libertades que se toma con el Estado de Derecho, la violencia galopante que ensangrienta el país. Seguridad ciudadana es uno de los principales componentes de cualquier situación que se pretenda democrática y hoy Caracas está peor que ‘Dodge ciudad sin ley’, la película de Errol Flynn y Olivia de Havilland.

    Si vence Peña Nieto el equilibrio latinoamericano se mantiene como está; a lo sumo otro partidario de Lula-Rousseff llega entra en escena; pero si gana AMLO se abre un cierto interrogante, en la línea de un probable no alineamiento de México, que si algún día vuelve a preocuparse de verdad por América Latina, está claro que no puede ser segundo de nadie; igual que Argentina. El statu quo, por tanto, solo se mantendría con la victoria de Vázquez Mota.

    En Venezuela, la derrota de Chávez dejaría a Brasil como única postulación internacional de la izquierda, aunque esta no sea bolivariana, al tiempo que Washington volvería a tener vara alta en Caracas. Y la victoria del militar probablemente le daría alas para iniciar lo que caracteriza como fase esencial y decisiva de su revolución: obtener tanto poder como uno u otro Castro en Cuba, pero votando cada cuatro años.

   Lo que ya existe en América Latina es un cañamazo de orden político internacional, una estructura no tan distinta de la que Europa recibió con el tratado de Westfalia en 1648, pero sin necesidad de librar para ello una guerra de Treinta Años, todo lo cual no es sino muestra de que la presunta superioridad democrática europea debe ser gravemente matizada. América no ha conocido ni una ni dos guerras continentales como la Europa del 14-18 o de la II Guerra Mundial. Y en esa estructura, donde hay al menos dos izquierdas y una sola derecha, también existen países que por su inteligente lectura del futuro quieren ejercer desde el centro, ocupar el fulcrum de todo el sistema. Hablo de Colombia y del presidente Santos, al que, paradójicamente, para desempeñar a  cabalidad ese papel de cada uno en su casa y Dios en la de todos, le convendría mantener a Venezuela a su izquierda, pero aún así el mejor porvenir del país, a la espera de que algún día pueda ganar las elecciones un partido de izquierda democrática, consiste en constituirse en el centro geométrico, como ya lo es geográfico, de las aspiraciones de un continente que –con China o sin ella- está llegando: América Latina.

domingo, 25 de diciembre de 2011

¿QUÉ PRI ES EL QUE VUELVE?

EL PAÍS, 13 de julio de 2011         
                                                         
M. A. BASTENIER

El PRI vuelve , aunque nunca se había ido, como demostraba su victoria en las legislativas de 2009 que le daban la mayoría en la cámara. Y hoy, tras haber ganado 12 de las 17 últimas elecciones a gobernadores de Estado, parece imparable su marcha hacia la victoria en las presidenciales de 2012. Pero ¿qué partido regresa? ¿El que fue amo de México durante casi todo el siglo XX, y se hundía en los 90 aquejado de gravísimos chanchullos electorales?; ¿o una formación renovada, cuyo candidato es un hombre sanitariamente alejado de los dinosaurios, llamado Enrique Peña Nieto?  El gran despegue del partido puede datarse del pasado 3 de julio, en que Eruviel Ávila vencía en las elecciones a gobernador del Estado de México. Peña Nieto que era el gobernador saliente y había designado a Ávila, veía el resultado como un plebiscito sobre su persona, lo que corroboraban todas las encuestas proclamándole al día siguiente gran favorito para 2012.    
    En su informe de gobierno de 2009 el presidente Felipe Calderón, -del derechista PAN- junto a advocaciones piadosas como la reforma con que alcanzar una educación de calidad, se centraba en la lucha contra el narco-crimen para reducir “una amenaza a la seguridad nacional a solo un problema policial”. Y ahí es donde le duele. Desde su toma de posesión en 2006 se han producido cerca  de 30.000 muertes relacionadas con el narco, y el hecho de que la mayoría se deba a vendettas entre cárteles no es consuelo para la ciudadanía. El político y escritor, Jorge Castañeda acusa al poder de haber despertado al león dormido en una batalla que no podía ganar porque, entre otras cosas, hay que preguntarse de qué lado está la policía. Por eso el presidente lanzó al Ejército a librar una batalla en la que parecía elefante en cacharrería. Y aunque ha habido progresos como la creación en 2009 de un ‘CSI’ para la interceptación electrónica, que permite pasar de las armas de fuego a la lucha de ‘inteligencia’, no hay candidato panista que pueda pensar seriamente en ganar el año próximo.       
     Calderón, que en 2006 había sucedido a su correligionario Vicente Fox, tenía que elegir entre dos posibles alianzas. Con el PRI, contando con sus escaños en la cámara para aprobar las reformas, o con la izquierda, el PRD, para hacer causa común en las elecciones a gobernador y tratar de evitar así una victoria tras otra del PRI. Y aunque el presidente prefería esta segunda alianza, a consecuencia de la cual el partido de Peña Nieto había perdido en los últimos dos años varias gobernaciones, acabó sin reformas y con el PRI dominando el centro del campo. Disensiones en la izquierda habían impedido que el pacto PAN-PRD se reeditara en los comicios del día 3, lo que facilitaba la victoria del sucesor de Peña en el crucial Estado de México.
    El país, ya en plena campaña electoral, no va a dejar de interrogarse durante todo el año hasta las presidenciales de 2012 sobre la personalidad del candidato priísta. Enrique Peña Nieto, de 44 años, viudo y casado en segundas nupcias con la estrella de culebrones Angélica Rivera, sería físicamente del formato Kennedy-criollo. Pero de su acumen político hay que destacar la manera en que ha sabido granjearse el apoyo de Elba Esther Gordillo, líder desde 1989 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, con un millón de afiliados, seguramente el sindicato más poderoso de América Latina, así como  colocar en marzo pasado a su hombre ligio, Humberto Moreiras en la presidencia del partido; porque en México para ganar elecciones primero hay que ganarse el partido; el que sea.
    Pero no faltan los escépticos. Jorge Zepeda, ex director de El Universal, escribía del candidato: “Difícilmente puede recordarse alguna tesis suya que no sea un lema de márketing”, empeño en el que su mano derecha es Alejandro Quintero, de TV Promo y Televisa. Y también hay quienes lo vinculan al ex presidente Carlos Salinas de Gortari, uno de los recuerdos menos agraciados del PRI, en aquel su fin de reinado.
    Con el PAN imposibilitado por la guerra al narco; el PRD dividido entre Marcelo Ebrard, el preferido del aparato, y Andrés Manuel López Obrador, derrotado por Calderón en 2006, y filo-chavista, que amenaza con romperlo todo si no es elegido candidato, como escribe Rubén Aguilar: “Peña Nieto tiene la mesa más puesta que nunca”. Aunque no se sepa qué PRI es el que representa.