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miércoles, 19 de septiembre de 2012

LO QUE PASA EN ESPAÑA

M. A. BASTENIER

El Espectador, 1 de julio de 2012
 
El que fue ministro de Economía de Felipe González, el socialista Carlos Solchaga, dio sin haberlo previsto la explicación metafísica perfecta de la pavorosa crisis que nos asola, cuando muy a principio de los años 90 dijo en un semanario en La Habana que “España había tenido un ataque de riqueza”. Era premonitorio, aunque entonces todavía no condenatorio.

    Los causantes directos de la crisis están en muchas partes y tienen grados diversos de responsabilidad. Primero hay unas fuerzas financieras desmelenadas que en casi todo el mundo occidental, pero particularmente en Europa y Estados Unidos, veían la riqueza como un asiento contable, capaz de multiplicarse de manera indefinida, aunque no hubiera sostén productivo detrás. Esa fiebre afectó muy particularmente a esos españoles que se veían súbitamente, sin haber ido a la escuela el tiempo necesario para matizar e interpretar la realidad, con más recursos económicos que habían soñado en su vida. En España ha habido unos años, los 90 y el comienzo del siglo XXI, en los que había una verdadera competición para endeudarse y con ello mejorar el nivel de vida. El particular pedía desaforadamente créditos, y lo que es peor las instituciones apropiadas se los concedían con la mayor ‘insouciance’. ¿Por qué? Porque aparentemente todo el mundo salía ganando: los que obtenían ese dinero, y los responsables intermedios y no tan intermedios de las instituciones de crédito, porque hacían méritos ante sus superiores trayendo clientes o agenciándose pingües comisiones.

   Por supuesto que entre los responsables mayores están nuestros gobernantes, a ninguno de los cuales se le ocurrió que la burbuja de la falsa riqueza, que en España era la industria de la construcción, tendría que explotar algún día por agotamiento del mercado Pero no fue así. Y como se dice en inglés ‘plague on both their houses’, socialistas y populares (PSOE y PP), porque ninguno se salva de la quema.

   Y así es como nos encontramos en una Europa en la que la libertad de operación económica ha crecido desmesuradamente en los últimos 10 o más años sin que la capacidad de control de las instituciones europeas se reforzara de manera parecida. En el seno de la UE se podía negociar sin tasa, vender, comprar, prestar y endeudarse, mientras los poderes públicos europeos veían cambiar de manos el fajo de billetes virtuales, sin  arte ni parte en el asunto. No hace falta decir que en esa coyuntura, en la que se genera un empobrecimiento masivo de la sociedad –unos cuantos ganaron más plata que nunca en la crisis del 29- hay quien hace su agosto y eso es también lo que está pasando en España.

  Hace solo una semanas que apenas cuatro especialistas sabían qué era eso de la prima de riesgo. Y hace solo unos meses los responsables decían, poniendo cara de que compadecían a Italia, que llegar a los 300 puntos era una catástrofe. La semana pasada la prima de riesgo de España –lo que hay que pagar de interés por los dineros que el Estado toma en préstamo- rozó los 600 puntos, y hoy casi nos sentimos aliviados porque ha vuelto a los 500. Los españoles saben ya que esa prima es todo un riesgo. Y contra esa fragilidad de la economía española hay poderosos intereses financieros que apuestan a la catástrofe de la que sacarán pingües beneficios, como puede ser apartar a España de terrenos en los que la inversión nacional ocupa lugares preponderantes, tal que ocurre en algunos mercados latinoamericanos, con la intención de ocupar su sitio. Cuando el famoso corralito argentino, hace ya más de 20 años, un prominentísimo periodista argentino me contó una historia sumamente edificante. El ministro de Economía de su país iba a hacer un importante viaje a Estados Unidos para entrevistarse con empresarios aún más prominentes, a los que debería interesar en soltar la plata para su país. Y para ello tenía un plan que consideraba infalible. “Cuando me presente ante los norteamericanos” –le dijo al periodista- “les haré ver como ante la crisis los españoles van a abandonarlo todo y ellos –los empresarios- podrán quedarse con lo que haya por una miseria”. No ocurrió nada de ello porque sus interlocutores vinieron a  decirle que si así trataban a los españoles, no había garantía alguna de que no hicieran un día lo mismo con ellos.

    Pero, manos negras aparte, y subrayando que el capitalismo financiero y especulativo que es el primer responsable del cataclismo, los españoles han –hemos- construido un país de campo y playa, con excelentes atractivos, la mejor gastronomía del mundo y que me perdonen en La Tour d’Argent de París, pero que no fabrica nada que necesite el resto del mundo excepto el mayor número de días de sol al año. Y si Europa se resfría agarramos una pulmonía. Eso es lo que pasa en España. Pero no se inquieten que nos recuperaremos.

domingo, 6 de mayo de 2012

EUROPA(E)

M. A. BASTENIER

El País, 2 de noviembre de 2011

¿Existe una Europa política con capacidad para decidir su propio destino? A mediados del siglo XVIII, el que domina Voltaire, existía ya algo más que un preámbulo de Europa como escenario intelectual para una comunicación privilegiada entre sus elites. Los ‘europeos’ -cierto que solo unos millares- poblaban los salones de la aristocracia, viajaban de París a San Petersburgo, y se carteaban en francés. Casi tres siglos más tarde, el número de ‘europeos’ -todos aquellos que sientan su nacionalidad europea cuando menos tanto como la de su pasaporte-, suma ya unos centenares de miles, puede que incluso algún millón. En el mundo de Voltaire, los que no formaban parte de esa exigua minoría que definía lo ‘europeo’, permanecían ajenos a cualquier idea de Europa, lo que contrasta con las extensas clases medias contemporáneas, que tienen muy presente la existencia del Viejo Continente. Las elites volterianas podían crear, aunque solo en circuito cerrado, su propia Europa que era, sin embargo, mucho más real para ellos que la que tratan de edificar los eurócratas de Bruselas, esos ‘primeros europeos’ en un mundo que ya es de ciudadanos y no súbditos, pero que solo se plantean qué puede hacer Europa por ellos y no ellos por Europa.
Esa Europa(e), presa hoy de una crisis mucho más que económica, sigue imaginándose a través de sus clases medias en sus lenguas nacionales. El inglés, pese a su propagación universal nunca será el latín contemporáneo, una lengua que era de todos y por ello de nadie. Hoy, en cambio, todo el mundo habla inglés, pero raro es el que lo piensa, aunque solo sea porque no sirve para pensar Europa, sino su contrario. En medio de la Babel resultante únicamente aparece un lenguaje común: la economía, siempre instrumentalizada por el egoísmo nacional de los Estados miembros. Y no existe en la UE una fuerza que se sobreponga a ese particularismo. Gran Bretaña no es candidata por su aversión a lo abstracto; Alemania porque vacila a la hora de tirar del carro. Solo queda Francia con tan importantes activos como graves notas al pie. Entre las primeras, sus vigorosas instituciones; entre las segundas, la congénita interrogación de los franceses sobre la decadencia nacional, paradójicamente unida a un exceso de testosterona soberanista. Para De Gaulle la comunidad era en los años 60 “ce machin” (ese cachivache); y 20 años más tarde para Jacques Delors, -que iba más allá de aquel sacro egoísmo- “un objeto volante no identificado”.
El politólogo norteamericano, Larry Siedentorp escribía en el año 2000 que la comunidad “no poseía la capa social o unidad de creencia” sobre la que edificar un aparato político coherente, y alertaba proféticamente contra “las fuerzas inexorables del mercado y las elites que han escapado a cualquier control democrático” (‘Democracy in Europe’); las mismas que no quisieron, pudieron o supieron conjurar la devastadora catástrofe financiera, y cuya capacidad normativa sobre el ciudadano es casi inexistente. La sequía ideológica en el mundo occidental ha sustituido integración europea por un sucedáneo, la cooperación inter-gubernamental. Y el resultado ha sido un árido economicismo, como si solo importaran las fuerzas del mercado. El fracaso de las elites y el de su parroquia nacional es perfectamente comparable.
¿Pero existe una pulsión, aun telúrica, que una a la mayor parte de pueblos europeos? Para el sociólogo francés, Pierre Bourdieu, era “la nostalgia de imperio”, lo que solo resultaría aplicable a Francia, España, Portugal, a lo sumo Holanda, y en absoluto a Gran Bretaña, que ha elegido la vinculación atlántica. Y si miramos al Este, con la excepción relativa de Polonia y la República Checa, domina la impronta bizantina, lo que incluye a Grecia, que está mucho más próxima a la Tercera Roma –Moscú- que a la primera. La expansión de la UE al Este, seguramente inevitable, no dejaba por ello de exponer la falla geopolítica que separa las dos Europas.
El británico Perry Anderson (‘The New Old World’) argumenta que a esa Europa(e) le falta una religión civil, como puso de manifiesto el rechazo, notablemente en Francia, de una constitución para la UE, consulta en la que los que querían más unión y los que querían menos, Delors y De Gaulle, acabaron dándose la mano para ignorar la existencia de una Europa(e) a medio camino entre ambas. Europa o Europe, en la doble versión de sus principales lenguas, es una idea para la que es difícil determinar si ha llegado la hora. Pero hoy Voltaire diría que ha perdido casi todo su atractivo.