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domingo, 6 de mayo de 2012

EUROPA(E)

M. A. BASTENIER

El País, 2 de noviembre de 2011

¿Existe una Europa política con capacidad para decidir su propio destino? A mediados del siglo XVIII, el que domina Voltaire, existía ya algo más que un preámbulo de Europa como escenario intelectual para una comunicación privilegiada entre sus elites. Los ‘europeos’ -cierto que solo unos millares- poblaban los salones de la aristocracia, viajaban de París a San Petersburgo, y se carteaban en francés. Casi tres siglos más tarde, el número de ‘europeos’ -todos aquellos que sientan su nacionalidad europea cuando menos tanto como la de su pasaporte-, suma ya unos centenares de miles, puede que incluso algún millón. En el mundo de Voltaire, los que no formaban parte de esa exigua minoría que definía lo ‘europeo’, permanecían ajenos a cualquier idea de Europa, lo que contrasta con las extensas clases medias contemporáneas, que tienen muy presente la existencia del Viejo Continente. Las elites volterianas podían crear, aunque solo en circuito cerrado, su propia Europa que era, sin embargo, mucho más real para ellos que la que tratan de edificar los eurócratas de Bruselas, esos ‘primeros europeos’ en un mundo que ya es de ciudadanos y no súbditos, pero que solo se plantean qué puede hacer Europa por ellos y no ellos por Europa.
Esa Europa(e), presa hoy de una crisis mucho más que económica, sigue imaginándose a través de sus clases medias en sus lenguas nacionales. El inglés, pese a su propagación universal nunca será el latín contemporáneo, una lengua que era de todos y por ello de nadie. Hoy, en cambio, todo el mundo habla inglés, pero raro es el que lo piensa, aunque solo sea porque no sirve para pensar Europa, sino su contrario. En medio de la Babel resultante únicamente aparece un lenguaje común: la economía, siempre instrumentalizada por el egoísmo nacional de los Estados miembros. Y no existe en la UE una fuerza que se sobreponga a ese particularismo. Gran Bretaña no es candidata por su aversión a lo abstracto; Alemania porque vacila a la hora de tirar del carro. Solo queda Francia con tan importantes activos como graves notas al pie. Entre las primeras, sus vigorosas instituciones; entre las segundas, la congénita interrogación de los franceses sobre la decadencia nacional, paradójicamente unida a un exceso de testosterona soberanista. Para De Gaulle la comunidad era en los años 60 “ce machin” (ese cachivache); y 20 años más tarde para Jacques Delors, -que iba más allá de aquel sacro egoísmo- “un objeto volante no identificado”.
El politólogo norteamericano, Larry Siedentorp escribía en el año 2000 que la comunidad “no poseía la capa social o unidad de creencia” sobre la que edificar un aparato político coherente, y alertaba proféticamente contra “las fuerzas inexorables del mercado y las elites que han escapado a cualquier control democrático” (‘Democracy in Europe’); las mismas que no quisieron, pudieron o supieron conjurar la devastadora catástrofe financiera, y cuya capacidad normativa sobre el ciudadano es casi inexistente. La sequía ideológica en el mundo occidental ha sustituido integración europea por un sucedáneo, la cooperación inter-gubernamental. Y el resultado ha sido un árido economicismo, como si solo importaran las fuerzas del mercado. El fracaso de las elites y el de su parroquia nacional es perfectamente comparable.
¿Pero existe una pulsión, aun telúrica, que una a la mayor parte de pueblos europeos? Para el sociólogo francés, Pierre Bourdieu, era “la nostalgia de imperio”, lo que solo resultaría aplicable a Francia, España, Portugal, a lo sumo Holanda, y en absoluto a Gran Bretaña, que ha elegido la vinculación atlántica. Y si miramos al Este, con la excepción relativa de Polonia y la República Checa, domina la impronta bizantina, lo que incluye a Grecia, que está mucho más próxima a la Tercera Roma –Moscú- que a la primera. La expansión de la UE al Este, seguramente inevitable, no dejaba por ello de exponer la falla geopolítica que separa las dos Europas.
El británico Perry Anderson (‘The New Old World’) argumenta que a esa Europa(e) le falta una religión civil, como puso de manifiesto el rechazo, notablemente en Francia, de una constitución para la UE, consulta en la que los que querían más unión y los que querían menos, Delors y De Gaulle, acabaron dándose la mano para ignorar la existencia de una Europa(e) a medio camino entre ambas. Europa o Europe, en la doble versión de sus principales lenguas, es una idea para la que es difícil determinar si ha llegado la hora. Pero hoy Voltaire diría que ha perdido casi todo su atractivo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

"El conservador revolucionario"

(Prólogo para el libro de J. A.Sorolla sobre Sarkozy)

Marzo, 2011                       

M. A. BASTENIER
Nicolas Sarkozy es un poliedro sobre el que el periodista José Antonio Sorolla hace una cala que de tan concienzuda casi asusta, en cada una de sus caras. A una por capítulo. Jamás un periodista francés –ni de ninguna otra nacionalidad- había hecho una revisión tan a fondo de la obra y personalidad de un político o estadista español, y difícilmente incluso de su propio país. Y si en el mundo hubiera justicia, este libro habría de convertirse rápidamente en un clásico, en la versión universal de lo que es y significa el presidente de la V República francesa, y no únicamente para los lectores de habla castellana.
    ¿Cuáles son los sentimientos del autor sobre el personaje? Me parece difícil tomarse el trabajo ímprobo que se ha tomado sin que sienta una fuerte atracción hacia ‘Sarko’, lo que no significa necesariamente aprobación o simpatía. José Antonio es, en cualquier caso, un profesional y su objetivo no es juzgar para preferir o desdeñar, sino interpretar y explicar. Y para ello deja al lector con la abrumadora sensación de que lo ha leído todo, escrutado todo, recopilado toda voz relevante para la obra, y que ha destilado esa suma de conocimientos en una narración fría en la técnica, aguda en la selección de instantáneas o viñetas, y exhaustiva en la investigación de los por qués y los cómos. Nos hallamos, por ello, ante un mega-reportaje en el que se combinan todos los géneros del quehacer profesional hasta construir un ejemplar de periodismo río o periodismo total. Así es como sucesivamente encontramos los datos de base necesarios –el género noticioso, no interpretativo- sin los que la obra sería un ensayo-; la narración basada en las mejores fuentes del Sarkozy presidente, desde sus relaciones con la sociedad y el dinero hasta la hipérbole permanente de su manera de ser –lo que equivaldría al género crónica, de carácter interpretativo-; y, por último, lo vivido, el aire de París, las formas diversas de ser francés, de la naturaleza de una nación qué se interroga sobre todo aquello que el resto del mundo da por sobrentendido, y que se dan cita como en un caleidoscopio en la figura presidencial –aquí, el género reportaje, en el que el periodista toca físicamente la realidad-. Lo que tenemos en las manos no es ni solo información con una pátina de visión personal del autor, ni estudio psicoanalítico con algún que otro dato para que el texto no parezca una divagación, sino un compacto de todos esos elementos: lo que hizo, lo que otros entienden que hizo; y el condensado final que Sorolla aprecia en ese poliedro que nunca cesa de reinventarse a sí mismo que es Nicolas Sarkozy.
    Ese elemento de lo vivido es esencial para la obra porque habitualmente topamos con tanto libro de libros, recopilación de poltrona de todo lo sabido y publicado. José Antonio Sorolla, muy diferentemente, ha sido corresponsal en París en dos periodos diferentes para otros tantos grandes periódicos españoles, y se ha pateado la capital y el hexágono entero para pergeñar fenómenos tanto o más que describir acontecimientos, modos de ser más que declaraciones, sociedad más que la política de los políticos. ¿Es el presidente Sarkozy un conservador revolucionario o un revolucionario conservador? Salvando las distancias, un Cánovas que sabe que hay que innovar dentro de la continuidad; o un Sagasta que quiere preservar el país de siempre con cuatro adornos reformistas. Sorolla no pretende hallar la respuesta, y no tanto porque a título personal no la tenga, como porque sabe que el mejor periodismo es el que se agota en el recorrido, que excluye las conclusiones irreversibles; como una ‘road movie’, todo trayecto sin pretensión de llegar a ninguna meta.
   Las dos caras en las que se podría resumir el poliedro ‘Sarko’ muestran, sin embargo, una gran identidad de fondo. El presidente quiso parecer norteamericano y neoliberal cuando no era ni una cosa ni otra, pero tampoco lo contrario. Y los de verdad conocedores sabían, como Sorolla, que en Francia nadie se puede salir completamente de la matriz gaullista que es una especie de ADN del francés medio, tanto como que la primera magistratura ‘degaulliza’ irremisiblemente a sus ocupantes. El gaullismo-partido ha dejado paso al gaullismo de condensación atmosférica, igual que ‘la hija primogénita de la Iglesia’ ha erigido en religión la laicidad.
   Y como nada ni nadie nace por generación espontánea y los periodistas se hacen trabajando, valgan dos palabras sobre el pedigrí de José Antonio. Hubo desde los años 60, pero mucho más intensamente en los 70 y 80 una verdadera ‘escuela de Barcelona’ del periodismo. A ella pertenecieron tantos y tan buenos periodistas, que no oso hacer aquí una relación ni medio completa, pero cuyo progenitor indiscutible fue Josep Pernau, hoy retirado, y por cuyo intermedio, si él fue el padre, llegaron los genes de Manuel Ibáñez Escofet, a quien los más mayores, como yo, solo conocimos efímeramente. A esa promoción-generación, en la que obraba también con su magisterio internacional, Mateo Madridejos, perteneció el gran creador de El Periódico de Catalunya, Antonio Franco, prematuramente semi-retirado, que fue quien recrió a José Antonio, cuando ambos fueron, respectivamente, director y director adjunto de su periódico. Y es que, aunque en esta concepción del periodismo las cosas resulten frecuentemente inescrutables, nunca ocurren por casualidad.