domingo, 16 de septiembre de 2012

FORCEJEO EN CARTAGENA

M. A. BASTENIER

El País, 18 de abril de 2012
 
Las cumbres internacionales se han convertido en instrumentos de la diplomacia como nuevo aspecto de un multilateralismo que avanza. No se espera necesariamente de ellas que celebren o rubriquen grandes acuerdos, sino que sirvan cuando menos de punto de encuentro para jefes de Estado, o reverbero para tomas de posición a las que se quiera dar debida solemnidad. Las cumbres ya no son lo que eran hace más de medio siglo, pero el mundo tampoco lo es.

     El fin de semana pasado en Cartagena de Indias la Cumbre de las Américas cumplió con esas expectativas. Nadie podía esperar que Washington se plegara a la exigencia universal latinoamericana de que se admitiera a Cuba en la próxima cumbre; menos aún que aceptara la despenalización de la droga; y quien pensara que Estados Unidos iba a apoyar a Argentina contra Gran Bretaña en su reivindicación de las Malvinas es que no lee inglés. La cumbre no fracasó porque se airearan esos profundos desacuerdos, sino que, al contrario, el hecho de que se expusieran permitió salvar los muebles. La cita no fue de las que marcan un ‘antes y un después’, pero sí subrayó que si el ‘antes’ sigue siendo el mismo, el ‘después’ –la próxima cumbre en Panamá en 2015- debería ser diferente. ¿Existirá para entonces el bloque bolivariano? ¿Cumplirá este su amenaza de no acudir a la cita, si Cuba sigue excluida? ¿Habrá, incluso, cumbre?

    En La joya del caribe colombiano se ha desarrollado un forcejeo sobre la naturaleza de la agenda para las cumbres, en el que se contraponían Estados Unidos y la mayor parte de América Latina. El presidente norteamericano Barack Obama quería centrar la reunión en lo económico con el lema de avanzar hacia la prosperidad de todos; en lo tecnológico con la difusión de Internet; o en lo social con el combate a la inseguridad ciudadana en la zona más peligrosa del planeta. Todo ello, respetable, urgente, y trascendental, que era para lo que fundó la Cumbre de las Américas el presidente Clinton en 1994, pero de negociación tan genérica como de resultados ad calendas. El bloque latinoamericano, y no solo las diversas izquierdas, desde Brasil y Argentina a los bolivarianos, sino también derechas de originalidad contemporánea como Colombia o  Guatemala, pugnaban por la extrema politización de la cumbre: Cuba, drogas, y Malvinas, con la pretensión de que Estados Unidos modificara posiciones entre esa Santísima Trinidad de contenciosos; la disyuntiva se presentaba entre cumbres de terciopelo o de pelo en pecho.

    Es sumamente dudoso que ni siquiera Barack Obama reelegido para un segundo mandato pudiera plegarse a la admisión del régimen castrista en el areópago del hemisferio; que reconociera que el mercado de la droga en Estados Unidos, con un giro de 45.000 millones de euros al año, es el gran nutriente del narco; y que el tráfico de armas Norte-Sur –Amnistía Internacional calcula que hay 15 millones de armas cortas en manos de particulares en América Latina- es su mejor instrumento; e igualmente, las naciones latinoamericanas que declaran fracasada la lucha policial contra el narco, deben reconocer que son las primeras culpables del flagelo por la corrupción de una fuerza pública que ni lucha ni actúa como verdadera policía; y, finalmente, que en el conflicto de las Malvinas, Washington no va camino de preferir Cristina Fernández o Dilma Rousseff a David Cameron, como pudo comprobarse en sendas y recientes visitas de la presidenta brasileña y del primer ministro británico a Obama, en las que la primera se quedó sin cena protocolaria con el presidente, honor que, en cambio, sí mereció el segundo.

     En el reparto de premios, Colombia brilló por una organización impecable y su presidente Juan Manuel Santos estuvo elocuente para postularse como país bisagra entre las diferentes sensibilidades latinoamericanas. Pero el continente estaba gravemente descoordinado: el boicot del presidente ecuatoriano Rafael Correa a la cumbre no sirvió a ningún propósito; el propio Santos olvidó a Malvinas en su alocución central; el líder venezolano, Hugo Chávez, dejó que su enfermedad explicara tácitamente su ausencia; el presidente nicaragüense Daniel Ortega hizo asimismo ‘forfait’ a última hora; México solo se interesaba por el combate al narco; y Rousseff parecía estar allí básicamente para que todos vieran cómo Brasil trataba de ‘tú a tú’ a Estados Unidos.

    El relativo mérito de la cumbre ha consistido en defender posiciones aunque estas no gusten a Washington. Pero en la cita de Panamá es probable que se compruebe que Américas siempre hay demasiadas. 

     

   

        

   

   

         

     

LAS ELECCIONES DE LA DESORIENTACIÓN


 M. A. BASTENIER

El País, 11 de abril de 2012
 
¿Cómo resistir a la tentación de comparar la decadencia, o la desorientación de Francia, con la personalidad de sus candidatos a la presidencia? Pero el desleimiento de Francia puede verse también como una forma epigonal del decaimiento de Europa. Si queda un resto de pareja formalmente directora de la UE - la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy- es porque Berlín se siente más cómodo compartiendo el fardo de la crisis, mientras el país avanza  hacia su plena libertad de acción internacional. Si un día se habló de europeizar Alemania, hoy tocaría hacerlo de la germanización de Europa.

    En menos de dos semanas comenzará el proceso electoral francés, y hay que decir proceso porque en primera vuelta solo se ganará a los puntos y hasta la segunda vuelta en mayo no se sabrá quién se enroca en el Elíseo. Tan solo el presidente Sarkozy, derecha pos-gaullista, y François Hollande, socialista de oficio, pueden revalidar o alcanzar esa dignidad, pero hay tres más, el pluscuam-socialista Jean-Luc Melenchon, el centrista al cuadrado Francis Bayrou, y Marine Le Pen, segunda generación de xenofobia, que luchan pensando en el día de mañana, y son los que ‘elegirán’ vencedor.

    El candidato socialista es serio, decente, trabajador y posee todos los atributos para ser un buen presidente de Francia, excepto parecerlo. Sarkozy es poco serio, vulnera los límites de la impropiedad como cuando ataca con electoralismo anti-europeo a España, y aún más que trabajador, hiper-expansivo, ha podido parecer en algún momento presidencial. En 2007, cuando se sacó su primer periodo, vendió un producto diferente, que podía llamar la atención del ciudadano como la portada a color de una revista. Su mandato tenía que ser el de la transparencia, el votante sabría siempre en qué andaba su presidente, pero en cambio ha sido el de la prensa del corazón, golosa de explotar la imagen de su esposa Carla Bruni, con la aparente complacencia del propio Sarkozy. El líder conservador desacralizaba peligrosamente con ello la jefatura del Estado hasta convertirse en un presidente coloquial. Y Francia mal puede apreciar esa mudanza. Más asumible puede haber sido otro gran rasgo de su gobernación: el atlantismo, en nombre del cual reintegró Francia al mando militar de la OTAN, enterrando definitivamente el gaullismo. ¿Cabe imaginar al general De Gaulle, Mitterrand o incluso Chirac participando con el entusiasmo de Sarkozy en el cerco norteamericano de un Irán, del que solo se sabe que enriquece átomos?  

    Hollande, que nunca ha sido ministro ni desempeñado cargo público relevante, es un intelectual laico, que no logra desembarazarse de un cierto aire burocrático. Habla bien, sabe lo que dice, es centrista dentro de una izquierda compasiva y moderada, pero se maneja mejor en el cuerpo a cuerpo que en la media o larga distancia de los mítines. Hace unos días compartió atril con su antigua compañera, Segolène Royal –derrotada como candidata socialista por Sarkozy en 2007- y sus esfuerzos por mostrarse natural eran más rictus que actitud.

    Más allá de la pareja principal, aquella terna de candidatos aspira a obtener resultados cuando menos respetables. Bayrou, que se difumina progresivamente entre Sarkozy y Hollande, será crucial porque quien de ambos muerda más en segunda vuelta de su voto centrista, tendría mucho ganado; Le Pen, cuyo Frente Nacional, crecientemente inter-clasista y más cerca del presidente que del aspirante, confía en superar los 12 o 13% de sufragios para hacer algo más que salvar los muebles; y Melenchon que, con el 15% que le adjudican las encuestas, sería el vencedor moral de esa primera vuelta, se hallaría en disposición de refundar un nuevo partido socialista a la izquierda del socialismo. El candidato de esa retórica veterana suena hoy a un híbrido entre Robespierre y De Gaulle, aunque para sus detractores recuerde más bien a Scaramouche. Pero solo la aportación de ese acopio de votos le daría la opción a Hollande de rebasar en segunda vuelta el 50%.

    Sarkozy parece haber interiorizado la hegemonía alemana en la dirección de la UE. El candidato socialista, diferentemente, ha llegado a decir que había que revisar los recientes pactos europeos, dentro de los cuales casi nadie niega que es muy difícil practicar una política de izquierdas, pero Hollande en el poder tendría seguramente un gran problema para decir que no a Merkel. Si Francia solo sirve ya para lugarteniente de ocasión en una Europa, alemana o no, en delicuescencia, la latinidad y España, en particular, tendrían sobrados motivos para lamentarlo.         

LA GUERRA QUE NO TENDRÁ LUGAR

M. A. BASTENIER

El País, 5 de abril de 2012
 
El 2 de abril de 1982 el ejército argentino ocupó las Malvinas, en poder de Gran Bretaña desde 1833, desencadenando una guerra de 74 días, en la que murieron 649 soldados propios y 255 británicos. El pacifismo más piadoso califica cualquier guerra de absurda e injustificada, lo que es francamente discutible, pero sí de plena aplicación al desatino de una dictadura militar criminal, impotente, y analfabeta, encabezada por un general, Leopoldo Galtieri, al que los sicofantes llamaban ‘el Patton del Plata’ por un vago parecido con el militar norteamericano de la II Guerra.

    Los uniformados argentinos pensaron que la mejor forma de regresar a los cuarteles o aún prolongar su mandato, era hacerlo con la gloria de haber recobrado el archipiélago del Atlántico Sur, que les excusara de responder por los miles de desaparecidos de la ‘guerra sucia’. A los pocos días del desembarco en la Gran Malvina, un coronel de la RAF declaraba a la televisión británica que si se “imponía la sangre italiana”, los argentinos “evacuarían el archipiélago, pero si prevalecía la española, habría guerra”. Sea cual fuere la que prevaleciera fue un crimen de lesa humanidad enviar a unos soldaditos de reemplazo contra un ejército de profesionales. El resto de América Latina, menos Chile, cuyo general Pinochet se cobró en material de guerra británico el apoyo a Londres, y Colombia, que jugó a la neutralidad, respaldó aunque con lo justo de entusiasmo a Buenos Aires.

    La embajadora de  Estados Unidos ante la ONU, Jeane Kirkpatrick, anticomunista, católica, y de origen celta, por ese orden, prefería a los golpistas, pero el presidente Ronald Reagan le dio a la señora Thatcher lo que la primera ministra pedía: la base de Ascensión, a medio camino entre Londres y Port Stanley, sin cuyos bastimentos la guerra habría sido difícil de sostener. La hija del tendero de provincias, temerosa de que el enemigo se escabullera entablando conversaciones interminables, una vez dueña de las islas, ordenó que se torpedeara al crucero pesado General Belgrano, fuera de las aguas territoriales de Malvinas, donde murieron más de la mitad de los argentinos en combate. Europa que no entendía muy bien esa guerra distinta y distante, dio apoyo de oficio a los anglosajones, con la salvedad de España –por Gibraltar e Hispanoamérica- e Italia –por sus emigrantes-, países cuyas opiniones públicas no se resolvían a condenar la insensatez de Galtieri, el mismo que mientras los británicos reconquistaban la isla principal, pedía entre vapores alcohólicos que se aerotransportara unas tropas que no existían para socorrer al general Benjamín Menéndez, jefe del cuerpo expedicionario. El militar argentino era un ‘cabecita negra’, y de quien se dice que Fidel Castro preguntó esperanzado “si era de los que combatían”. En el bando derrotado se publicaron locuras como que los gurkhas habían asesinado a 300 prisioneros argentinos, lo que jamás habría consentido la oficialidad de Su Majestad y menos aún de un país que hasta unos días antes del conflicto era tan famosamente pro-británico. Y en el bando vencedor se supo que Thatcher estaba indignada por la escrupulosa equidistancia con que la BBC informaba de la guerra.

     El enfrentamiento hoy solo puede ser político: el respaldo, en esta ocasión irrestricto de América Latina, desplegado con una condena del colonialismo británico, que se redoblará en la próxima cumbre de las Américas en Cartagena, así como algún cierre de puertos latinoamericanos a barcos de guerra y en ciertos casos, mercantes, que icen la Union Jack; y económico: la viuda Kirchner pretende impedir que Gran Bretaña comience a extraer, probablemente a partir de 2016, el petróleo en aguas de la zona, con reservas evaluadas en unos 12.000 millones de barriles. Pero ya ha logrado su primer objetivo: reinstalar las Malvinas en la agenda latinoamericana, de forma que Londres no pueda maniobrar sin darse de bruces con el problema. Y tampoco los apoyos internacionales de 1982 están a la orden. El Washington de Obama ya ha declarado su neutralidad y Europa tratará de mirar para otro lado, repitiendo el consabido mantra de la negociación entre las partes.

     Nadie ignora que las Malvinas  –como Gibraltar- jamás dejarán de ser británicas sin el consentimiento de sus 3.000 habitantes. Y solo un trato económico mejor que el que reciben de Londres podría disipar el recuerdo de una guerra tan cruel como innecesaria, que un aire porteño epitafió quejumbrosamente: “Con Malvinas o sin Malvinas/grito tu nombre por las esquinas/mientras que los generales/se dan al tango por los portales”.    

POR QUÉ RESISTE ASSAD


M. A. BASTENIER
El Espectador, 1 de abril de 2012
 
Hace apenas unas semanas parecía que la caída del régimen de Bachar el Assad era casi inminente. El Gobierno de Damasco parecía condenado y era únicamente cuestión de establecer el calendario, e incluso parecía que toda la culpa de que el fatal desenlace aún no se hubiera producido le correspondiera a Rusia y China, que seguían sosteniendo al dictador, de un lado para proteger sus inversiones, y de otro para disputarle la arena geopolítica a Estados Unidos. Hoy sigue siendo cierto que el régimen sirio difícilmente puede sobrevivir a la cuasi guerra civil que con su torpeza represora ha provocado, pero demuestra a diario que está dispuesto a vender muy cara la piel.

    Damasco se sostiene sobre una trinidad: ejército, partido y sentimiento religioso, y de la combinación de esos tres elementos, así como de la capacidad de la oposición de hacerles frente con argumentos similares dependen -mientras Occidente siga sin intervenir- la duración e intensidad de la masacre.

    En Siria hay dos ejércitos. El regular, de unos 300.000, hombres, formado por reclutas, solo regularmente armado, con un ‘esprit de corps’ limitado y de adiestramiento indiferente; y unos cuerpos de elite que integran la Guardia Republicana, mandada por el hermano menor del presidente, Maher el Assad, de unos 25.000 miembros, más dos divisiones y una brigada de operaciones especiales, con lo que se llega a los 40.000 efectivos, pertrechados con lo mejor del mercado ruso así como de lealtad probada. El goteo de deserciones que se ha producido en algo más de un año de protesta popular y, en los últimos meses, de combates, ha afectado casi exclusivamente a las fuerzas regulares. El partido es el Baas, que en árabe significa resurrección, fundado por el greco-ortodoxo Michel Aflaq en los años 40, partidario de un esotérico socialismo de uso interno musulmán, y tan anticomunista como la democracia cristiana. El Baas, que además cuenta con una milicia de unos 100.000 hombres, aunque de escaso valor militar, tomó el poder por un golpe militar en 1963 y ahí sigue, pero hace ya mucho que se ha convertido en una superestructura para medro y privilegio, de forma que, en particular para ganarse la vida, es inexcusable formar parte del mismo. Las defecciones en su seno tampoco han sido importantes, pero seguramente es el eslabón más débil de la cadena. Y el grupo religioso es el alauí, una protuberancia dogmática del chiísmo, que reina en Irán, que, aunque no agrupa a más de un 12% del país, los Assad, la alta oficialidad, ministros y jerarquías forman una apretada piña de esta persuasión religiosa, que contrasta con la inmensa mayoría de los reclutas, así como de la nación en general, que son suníes, versión esta muy mayoritaria del Islam en el resto del mundo árabe.

     Si el Baas se debilita gravemente por futuros abandonos hasta el punto de permitir que los rebeldes formaran un Gobierno en el exilio, susceptible de ser reconocido –como en el caso de Libia- por Occidente,  los Assad podrían, sin embargo, seguir resistiendo contando con el apoyo de las unidades de élite y la cohesión alauí. Pero si se rompe cualquiera de estas dos últimas patas el régimen estaría condenado. Y a la espera de que eso ocurra, la oposición, para tener éxito,  ha de construir una imagen de alternativa política y militar que sea verosímil.

    La cohesión religiosa está asegurada por el sunismo, pero no hay ejército rebelde ni coalición de partidos dignos de tal nombre. Existe un llamado Ejército Libre Sirio, apenas capaz de resistir atrincherado, como pudo hacer en un suburbio de Homs durante varias semanas hasta que lo expulsó el ejército sin necesidad de recurrir al armamento pesado. El procedimiento habitual ha sido rodear a las fuerzas rebeldes, bombardear con artillería durante varios días y solo entonces ‘limpiar’ el terreno, procurando reducir al máximo las bajas propias. Y en lo político la amalgama aún es mayor con una marea de suníes de los que buena parte pertenece a la Hermandad Musulmana –islamismo, en principio, moderado- oficiales y dirigentes caídos en desgracia, voluntarios yihadistas –islamismo radicalizado- y terroristas de Al Qaeda. Comprensiblemente, Estados Unidos se resiste a armar a los rebeldes porque las armas que recibieran sí serían de las que carga el diablo. Un fantasmal Consejo Político de la oposición carece, igualmente, de cohesión alguna, con lo que esa trinidad no puede hoy compararse a la que sostiene a Bachar el Assad.

     Habría, con todo, dos vías de salida para este punto ‘muerto’. Una la intervención limitada de Occidente con la creación de una zona ‘liberada’ limítrofe con Turquía, que es lo que pide Ankara, protegida por la aviación. La otra, más cómoda para todos, sería la ruina económica –la represión es cara- que supone el conflicto para Siria, de forma que acelerara la erosión  del régimen hasta provocar el golpe desde el interior; o una combinación de ambas fórmulas. Hoy, en cambio, el único movimiento es diplomático. Rusia y China apoyan, junto a Occidente, una mediación de la Liga Árabe y la ONU, que permitiera llegar a un alto el fuego, aunque fuese por etapas y sectores, y, ya en el colmo del optimismo, un acuerdo para dar una alternativa política a la dictadura con la familia Assad. Pero todo ello suena a ganar o perder tiempo. Ganarlo Damasco, perderlo Occidente.  

CUBA: ¿FIN DE REINADO?


M. A. BASTENIER
El País, 28 de marzo de 2012

El viaje de Benedicto XVI a Cuba agradece buen número de interpretaciones, pero todas con algo en común: el Vaticano apoya el proceso de reformas de Raúl Castro, que, si en lo político es muy limitado, en lo económico hace ya de la isla un lugar muy diferente del que visitó Juan Pablo II en 1998. Cerca de 300.000 negocios por cuenta propia se han registrado desde 2010.

    El plan, presentado en noviembre de hace dos años, prevé un castrismo sin los Castro, en el que la isla evolucione hacia una economía mixta –a la china-; el partido comunista no atosigue con su férrea mano al Estado; los gobernantes no puedan ejercer más de dos mandatos; aparezcan crecientes espacios de debate; y los actores sociales adquieran la autonomía que sería entonces imprescindible. Un ‘atado y bien atado’ a la cubana. Fuentes ‘liberales’ del régimen reconocen, sin embargo, que nadie sabe cuál es el punto de destino de esa posible evolución; que para no levantar ronchas en la Vieja Guardia, se prefiere emplear el término `actualización’ en vez de `reforma’; pero, también, que los sucesores de los hermanos Castro difícilmente tendrán la legitimidad y autoridad necesarias para controlar ese proceso. Puestos a nombrar lo desconocido, hay quien en la isla habla de ‘democracia deliberativa’, y otros, más artísticos, de ‘cubaneo’, lo que exige en ambos casos una descentralización profunda.

     El Vaticano, a quien interesa por encima de todo la libertad pastoral, aspira a re-evangelizar Cuba y una América Latina en la que el protestantismo le arrebata feligresía sin cesar, pero que aun agrupa al 35% de los 1.200 millones de católicos que la Iglesia tiene censados. Y así es como se ha inaugurado el primer seminario fundado en el país en el último medio siglo, San Carlos y San Ambrosio, cerca de La Habana; se especula con que el pontífice eleve a ‘venerable’ al sacerdote Félix Varela, uno de los precursores de la independencia, que comenzó como monárquico partidario de Fernando VII y murió como republicano al frente de una parroquia de Estados Unidos mediado el siglo XIX; no recibirá a disidentes, igual que hizo caso omiso de una carta firmada por 750 activistas de los derechos humanos, en la que se le pedía que no confortara la dictadura con su visita. La jerarquía cubana ya se había abstenido de condenar en 2010 la muerte por huelga de hambre de  Orlando Zapata, y el mismísimo Jaime Ortega, cardenal y arzobispo de La Habana, glosaba en febrero del año pasado “la buena marcha” de la reforma. Como moneda de cambio, o no, la Iglesia obtuvo –conjuntamente con el Gobierno socialista español- la libertad de 115 presos políticos.

    El Papa llegaba a La Habana, y no por casualidad, después de que se aprobara el plan de reforma, así como de que se confirmase a Raúl como presidente y sucesor de Fidel, en el VI Congreso del partido comunista cubano, celebrado en abril de 2011. Brasil, con visitas oficiales y medidas declaraciones que reivindicaban su soberanía internacional ante Washington, es la otra potencia que deposita su confianza en esa evolución del pos-castrismo.

    El ambiente ‘fin de reinado’ –el del castrismo clásico- lo refuerza el propio Fidel con la publicación en los últimos seis años de cuatro libros de memorias: ‘Biografía a dos voces’ con Ignacio Ramonet, en 2006,  ‘La ofensiva estratégica’, y ‘La victoria estratégica’ en 2010, y este año, ‘Guerrillero del tiempo’. Ese legado se presenta nada menos que como la historia de la nación en forma de autobiografía del fundador y patriarca. Pero las dificultades para que ese plan, relativamente abierto, se realice son considerables. La salud del presidente venezolano, Hugo Chávez -el del petróleo a precios de saldo- y su eventual derrota en las elecciones del próximo octubre le harían mucho daño a una transición que solo puede justificarse por el éxito económico. Y, finalmente, hay que contar con dos clases de radicales que quieren que el plan fracase. Los de Miami, que aborrecen cualquier intento de reforma para que el régimen se ahogue en su propia impotencia, y a la muerte del último Castro se extinga por sí mismo; y los de la isla que, con el establecimiento de algún sistema meritocrático, temen perder los privilegios con los que se premia la fidelidad.

    El exalumno de los jesuitas del Colegio de Belén recibirá probablemente cuando se compruebe si funciona el plan sucesorio, lo que tanto le preocupa: el veredicto de la historia.   

CÁDIZ 1812, A LOS 200 AÑOS

M. A. BASTENIER
 
El Espectador, 4 de marzo de 2012
 
El 19 de marzo de 1812, día de San José o de la ‘Pepa’, de hace 200 años, se promulgaba en el puerto andaluz de Cádiz la constitución así apodada, que muchos han considerado el acta fundacional de la moderna nacionalidad española, y de cuyo cumplimiento o incumplimiento se derivaron en buena medida las independencias de América Latina.

     Durante la mayor parte de esos dos primeros siglos de separación de las  nuevas naciones latinoamericanas de España, la vulgata histórica que se impuso fue la inexorabilidad de las independencias en seguimiento de la emancipación de los Estados Unidos; alimentadas con la munición ideológica de la Revolución Francesa; y apoyándose en el interés británico en fomentar la aparición del mayor número posible de Estados sucesores del imperio español. Divide ut regna.

     Las cosas se ven hoy, a ambos lados del Atlántico, de forma un tanto diferente. La espoleta del cambio fue la invasión napoleónica de España en 1808, y lo que en los anales patrios se conoce como la Guerra de Independencia. Sin ella no se habría producido una conmoción ni tan grande, ni tan súbita. Ante el vacío de poder creado en España por la abdicación de los Borbones, padre e hijo, lo que estalló en lo que hoy llamamos América Latina fue un anhelo de autogobierno, de autonomía, o, mejor, de igualdad en la gobernación y disfrute de los cargos representativos, con la metrópoli, mucho más que la eliminación de los vínculos con la monarquía. El episodio del florero de Llorente fue una anécdota que nadie recordaría si Cádiz 1812 hubiera hecho realidad sus mejores expectativas.

    Cuando desaparece el poder central o queda reducido a la isla del León, al amparo de los cañones de la flota británica, el poder de los virreinatos comienza a sufrir la competencia de nuevas instituciones provinciales o las diputaciones que surgen con la espontaneidad de la defensa de los derechos del monarca, Fernando VII, cautivo de Napoleón. En 1813, con las primeras reuniones de los diputados de Cádiz, entre los que 35 -una cuarta parte del total- eran americanos, hasta que al año siguiente Fernando VII restableció el absolutismo, y entre 1820 y 1823, durante el trienio liberal, la Constitución de 1812 intentó ser la carta de ambos lados del océano. Pero sus principios de igualdad –cierto que relativa- entre peninsulares y españoles americanos se quedaron siempre a  medio camino entre el sentimiento reaccionario de parte de las clases dominantes ‘latinoamericanas’, que no querían innovaciones que las dejaran a merced de las castas, o de los genuinamente ilustrados, tanto americanos como peninsulares, que pugnaban por un autogobierno real, aunque fuera todavía oligárquico. Si Fernando VII hubiera tenido otra formación, más moderna, a Simón Bolívar le habría sido muy difícil prevalecer, y, así, América Latina habría evolucionado hacia la independencia de forma muy distinta y no necesariamente sangrienta.
    Pero, una vez proclamadas las independencias, la Constitución de Cádiz, se convirtió en un documento interamericano y su huella aparece en la mayor parte de las cartas de las naciones recién establecidas, y cuando los constitucionalistas americanos tomaban como modelo a la Francia revolucionaria, se servían con frecuencia de la versión española de esos documentos, que para algo en España se habían molestado en traducir la modernidad. De todo ello se deduce, como han demostrado historiadores latinoamericanos y españoles en el camino trazado por el francés François Xavier Guerra, como es el caso de los ecuatorianos Jaime E. Rodríguez O, Cañizares Ezguerra, el cubano Rafael Rojas, o el colombiano Alfonso Múnera, entre otros, que las continuidades entre colonia e independencias fueron mucho más fuertes que la ruptura que podía parecer ineluctable en la furibunda diatriba anti-española en el ‘Facundo’ del argentino Sarmiento.

     Durante este año de 2012 en América Latina y en España se celebrarán actos de conmemoración de ese despertar democrático, sin duda ensangrentado, frustrante, insuficiente a ambos lados del Atlántico, pero que no por ello menos es el antecedente de los Estados de Derecho de que goza hoy la inmensa mayoría de los pueblos de habla española. En noviembre ese invento necesario que fueron las cumbre iberoamericanas celebrará en la capital gaditana –allí donde hablan tan parecido a como se hace en Cartagena- la que deberá ser cumbre de las cumbres, la mayor de esas reuniones entre parientes; porque, con todas las incomprensiones, agravios, y recelos que siempre surgen en las familias, las cumbres iberoamericanas, sin olvidar nunca a Brasil y Portugal, son las únicas concentraciones de este género entre europeos y extra-europeos, en las que un grado u otro de consanguineidad es indiscutible. Ni siquiera Evo Morales, tan reivindicativo de lo pre-colombino, y con todo el derecho a hacerlo, puede asegurar que no lleve la marca de lo hispánico.

    Ni es un timbre de gloria, ni tampoco un baldón. Es nuestra historia.

      

EL 7 DE OCTUBRE EN VENEZUELA


M.A. BASTENIER

El País, 29 de febrero de 2012

Hay fundados motivos para, en unos casos, temer y, en otros, desear que el resultado de las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre en Venezuela influya directamente sobre la experiencia chavista. Hugo Chávez, inventor en los últimos 12 años de la refundación/revolución en el país, está, como ya se sospechaba pero no quería reconocer,  enfermo de consideración. No es el primer caso en la historia. El presidente de la V República francesa, Georges Pompidou, sucesor del general De Gaulle, visiblemente inflado de cortisona en sus últimos meses de mandato, murió antes de concluirlo en 1974, sin hacer público lo que todo el mundo adivinaba.

El presidente venezolano ha insistido repetidamente, desde que fue operado en junio pasado en La Habana de un cáncer en la pelvis, en que su recuperación había sido total. Pocos días antes de que admitiera las semana pasada que el mal se había reproducido, y que debía de ser operado de nuevo en Cuba, lo más parecido que existe a un sucesor predestinado, el presidente de la asamblea nacional, Diosdado Cabello, todavía decía con afectado sarcasmo que la oposición se llevaría un chasco morrocotudo sobre el estado de salud del presidente. Pero el chasco debió llevárselo él cuando su jefe habló. Lección recurrente: Hugo Chávez es tan suyo como gobernante, que ni a sus más próximos les había contado cómo iban las cosas. Más aún, la convalecencia debería apartarle durante semanas de una gobernación activa, tanto si permanece en la capital cubana como si regresa a Caracas, y no por ello ha delegado poderes en su vicepresidente Elías Jaua.

Los nombramientos de los últimos meses apuntan, sin embargo, a lo que podría ser un conato de plan sucesorio. En noviembre de 2010 Chávez eligió al general Henry de Jesús Rangel Silva como comandante en jefe del ejército, militar de la línea ultra-chavista, que a su designación ya advirtió que la milicia no aceptaría un cambio de rumbo, como consecuencia de las elecciones, y que estuvo con Chávez en el fallido golpe de Estado de 4 de febrero de 1992. Al igual que Rangel, los generales Hugo Carvajal, jefe de la Inteligencia militar; Manuel Bernal, jefe de la guardia presidencial; y Jesús Suárez, de la 42 brigada paracaidista, todos ellos recientemente designados, participaron, como el propio Diosdado Cabello, en la intentona golpista. Entre los últimos nombramientos de peso, solo el del general Clíver Alcalá, hoy jefe de la IV División, la mejor dotada de las fuerzas armadas con novísimo material ruso, no pertenece al círculo ‘del 92’. Si hay sucesión, el Chavismo Dos o poschavismo, en caso de que el oficialismo gane las elecciones, vestirá de uniforme.

Chávez ha fracasado, o ni siquiera se lo ha propuesto, en institucionalizar la llamada revolución bolivariana. El chavismo está concebido como una religión política, al igual que el marxismo-leninismo en la URSS y en la Cuba castrista. Y para institucionalizarse, aparte de tener un sucesor reconocible, el chavismo habría tenido que sistematizar la fe, organizar el mito que tiene como primera deidad al libertador Simón Bolívar, y tratar de racionalizar políticamente un misterio, ‘el socialismo del siglo XXI’, que hoy sigue siendo tan solo un nombre. Como dice el brillante biógrafo del líder, Alberto Barrera: “Chávez es la emoción a través de la cual el pueblo conecta con el poder”. ¿Pero qué hay tras ese vínculo con matices de  encantamiento?

Por el momento, un cesarismo social, un estatalismo autoritario, que se define por la existencia del líder-caudillo, poseedor del carisma popular que le permita interpretar, como lo ha hecho, su propia constitución con la ‘flexibilidad’ necesaria para favorecer su triunfo en las urnas, pero que, sin embargo, no ha llevado el proyecto bolivariano hasta sus últimas consecuencias: la dictadura. Ese sistema híbrido, del que el líder intelectual de la oposición, Teodoro Petkoff dijo a El País que se encaminaba a “un totalitarismo light” -tan híbrido como esa misma contradicción en los términos- es difícilmente institucionalizable, porque si no cierra la vía al poder de otras  fuerzas, no puede garantizarse su propia sucesión.

En sus copiosas, pero seguramente desordenadas lecturas, se ignora si el presidente habrá parado mientes en las palabras de Maquiavelo: “No es salvación de una república contar con un príncipe que gobierna con prudencia –de lo que jamás cabría ‘acusar’ a Chávez-, sino con uno que la regle en modo tal que, aún cuando falte, quede preservada”. Cuesta por ello imaginar un chavismo sin Chávez.