domingo, 10 de junio de 2012

EL 'PICNIC' DE AHMADINEJAD

M. A. BASTENIER
El Pais, 18 de enero de 2012

La política hace extraños compañeros de cama, pero que salgan gemelos parece excesivo. Ese es el caso de la visita del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad  a Venezuela, Cuba, Nicaragua, y Ecuador, con cuyo motivo el presidente ‘nica’, Daniel Ortega, no solo proclamó que ambas revoluciones, la sandinista y la de Jomeini, habían nacido hermanas, el mismo año (1979), y del mismo útero, sino que en un extremo desparrame retórico añadió que los nicaragüenses habían seguido enfervorizados el triunfo de la revolución de Teherán. No debían tener nada mejor que hacer.

     Como la gira coincide con un momento particularmente abrupto de las relaciones con Estados Unidos –endurecimiento de las sanciones norteamericanas, pruebas de lanzamiento de missiles, y amenaza iraní de cierre del estrecho de Ormuz, por el que transita un cuarto del crudo mundial-  cabía preguntarse por qué se producía el recorrido de Ahmadinejad por tierras latinomericanas. Dos escuelas de pensamiento obran en disputa: el presidente, que anda mal de relaciones con el Guía Supremo, Ali Jamenei, querìa mostrar lo seguro que se sentía en su puesto; o, contrariamente, debilitado por el acoso norteamericano pretendía reforzar alianzas formando un bloque contra Washington. Pero de lo que se trataba, en realidad, era de vocearle al mundo lo convencido que está Irán de su capacidad para replicar devastadoramente a las sanciones o incluso a un ataque contra sus instalaciones nucleares, sin necesidad por ello de meterse en bloques,  porque, además, no hay bloque posible en América Latina sin Brasil, cuya presidenta Dilma Rousseff es mucho más exigente que su antecesor, Lula,  con sus amistades, o Argentina, donde después del atentado de la AMIA, atribuido a agentes de Teherán,  decir ‘Irán’ es decir ignominia. Ya existe, eso sí, un cierto bloque irano-chavista, pero apenas simbólico, y sin capacidad de inquietar a Washington.  

    Entre iraníes y latinoamericanos no hay proyectos conjuntos de relevancia, pese a los 300 y pico de acuerdos que llevan firmados Teherán y Caracas; no hay complementariedad económica porque dos de los países visitados, Venezuela y Ecuador, son como Irán productores de petróleo, y los otros dos, Cuba y Nicaragua, se proveen del crudo del Orinoco; no hay moralidad básica común porque el régimen de los ayatolas niega el Holocausto y desea sobre todas las cosas el fin de Israel, mientras que el primer Castro condenó hace dos años el negacionismo de la barbarie nazi y respeta la existencia del Estado sionista; ni, por último, hay ideología afín, como prueba la represión contra el partido comunista iraní, Tudeh, cuyos militantes están en la cárcel, la clandestinidad o el exilio. La gira solo se basa en el inagotable poder de convocatoria del anti-americanismo. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

    ¿Pero quién gana y quién pierde en un posible juego de suma cero? Irán algo gana con su desafiante actitud de ‘business as usual’, tan o más dirigida contra Israel que contra Estados Unidos, puesto que si alguien piensa en machacar desde el aire las instalaciones nucleares iraníes es el Gobierno de Jerusalén. El presidente venezolano Hugo Chávez solo puede ufanarse, en cambio, de haber hecho una ‘rentrée’ internacional más o menos llamativa, a los siete meses de haber sido operado de un cáncer de localización aún difusa, al tiempo que subrayaba su aparente recuperación física reanudando el pasado día 8 en TV su espectáculo de variedades, ‘Aló Presidente’. Y todo ello enmarcado por las elecciones presidenciales del próximo octubre. Pero teniendo en cuenta que en sus 13 años de gobernación el líder bolivariano ya había visitado Irán en nueve ocasiones, y Ahmadinejad estuvo en Caracas en 2009, la trascendencia del encuentro solo puede ser relativa. La familia Castro y Daniel Ortega no sacaban más que asistir puntualmente a las celebraciones que organiza su surtidor de gasolina; y, finalmente ¿qué hacía allí el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que no recibe subsidios del chavismo, ni tiene al paterfamilias de La Habana como mentor político universal?
    Fortaleza y debilidad son caras de la misma moneda. Irán pierde mucho si cae el régimen de Hafez el Asad en Siria -su único gran aliado en la zona-, pero puede salir ganando en Irak si el régimen chií logra mantener la unidad del país. Ahmadinejad está débil, no ya ante Jamenei, sino ante el mundo entero, pero, aún así, se cree con fuerza suficiente para desencadenar el caos en Oriente Medio si Israel y Estados Unidos rompen hostilidades. Por eso acaba de visitar un fragmento de América Latina.

PROHIBIDO PROHIBIR


M. A. BASTENIER
El Espectador, Colombia, enero 2012

No me gustan las corridas de toros –ni la cebolla, la berenjena o el pavo-; la última vez que me personé en Las Ventas fue hace más de 25 años; y cuando he asistido a algún festejo ha sido mayormente para acompañar a amigos extranjeros, que a toda costa querían sentir el escalofrío de la muerte, pero solo por delegación. No tengo nada que replicar a los que por amor a los animales piden la prohibición de las corridas, porque son un espectáculo cruel, en el que se martiriza a un animal, que si le dejaran seguro que preferiría estar en otro sitio. Sigo estando de acuerdo con el alcalde Petro cuando retira la subvención pública a la fiesta, porque no veo ninguna razón para que los dineros de los ciudadanos tengan que ir a parar a los bolsillos de matadores, ganaderos, representantes o empresarios de la llamada Fiesta Nacional, y me parece de perlas que el alto regidor no quiera presidir las celebraciones de este año, igual que tampoco le culparía de negarse a ir a la ópera si el espectáculo no fuera de su gusto. E igualmente, me tiene sin cuidado si los toros constituyen una tradición entrañable, venerable, respetable y profundamente artística, enraizada en la matriz de los pueblos –solo algunos- de origen hispánico. El caracoleo, o como diga Antonio Caballero, del hombre ante el animal jugándose la vida propia y garantizando que el que no se vaya a escapar sea el astado, me tiene perfectamente sin cuidado. Pero estoy frontalmente en contra de que se prohíban los toros, y casi aún más de que se desvirtúen eliminando la última suerte.

    Estoy en contra porque me siento cada día más harto de que la bondad, sin costos, se imponga en todas partes; de que todo el mundo, y señaladamente los poderes públicos, te estén haciendo favores constantemente que uno no ha solicitado, como prohibirnos fumar si hay seres humanos en las más lejanas proximidades, aunque pueda darse el caso de que a los interesados no les importe; de que vivamos rodeados de consejos, orales o por escrito, y últimamente por mail y hasta por teléfono, cuyo objeto declarado es procurarnos una vida mejor. Las bondades auténticas son siempre personales, nunca colectivas, porque el fin básico de estas últimas es hacer sentir mejor al que así actúa. Y digo yo, tanta bondad no puede ser buena para la salud.

    Esas expectoraciones de bondad deberían establecerse de acuerdo con una lista de prioridades. Jamás le he hecho daño a sabiendas a un animal, con la previsible excepción de moscas, chinches, mosquitos, e insectos varios, y no me opondría a que por su bravura, trapío o lo que Antonio Caballero diga, se indultara a todos los toros que aparecieran en los cosos colombianos; pero mucho antes de preocuparme por el bienestar de los toros de lidia, están otras inquietudes, quizá, incluso por los seres humanos. Se me dirá, sin duda, que una cosa no quita la otra, pero sí que pasa, porque como ser tan bueno satisface un montón, seguro que está justificando por ahí otras carencias de  mayor gravedad. 
   Y, por último, queda la funesta manía de prohibir. Lo que a mí me parece mal, se dicen algunos, ha de parecérselo también a los demás, y como de esa manera se hacen daño a sí mismos, vamos a impedirles que sigan haciéndoselo. Matar toros en una plaza para deleite de unos millares de espectadores, con una piedra por corazón, sé que está mal; pero hasta llegar a ese apartado tengo tantas otras cosas de que ocuparme, que mucho antes de llegar a ellas, seguro que las corridas ya se habrán extinguido, pero de muerte natural, por falta de público. Y entre tanto, practiquemos el sagrado principio de prohibido prohibir.

REALISMO MÁGICO EN PYONGYANG

M. A. BASTENIER
El País, 11 de enero de 2012

En Corea del Norte Kim Jong-un ha sucedido a su padre Kim Jong-il, que a su vez ‘reinaba’ desde 1994, cuando tomó el relevo de Kim Il-sung. Toda una dinastía. El mundo parece que se ha estremecido porque el joven sucesor, 28 años y ninguna experiencia excepto la primogenitura, tiene a mano el botón nuclear. Pero el gran motivo de esa preocupación debería basarse en que el régimen de Pyongyang es un caso, quizá, único en la historia, el de un país tan ajeno a todo lo que está fuera, que también puede ser capaz de todo.

    Corea del Norte es el territorio más ‘extranjero’ y ahistórico del planeta. Cuando nació el anterior líder supremo Kim Jong-il, -se cree que en la URSS- la literatura oficial aseguraba que había sido en una cabaña en el pico más alto del país, y que una estrella y varios arcoiris de dimensiones sobrenaturales saludaban el acontecimiento; el primer Kim ya había sido declarado ‘inmortal’, sin que nada de ello cohibiera al ateísmo del régimen. El antiguo corresponsal de la BBC en Seúl, Charles Scanlon, lo llama “comunismo con un toque de realismo mágico”; como una ‘transubstanciación dinástica’.

    El mundo ha visto las imágenes de las exequias como un tsunami rendidas al difunto, con cientos de miles de ‘fieles’ expresando disciplinadamente su dolor, y aunque eso ocurre en todas partes con cualquiera, las proporciones y la exhibición del lamento no son comparables. Corea del Norte es una férrea, fatídica y famélica dictadura, pero no es verosímil que aquel gentío estuviera unánimemente fingiendo, y los mismos testimonios de  norcoreanos que han logrado escapar a Corea del Sur confirman que el pueblo cree todo lo que el régimen quiere que crea: que las estrecheces son culpa de Estados Unidos, y que, pese a ello, son unos privilegiados.

     La ingeniería social de otro comunismo, el de la Europa del Este, nunca fue, en cambio, capaz de nada similar. El deshielo comenzó en Polonia, donde había ciertamente un baluarte contra todo lo que no fuera la fe de los polacos como era la Iglesia católica, pero al cabo de 40 años de adoctrinamiento marxista-leninista, cuando se celebraron las primeras elecciones libres de la posguerra, en junio de 1989, y el partido comunista que dirigía el general Jaruzelski, estaba seguro de que superaría a Solidarnoscl, fue la formación de Lech Walesa la que obtuvo los 150 escaños en juego de la cámara baja, y todos menos uno de los 100 del Senado. El derrumbe general en el resto del feudo de Moscú, fue solo un ‘déjà vu’.

     ¿Será que el pueblo coreano es congénitamente carne de cañón para esas experiencias? Claro que no, puesto que sus hermanos del sur se han establecido sólidamente en la modernidad occidental, donde opera asimismo una ingeniería social, pero flexible, abarrotada de artículos de consumo, y como expresión impecable del ‘poder blando’ de Occidente.

   A los ciudadanos de Europa oriental nadie había podido hacerles olvidar la existencia de Europa; durante la mayor parte de la dominación soviética la sociedad sabía que existían grupos de disidentes, que en determinados momentos habían estado hasta semi-tolerados, como de forma racheada ha ocurrido también en Cuba. Incluso en China, con su actual Gran Salto hacia Adelante, se difundió una disidencia como en los ‘dazibaos del muro de la democracia, y otro tanto ocurrió en la URSS con los ‘samizdat’.  Ahí está la diferencia. En Corea del Norte no puede haber oposición, porque ni siquiera existe la palabra. Una feroz dictadura, como la norcoreana, recurre con frecuencia a la peor represión, pero la negación comienza por la palabra. El propio jovencito recién entronizado, aunque estudió un tiempo en Suiza, iba y volvía de la institución de enseñanza en una limusina con los visillos corridos y bien surtido de guardaespaldas o vigilantes.

    Corea ha vivido entornada sobre sí, el llamado ‘reino ermitaño’, eternamente en pugna entre dos poderes imperiales, China y Japón, y al término de la II Guerra el cierre se hizo total. Por el sur en el paralelo 38, con lo que llegaría a ser la ‘otra’ Corea, y por el norte con China, que tras la guerra por la península (1950-53) volvería a ser el gran poder tutelar.
     Corea del Norte es hoy un laboratorio antes que un país, sin filiación histórica reconocible en la modernidad. Y si un día se extingue la dinastía de los Kim toda la nación deberá comenzar por ir de nuevo a la escuela.

2012 en América Latina

M. A. BASTENIER

El Espectador, 8 de enero de 2012


En 2012, América Latina, que internacionalmente cada día existe más como conjunto, tiene dos grandes citas electorales. El 1 de julio se dirime la presidencia mexicana y el 7 de octubre la de Venezuela. En ambos casos el equilibrio continental experimentará variaciones o consolidaciones en lo que cabe calificar de jerarquía y agrupamiento de las potencias latinoamericanas.

    El todavía favorito en México es Enrique Peña Nieto del histórico PRI, que tendrá enfrente a Andrés Manuel López Obrador del izquierdista PRD, y posiblemente a Josefina Vázquez Mota del PAN. Parece muy difícil que, cualquiera que sean los méritos de la candidata, el partido de la derecha mexicana vaya a alcanzar una tercera presidencia consecutiva, tras los ejercicios de Fox y Calderón, y menos aún con la terrible imagen creada por la guerra contra el narco que no se está ganando, pese a los repetidos anuncios de detenciones de un capo tras otro. Lo que nos deja dos principales candidatos. AMLO llevó a cabo una operación poco lucida parqueándose en el Zócalo, con su insistencia en que el presidente legítimo era él, tras las elecciones de hace seis años. Probablemente es cierto que las irregularidades contables le arrebataron la presidencia, pero México no es Luxemburgo y los comicios no fueron ni más ni menos irregulares que los que ganó el ranchero Fox, y sí bastante más presentables de lo que nos cuenta la historia del México contemporáneo. Peña Nieto se alegró además, con razón, de que el elegido del PRD fuera López Obrador y no Marcelo Ebrard, porque entendía que izquierda contra centro en lugar de centro-izquierda contra centro le dejaba la elección mucho más despejada. Pero lo que sus adversarios califican de vacuidad del candidato, aparentemente revelada cuando demostró andar flojo de letras patrias, es un filón que el PRD tratará de explotar hasta la reacción en cadena. Hacer el ridículo suele ser siempre muy grave ante la opinión de los pueblos de raíz hispánica, y a  juzgar por lo mal que le fue a Moctezuma por no saber plantarse ante Cortés, los aztecas estarían de acuerdo.

    En Venezuela, el enfrentamiento es aún más decisivo. chavismo o antichavismo, con el espeso interrogante de cuál es el estado de salud del presidente Chávez, que jura que ya no tiene cáncer con la misma entusiasta patología con que Felipe Calderón anuncia nuevos golpes contra el narco. Todas las encuestas dan un final apretado entre chavismo y antichavismo, pero eso sería convincente solo si este último es capaz de elegir a un candidato único, que no sea la derecha pura y dura, que no recuerde el antes-de-Chávez, lo que no es empresa fácil. Y el presidente va a gastar lo que no está escrito en amueblar el voto de las clases menos favorecidas con subsidios al coste de la vida, bonos de índole diversa, y lo que haga falta para que ese 50%, al menos, de venezolanos que hoy están mejor que antes de su llegada al poder, no le abandonen. Pero tiene en contra, aparte de las libertades que se toma con el Estado de Derecho, la violencia galopante que ensangrienta el país. Seguridad ciudadana es uno de los principales componentes de cualquier situación que se pretenda democrática y hoy Caracas está peor que ‘Dodge ciudad sin ley’, la película de Errol Flynn y Olivia de Havilland.

    Si vence Peña Nieto el equilibrio latinoamericano se mantiene como está; a lo sumo otro partidario de Lula-Rousseff llega entra en escena; pero si gana AMLO se abre un cierto interrogante, en la línea de un probable no alineamiento de México, que si algún día vuelve a preocuparse de verdad por América Latina, está claro que no puede ser segundo de nadie; igual que Argentina. El statu quo, por tanto, solo se mantendría con la victoria de Vázquez Mota.

    En Venezuela, la derrota de Chávez dejaría a Brasil como única postulación internacional de la izquierda, aunque esta no sea bolivariana, al tiempo que Washington volvería a tener vara alta en Caracas. Y la victoria del militar probablemente le daría alas para iniciar lo que caracteriza como fase esencial y decisiva de su revolución: obtener tanto poder como uno u otro Castro en Cuba, pero votando cada cuatro años.

   Lo que ya existe en América Latina es un cañamazo de orden político internacional, una estructura no tan distinta de la que Europa recibió con el tratado de Westfalia en 1648, pero sin necesidad de librar para ello una guerra de Treinta Años, todo lo cual no es sino muestra de que la presunta superioridad democrática europea debe ser gravemente matizada. América no ha conocido ni una ni dos guerras continentales como la Europa del 14-18 o de la II Guerra Mundial. Y en esa estructura, donde hay al menos dos izquierdas y una sola derecha, también existen países que por su inteligente lectura del futuro quieren ejercer desde el centro, ocupar el fulcrum de todo el sistema. Hablo de Colombia y del presidente Santos, al que, paradójicamente, para desempeñar a  cabalidad ese papel de cada uno en su casa y Dios en la de todos, le convendría mantener a Venezuela a su izquierda, pero aún así el mejor porvenir del país, a la espera de que algún día pueda ganar las elecciones un partido de izquierda democrática, consiste en constituirse en el centro geométrico, como ya lo es geográfico, de las aspiraciones de un continente que –con China o sin ella- está llegando: América Latina.

domingo, 13 de mayo de 2012

RUSIA RECLAMA EL SIGLO XVIII


M. A. BASTENIER

El País, 28 diciembre 2011

El Siglo de las Luces se proyecta aún hoy sobre el mundo occidental con poderosa influencia. Si en España solo dio de sí en el siglo XIX para las guerras liberal- carlistas, que mal cerró la Restauración, en Inglaterra, en cambio, se vio coronado por dos grandes reformas electorales -1832 y 1868-, que anunciaban la democracia; en Alemania alumbró una vía intermedia –el ‘sonderweg’-; en Francia inició la era contemporánea con la revolución de 1789; e incluso en la descolgada Rusia tuvo consecuencias.

   En 1825 estalló la revolución de los liberales decembristas, sofocada por el zarismo; en 1861 el autócrata Alejandro II consideró prudente soltar lastre liberando al campesinado de una servidumbre medieval; y en 1905 un ensayo de revolución tuvo que ser ahogada en sangre, pese a lo que generó otro retroceso menor del absolutismo: la legislación que condujo a las primeras Dumas y un balbuceante parlamentarismo.  El siglo XIX fue, aún más significativamente, el de Tolstoy, cuya novela ‘Resurrección’ podría servir de metáfora contemporánea a la protesta popular en Rusia; el de Turguenev, crítico de una aristocracia que formaba parte de aquella Europa de las Luces; y, más que ningún otro, del joven idealista de ‘El jardín de los cerezos’. Todos ellos podrían estar hoy en las calles de Moscú clamando contra ‘la democracia vigilada’ del primer ministro Vladimir –‘Batman’- Putin y su acomodaticio Dimitri -‘Robin’- Medvedev . Y si no hubiera elegido el atajo del marxismo, rebautizado leninista, Vladimir Ilich también habría estado allí, como europeísta que era, pero difícilmente acompañado por Dostoyevski, nacional pan-eslavista de extrema derecha.

     Tras ese siglo XIX, el periodo bolchevique constituyó, pese a sus mejores intenciones, un paréntesis para la bipolaridad. Rusia se encaminaba en los años que precedieron a la Gran Guerra hacia lo que el comunismo llamaría democracia burguesa y hoy, simplemente, democracia occidental, etapa que Lenin se quiso saltar para edificar impacientemente el comunismo desde que puso el pie en 1917 en la Estación Finlandia de Moscú.

     A la auto-destrucción de la URSS en 1991, siguió la transición alcoholizada pero ávida de democracia de Boris Yeltsin, que ofreció al país lo más inicuo del capitalismo sin casi ninguno de sus grandes respiraderos. Así fue como un nuevo ‘zar’, experto en manipulaciones pre y pos-electorales, pudo ser recibido como el Mesías de la estabilidad y de la recuperación económica. Su seguimiento, que llegó a reunir a más del 50% de la opinión, entró, sin embargo, en recesión, en las recientes elecciones legislativas. Y lo que es más notable, no pocos de los que se manifiestan contra la estafa electoral, pueden haber sido hasta hace poco votantes de esa misma estabilidad. Clases medias, profesionales liberales -todo lo contrario de las revueltas del hambre en el Norte de África- forman las huestes de lo que Tocqueville identificó como el nervio central de la Revolución, aquellos que habiendo mejorado de status, no ven razón alguna para que ese progreso no esté servido por nuevas y mayores  libertades individuales.

    Comparar conmociones sociales coetáneas siempre resulta muy agradecido. Entre los indignados de la Puerta del Sol, Wall St., Londres, o los revolucionarios de Tahrir nunca faltará algo en común: el rechazo de lo presente, cuales quiera que sean la ira y los objetivos de los que protestan. Pero entre el mundo árabe y el eslavo las diferencias son de fondo. Rusia, aún con su desfase de la historia europea, puede reclamarse de un pasado que ilustraron Gran Bretaña y Francia; donde estén Voltaire y Diderot, no faltarán Newton, Darwin o Adam Smith. Y, en cambio, el Islam árabe, por mucho que una parte de sus actuales revolucionarios quiera sinceramente adoptar el ordenamiento político occidental, no puede olvidar que esas dos potencias europeas fueron en el siglo XIX los grandes agentes de la conquista colonial, y sus intelectuales, los profetas y propagandistas del ‘orientalismo’, la visión del ‘otro’ que pulverizó  Edward Said. Por eso, los indignados de El Cairo, los sacrificados de Damasco, y los sublevados de Bengasi, tienen que reinventarse un pasado que les conduzca a algún tipo de democracia, lo que no es el caso de los rusos.

     La modernización que desencadenó en Rusia Pedro el Grande a comienzos del siglo XVIII, y de la que le complacería que se le considerara epígono a Putin, tiene ya otros candidatos. En marzo habrá elecciones presidenciales para las que el primer ministro sigue siendo favorito. Pero el siglo XVIII seguramente no ha dicho todavía la última palabra.
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'LES ANGLOSAXONS'

M. A. BASTENIER
El País, 14 de diciembre 2011
Esto no es la Europa a dos velocidades, que ya existía, e incluso a varias más. La negativa del Reino Unido a la creación de algo parecido a un control de las políticas fiscales de los 27, no por previsible es menos trascendental. Es la división de la UE en una Europa + y una Europa -; veintiséis miembros de la primera y uno solo de la segunda. Adivínese cuál.

    Es virtualmente imposible determinar qué le conviene a una nación, primero porque cualquier nación es una suma heterogénea de voluntades solo unificables por defecto, es decir, por decisión de su gobierno; y segundo porque sería una pedantería insufrible comunicarle al prójimo lo que le conviene.  Por ello la decisión británica de anteponer la independencia de la City a la construcción –o reparación- de Europa, es su ‘realpolitik’. Pero lo que sí cabe es preguntarse por qué Londres se ha hecho así.

     El término ‘euroescépticos’ designa formalmente a los británicos opuestos a una mayor integración de la UE, pero la cosa va mucho más lejos. El euro-escepticismo es, en realidad, una fórmula deliberadamente asexuada para identificar a los enemigos de Europa, y aunque esa aversión sea nominalmente minoritaria, recorre todo el cuerpo de la nación. Y, como suele ocurrir en dilatados procesos de cambio, es también un fundamentalismo, en este caso ‘light’, que adopta la forma de un clamor por el retorno a unos orígenes que nadie sabe ya dónde paran.

    Todo fundamentalismo nace de un temor, y en el Reino Unido lo encarna la desaparición de un mundo posimperial. Cualquiera que haya visitado Inglaterra con alguna asiduidad en el último medio siglo habrá percibido la progresiva europeización del país, el paulatino desvanecimiento de un ‘way of life’, que ya pertenece al mundo de la caricatura y el folklore. Y esa angustia de sentir la tierra que se mueve bajo los pies es lo que da fuerza  a la visión mitológica de la ‘nación imaginada’. La preservación, cueste lo que cueste, del poder financiero británico al que se acredita hasta un 30% del PIB nacional, podrá estar justificada, aritmética al efecto, pero eso no niega el poso histórico sobre que se construye.

    Como nación precavida, Britannia estima que siempre ha tenido a mano una alternativa a Europa: la llamada Relación Especial con Estados Unidos, aquella parábola que Winston Churchill acuñó en marzo de 1946 para encapsular la colosal ayuda que Washington prestó a Londres en la II Guerra, y que un brillante sucesor, el también ‘tory’ Harold MacMillan, tradujo con regusto clasicista como la Grecia británica, sabia asesora de la nueva Roma norteamericana. Pero sin  cuestionar de cuánto valió en su tiempo la metáfora, hoy no pasa de ser un modesto sucedáneo. Cuando Barack Obama declaraba que era “el primer presidente norteamericano del Pacífico” estaba oficiando los funerales del ‘grand large’, aquel Atlántico que un día fue inglés. Y, peor aún, un Reino Unido irrelevante en Europa interesa obviamente mucho menos a Washington, que un socio a parte entera de la UE.

    Ese euroescepticismo, como todos los fenómenos de alguna importancia en la historia, tiene varios siglos de antigüedad. La Reforma protestante en Inglaterra era, al menos a sus inicios en 1538, tanto o más una cuestión política que religiosa. Enrique VIII, además de arreglarse uno, o diversos, matrimonios, estaba proclamando la independencia insular con respecto a una idea simbólica e imperial de Roma. Ese sería, y es, el lugar del Reino Unido en el mundo: impedir con el dominio de los mares que se formara un poder unificador en Europa, primero contra los Habsburgo y en sucesión, Luis XIV, Napoleón y Hitler. El que fuesen de agradecer todas esas intervenciones no niega el por qué geoestratégico de las mismas: impedir  la unidad del continente; es decir, de la UE.

    Y, aunque una Europa sin Londres nunca estará completa, algo positivo cabría desentrañar de la nueva situación. Siempre es mejor trabajar con la realidad que hacerlo solo con nuestras preferencias. Desde el veto del general De Gaulle al ingreso británico en la Comunidad, y la demorada inclusión del Reino Unido en los años 70, nadie ha ignorado en Bruselas que Londres jugaba con las cartas apretadas contra el pecho. Pero nadie quería tampoco cerrar la puerta a una europeización que el nuevo fundamentalismo de las Islas aborrece. La comedia de las equivocaciones podría estar, sin embargo, tocando a su fin. A ese gran problema de Europa le llamaba un militar francés “les anglosaxons”.
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AMÉRICA LATINA Y LA SEDUCCIÓN DE PEKIN

M. A. BASTENIER

El País, 23 noviembre 2011

En 1904 un presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt proclamaba la hora del Pacífico, que estaba preparado, aseguraba, para tomar el relevo del Atlántico, es decir, de Europa. Como buen visionario, se anticipaba a unos acontecimientos, que hoy se están haciendo realidad, pero no con Washington sino Pekín como primer actor.
América Latina aspira a disfrutar su cuota en el fenomenal crecimiento chino y del Pacífico asiático en general, y Pekín busca en la iberoesfera una fuente de materias primas, sobre todo de origen mineral. Entre los países en mejor disposición para ese aprovechamiento, aparte de Brasil que por su gigantismo y reservas de crudo se recomienda por sí solo, están Perú, Chile, Colombia y México, que apuestan por un nuevo eje mundial centrado en el océano de Balboa. Las cuatro naciones ribereñas firmaron este año el Acuerdo de Asociación Transpacífico (Pacific Partnership), que aspira a convertirse en la zona de libre comercio mayor del mundo.
El 60% de las exportaciones chilenas se dirigen ya a los 21 países de la APEC –la zona hormiguea de siglas económicas-; Perú sueña con esa conocida metáfora de Obras Públicas que la convertiría en ‘puerta’ del mundo latinoamericano, en especial de Argentina y Brasil; México trata de reorientar una economía que siempre vio a Asia como rival ante Estados Unidos, país que recibe el 80% de sus exportaciones; y Colombia adopta el goloso eslogan de ‘paraíso de la inversión’. Los ‘cuatro del Pacífico’ sumaron en 2010 el 55% de las exportaciones de toda América Latina, por valor de 438.000 millones de dólares, con un crecimiento de cerca del 25% anual desde 2005. China ya es el primer socio de Chile y Brasil, segundo de Argentina y Perú, y Latinoamérica en su conjunto, el quinto ‘partenaire’ del coloso asiático. Esta semana se ha celebrado en Lima la V cumbre China-América con la presencia de 400 empresas chinas, otras tantas peruanas, y 200 de países de la región. Pekín podría desplazar muy pronto a la UE del segundo lugar, solo superado por Estados Unidos, como comprador y vendedor en América Latina.
Esas cifras contrastan con la hecatombe económica europea, que tiene algo de revancha a ojos latinoamericanos y, notablemente, de la exmetrópoli, que solo dirige un 5,7% de su comercio exterior a sus antiguas colonias, pero no cuentan toda la historia. Las exportaciones de América Latina solo constituyen el 6% del total de importaciones chinas, de las que gran parte corresponde a Brasil; la inversión directa de Pekín es sensiblemente inferior a la que se dirige a otra gran fuente de materias primas, África, y está casi exclusivamente concentrada en la minería. A Latinoamérica le hace mucha más falta China que a China América Latina, por lo que en época de apreturas Pekín tendría la sartén por el mango.
China, que en 1995 importaba 500.000 barriles diarios de petróleo, requería en 2010 cinco millones, y se calcula que su voracidad energética crecerá en un 120% de aquí a 2035. Como informaba ‘The Wall Street Journal’ sobrepasaba el año pasado a Estados Unidos como primer consumidor mundial de energía. Por el momento eso solo afecta en América Latina a Venezuela, que suministra a Pekín 419.000 barriles diarios de crudo, y tiene dificultades en aumentar esa cifra por su generosidad políticamente inspirada con Cuba, Nicaragua e islas antillanas. Por esa razón, Los yacimientos descubiertos en aguas del Atlántico brasileño, y cuya explotación aún no ha comenzado, podría consolidar un eje de intereses entre ambos países, al tiempo que reforzaría las aspiraciones de gran potencia de Brasilia. Una entente sino-brasileña no dejaría de preocupar al otro gran devorador de petróleo, Estados Unidos, cada vez menos activo en lo que un día se calificó de su ‘patio trasero’.
Pekín se halla en una posición similar a la de Washington al término de la II Guerra, cuando ya comenzaban a escasear sus reservas de petróleo, y debía diseñar una política de acceso a las fuentes de energía, hoy reflejada en la alianza con Arabia Saudí y las monarquías del Golfo. China no puede, obviamente, competir en ‘poder blando’ con Washington, de igual forma que tampoco Confucio con Hollywood. Y por ello tiene que recurrir a llamativas pero modestas donaciones, llave en mano, como el estadio de San José en el que la ‘roja’ hizo recientemente el ridículo. La seducción oriental no será, sin embargo, irresistible hasta que una flota de guerra china señoree las aguas del Pacífico latinoamericano.


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