domingo, 10 de junio de 2012

2012 en América Latina

M. A. BASTENIER

El Espectador, 8 de enero de 2012


En 2012, América Latina, que internacionalmente cada día existe más como conjunto, tiene dos grandes citas electorales. El 1 de julio se dirime la presidencia mexicana y el 7 de octubre la de Venezuela. En ambos casos el equilibrio continental experimentará variaciones o consolidaciones en lo que cabe calificar de jerarquía y agrupamiento de las potencias latinoamericanas.

    El todavía favorito en México es Enrique Peña Nieto del histórico PRI, que tendrá enfrente a Andrés Manuel López Obrador del izquierdista PRD, y posiblemente a Josefina Vázquez Mota del PAN. Parece muy difícil que, cualquiera que sean los méritos de la candidata, el partido de la derecha mexicana vaya a alcanzar una tercera presidencia consecutiva, tras los ejercicios de Fox y Calderón, y menos aún con la terrible imagen creada por la guerra contra el narco que no se está ganando, pese a los repetidos anuncios de detenciones de un capo tras otro. Lo que nos deja dos principales candidatos. AMLO llevó a cabo una operación poco lucida parqueándose en el Zócalo, con su insistencia en que el presidente legítimo era él, tras las elecciones de hace seis años. Probablemente es cierto que las irregularidades contables le arrebataron la presidencia, pero México no es Luxemburgo y los comicios no fueron ni más ni menos irregulares que los que ganó el ranchero Fox, y sí bastante más presentables de lo que nos cuenta la historia del México contemporáneo. Peña Nieto se alegró además, con razón, de que el elegido del PRD fuera López Obrador y no Marcelo Ebrard, porque entendía que izquierda contra centro en lugar de centro-izquierda contra centro le dejaba la elección mucho más despejada. Pero lo que sus adversarios califican de vacuidad del candidato, aparentemente revelada cuando demostró andar flojo de letras patrias, es un filón que el PRD tratará de explotar hasta la reacción en cadena. Hacer el ridículo suele ser siempre muy grave ante la opinión de los pueblos de raíz hispánica, y a  juzgar por lo mal que le fue a Moctezuma por no saber plantarse ante Cortés, los aztecas estarían de acuerdo.

    En Venezuela, el enfrentamiento es aún más decisivo. chavismo o antichavismo, con el espeso interrogante de cuál es el estado de salud del presidente Chávez, que jura que ya no tiene cáncer con la misma entusiasta patología con que Felipe Calderón anuncia nuevos golpes contra el narco. Todas las encuestas dan un final apretado entre chavismo y antichavismo, pero eso sería convincente solo si este último es capaz de elegir a un candidato único, que no sea la derecha pura y dura, que no recuerde el antes-de-Chávez, lo que no es empresa fácil. Y el presidente va a gastar lo que no está escrito en amueblar el voto de las clases menos favorecidas con subsidios al coste de la vida, bonos de índole diversa, y lo que haga falta para que ese 50%, al menos, de venezolanos que hoy están mejor que antes de su llegada al poder, no le abandonen. Pero tiene en contra, aparte de las libertades que se toma con el Estado de Derecho, la violencia galopante que ensangrienta el país. Seguridad ciudadana es uno de los principales componentes de cualquier situación que se pretenda democrática y hoy Caracas está peor que ‘Dodge ciudad sin ley’, la película de Errol Flynn y Olivia de Havilland.

    Si vence Peña Nieto el equilibrio latinoamericano se mantiene como está; a lo sumo otro partidario de Lula-Rousseff llega entra en escena; pero si gana AMLO se abre un cierto interrogante, en la línea de un probable no alineamiento de México, que si algún día vuelve a preocuparse de verdad por América Latina, está claro que no puede ser segundo de nadie; igual que Argentina. El statu quo, por tanto, solo se mantendría con la victoria de Vázquez Mota.

    En Venezuela, la derrota de Chávez dejaría a Brasil como única postulación internacional de la izquierda, aunque esta no sea bolivariana, al tiempo que Washington volvería a tener vara alta en Caracas. Y la victoria del militar probablemente le daría alas para iniciar lo que caracteriza como fase esencial y decisiva de su revolución: obtener tanto poder como uno u otro Castro en Cuba, pero votando cada cuatro años.

   Lo que ya existe en América Latina es un cañamazo de orden político internacional, una estructura no tan distinta de la que Europa recibió con el tratado de Westfalia en 1648, pero sin necesidad de librar para ello una guerra de Treinta Años, todo lo cual no es sino muestra de que la presunta superioridad democrática europea debe ser gravemente matizada. América no ha conocido ni una ni dos guerras continentales como la Europa del 14-18 o de la II Guerra Mundial. Y en esa estructura, donde hay al menos dos izquierdas y una sola derecha, también existen países que por su inteligente lectura del futuro quieren ejercer desde el centro, ocupar el fulcrum de todo el sistema. Hablo de Colombia y del presidente Santos, al que, paradójicamente, para desempeñar a  cabalidad ese papel de cada uno en su casa y Dios en la de todos, le convendría mantener a Venezuela a su izquierda, pero aún así el mejor porvenir del país, a la espera de que algún día pueda ganar las elecciones un partido de izquierda democrática, consiste en constituirse en el centro geométrico, como ya lo es geográfico, de las aspiraciones de un continente que –con China o sin ella- está llegando: América Latina.

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