lunes, 23 de julio de 2012

COLOMBIA, EL AMIGO DE TODOS

                                   
M. A BASTENIER

El Espectador de Bogotá, 5 de febrero de 2012

La política exterior colombiana tiene un antecedente próximo en el tiempo. El que inventó lo de ‘conflictos con los vecinos, cero’, fue el ministro de Exteriores turco, Ahmed Davotoglu, en nombre del gobierno moderadamente islamista de Recep Tayyip Erdogan, un modernizador político, lo que le acerca a los propósitos del presidente Santos, al igual que lo hace la lucha contra la secesión kurda, no extinguida pero en retroceso. Curioso paralelismo entre países tan distintos y distantes, que lo que en Colombia se llama ‘turcos’ son ´ árabes libaneses o sirios en su mayoría católicos, que emigraron a América Latina, precisamente por la religión, aunque hoy se la estén cambiando.
Santos querría que Bogotá fuera una especie de fulcro entre las diferentes sensibilidades políticas latinoamericanas, el que comprende a todos y no se alinea incondicionalmente con ninguno, de forma que se erigiera un día en quien mejor pudiera mediar entre todos. Santos nunca será correligionario de su vecino oriental, pero aún menos participaría en una eventual operación de acoso y derribo del chavismo, como placería a Washington. Cierto que por mucho que incordie Chávez a la mayor parte de sus vecinos, sin excluir a algún aliado, no hay clientes para esa ‘movida’, pero bajo el presidente Uribe Colombia habría querido promover ese hostigamiento.
Pero dos –o tres- notables acontecimientos que pueden no estar lejanos debieran poner a prueba la solidez de la política santista –‘santería, dirían sus detractores- como son las interminables reformas cubanas y, sobre todo, el futuro de la isla, que no puede ser por definición eternamente castrista; así como también otro futuro, el del chavismo, que se juega su destino en las presidenciales del próximo 7 de octubre. La tercera oportunidad tiene que ver con las elecciones para un nuevo sexenio en México, donde, sin embargo, si ganara el hasta hoy favorito Enrique Peña Nieto (PRI) no parece que fuera a producirse un vuelco de política exterior, como sería el regreso del país a la política continental tras la interminable abstracción norteamericana.
Santos preferiría, sin duda, que Cuba resolviera sus asuntos sin injerencia del mundo exterior. Pero eso parece difícil. La presidenta brasileña Dilma Rousseff, que aunque no sufra los ataques de delirios de grandeza de su antecesor, Lula, tiene que atender a su parroquia, está pasando revista en La Habana, escuchando con buen semblante a Raúl Castro, visitando posiblemente al patriarca de todos los izquierdismos, Fidel, y sin mostrar el disgusto que puso de relieve con las cercanías del presidente iraní, cuya benevolencia hacia los derechos humanos no incluye a sus paisanos. Brasil no quiere dejar a Cuba en manos de Chávez, pero al igual que el resto de América Latina tampoco está dispuesta a indisponerse con nadie por leerle la cartilla a los Castro. Igual hacía la España de Zapatero, pero hoy se vive un contexto de cambio que hace presumir alguna iniciativa española contra La Habana, como piden los cánones. El PP español, en el poder, encuentra parte de sus señas de identidad exteriores como inquisidor del régimen cubano.
Igualmente, la suerte del chavismo planea sobre el porvenir de la isla. Si pierde Chávez, el castrismo sufrirá un segundo shock, como el que ya le marcó con la autodestrucción de la Unión Soviética. Las reformas vagamente liberalizadoras no van a compensar la eventual pérdida, aunque sea en cámara lenta, del crudo venezolano a precios de saldo. La victoria de la oposición acelerará la esclerosis económica de la Gran Antilla, la cubanez de Miami olerá sangre, y Bogotá no podrá permanecer eternamente mirando al tendido; y si gana Chávez su aspecto físico no permite el vaticinio a largo plazo. El fin del castrismo, deseablemente de origen solo insular, está ya escrito en algún libro de historia, y con ello los amigos de todos descubrirán que la posición de eje geométrico de su mundo acaba siempre por ser una quimera. Y no es que le vaya a costar a Santos decantarse por donde ya está, la democracia de corte occidental, sino que Colombia no habrá alcanzado más que, solo efímeramente, su meta de centrismo para todos los usos.
Algo parecido le ocurre a la Turquía de Davotoglu y Erdogan, que la sarracina siria ha obligado a buscar una nueva identidad regional, cosa que está haciendo con envidiable soltura, pero en la toma de posiciones ha visto saltar por los aires su aspiración de ser el amigo de todos. Dejar en paz a Cuba –o a Siria- es una propuesta perfectamente debatible; pero los vientos del cambio en el Caribe y Oriente Medio lo están haciendo ya escasamente practicable en el caso sirio, y pueden hacerlo dentro de no tanto en el cubano. Por ello, la política exterior santista tiene ya fecha de caducidad.

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