miércoles, 19 de septiembre de 2012

LO QUE PASA EN ESPAÑA

M. A. BASTENIER

El Espectador, 1 de julio de 2012
 
El que fue ministro de Economía de Felipe González, el socialista Carlos Solchaga, dio sin haberlo previsto la explicación metafísica perfecta de la pavorosa crisis que nos asola, cuando muy a principio de los años 90 dijo en un semanario en La Habana que “España había tenido un ataque de riqueza”. Era premonitorio, aunque entonces todavía no condenatorio.

    Los causantes directos de la crisis están en muchas partes y tienen grados diversos de responsabilidad. Primero hay unas fuerzas financieras desmelenadas que en casi todo el mundo occidental, pero particularmente en Europa y Estados Unidos, veían la riqueza como un asiento contable, capaz de multiplicarse de manera indefinida, aunque no hubiera sostén productivo detrás. Esa fiebre afectó muy particularmente a esos españoles que se veían súbitamente, sin haber ido a la escuela el tiempo necesario para matizar e interpretar la realidad, con más recursos económicos que habían soñado en su vida. En España ha habido unos años, los 90 y el comienzo del siglo XXI, en los que había una verdadera competición para endeudarse y con ello mejorar el nivel de vida. El particular pedía desaforadamente créditos, y lo que es peor las instituciones apropiadas se los concedían con la mayor ‘insouciance’. ¿Por qué? Porque aparentemente todo el mundo salía ganando: los que obtenían ese dinero, y los responsables intermedios y no tan intermedios de las instituciones de crédito, porque hacían méritos ante sus superiores trayendo clientes o agenciándose pingües comisiones.

   Por supuesto que entre los responsables mayores están nuestros gobernantes, a ninguno de los cuales se le ocurrió que la burbuja de la falsa riqueza, que en España era la industria de la construcción, tendría que explotar algún día por agotamiento del mercado Pero no fue así. Y como se dice en inglés ‘plague on both their houses’, socialistas y populares (PSOE y PP), porque ninguno se salva de la quema.

   Y así es como nos encontramos en una Europa en la que la libertad de operación económica ha crecido desmesuradamente en los últimos 10 o más años sin que la capacidad de control de las instituciones europeas se reforzara de manera parecida. En el seno de la UE se podía negociar sin tasa, vender, comprar, prestar y endeudarse, mientras los poderes públicos europeos veían cambiar de manos el fajo de billetes virtuales, sin  arte ni parte en el asunto. No hace falta decir que en esa coyuntura, en la que se genera un empobrecimiento masivo de la sociedad –unos cuantos ganaron más plata que nunca en la crisis del 29- hay quien hace su agosto y eso es también lo que está pasando en España.

  Hace solo una semanas que apenas cuatro especialistas sabían qué era eso de la prima de riesgo. Y hace solo unos meses los responsables decían, poniendo cara de que compadecían a Italia, que llegar a los 300 puntos era una catástrofe. La semana pasada la prima de riesgo de España –lo que hay que pagar de interés por los dineros que el Estado toma en préstamo- rozó los 600 puntos, y hoy casi nos sentimos aliviados porque ha vuelto a los 500. Los españoles saben ya que esa prima es todo un riesgo. Y contra esa fragilidad de la economía española hay poderosos intereses financieros que apuestan a la catástrofe de la que sacarán pingües beneficios, como puede ser apartar a España de terrenos en los que la inversión nacional ocupa lugares preponderantes, tal que ocurre en algunos mercados latinoamericanos, con la intención de ocupar su sitio. Cuando el famoso corralito argentino, hace ya más de 20 años, un prominentísimo periodista argentino me contó una historia sumamente edificante. El ministro de Economía de su país iba a hacer un importante viaje a Estados Unidos para entrevistarse con empresarios aún más prominentes, a los que debería interesar en soltar la plata para su país. Y para ello tenía un plan que consideraba infalible. “Cuando me presente ante los norteamericanos” –le dijo al periodista- “les haré ver como ante la crisis los españoles van a abandonarlo todo y ellos –los empresarios- podrán quedarse con lo que haya por una miseria”. No ocurrió nada de ello porque sus interlocutores vinieron a  decirle que si así trataban a los españoles, no había garantía alguna de que no hicieran un día lo mismo con ellos.

    Pero, manos negras aparte, y subrayando que el capitalismo financiero y especulativo que es el primer responsable del cataclismo, los españoles han –hemos- construido un país de campo y playa, con excelentes atractivos, la mejor gastronomía del mundo y que me perdonen en La Tour d’Argent de París, pero que no fabrica nada que necesite el resto del mundo excepto el mayor número de días de sol al año. Y si Europa se resfría agarramos una pulmonía. Eso es lo que pasa en España. Pero no se inquieten que nos recuperaremos.

DE MÉXICO A PARAGUAY


M. A. BASTENIER
 
El País, 27 de junio de 2012
 

El próximo domingo habrá nuevo presidente en México y el sábado pasado Paraguay cambió el suyo. No puede haber, sin embargo, mayor disparidad entre ambos acontecimientos; tanta como lo que separa un proceso como el mexicano, plagado de dificultades pero que avanza hacia su plena consolidación democrática, en comparación a una democracia  electoralista como la paraguaya, en la que la sorprendente elección en 2008 del exobispo, Fernando Lugo, políticamente tan inexperto como bien intencionado, sembró el pánico entre la clase política, hasta el punto de que ha creído necesario destituirlo, eso sí dentro de tan estricta legalidad como evidente ilegitimidad.

    El proceso político mexicano presenta tres grandes opciones válidas y diferenciadas. De entre ellas, es sumamente difícil que gane el PAN, representado por Josefina Vázquez Mota, porque la victoria de la candidata derechista daría al partido un tercer sexenio consecutivo, cuando el segundo, el de Felipe Calderón, está por concluir con el desastre de la guerra contra el narco y 50.000 muertes en los últimos seis años; no lo tiene más fácil Andrés Manuel López Obrador, candidato del izquierdista PRD, con sus constantes bandazos entre su enigmática invocación a una “república amorosa” y el recuerdo de la insurrección de granguiñol con que adornó su derrota ante Calderón en 2006; y, aún con  visibles carencias de aplicación y estudio, el gran favorito es Enrique Peña Nieto, del PRI, que a la fuerza hace de centro por indefinición programática de su partido, al tiempo que asume un eslogan político de  cinismo solo concebible en un  país de arraigado hispano-catolicismo: “seremos corruptos, pero sabemos gobernar”. El PRI, que durante 70 años fue lo que el sociólogo mexicano Roger Bartra calificaba de “oficina electoral centralizada para el reparto de beneficios”, ha sabido convertirse, sin embargo, en un verdadero partido, que se apoya en una coalición de gobernadores de Estado, y que, como el partido comunista en Rusia pero sin la carga del naufragio marxista-leninista, forma parte de la propia urdimbre nacional del siglo XX y de la Revolución mexicana (1910-1924).

      En Paraguay lo desconcertante fue que ganara un perfecto ‘outsider’ como el antiguo prelado. El país había conocido la longeva dictadura del general Stroessner, cuya caída sintonizó con la del comunismo europeo en 1989, y a quien sucedió una  democracia de bajísima intensidad, en la que se eternizaba en el poder el partido Colorado, que ya había dirigido el general. Con los números en la mano, Lugo no debería haber alcanzado jamás la presidencia, porque en su candidatura había de todo menos ‘luguistas’ y sí, en cambio, una mayoría de miembros del Partido Liberal Radical Auténtico, que es una de las múltiples formas que adopta la derecha de los propietarios en América Latina, y cuya principal razón para acarrear sufragios era oponerse al Coloradismo. Y aunque Lugo no haya cambiado gran cosa en una gobernación que le venía ancha como una estola, con sus propósitos bastaba. Los llamados liberales y la facción más derechista del partido Colorado, que inspira Horacio Cartes, se han aliado para juzgar en el Senado y destituir al presidente. La excusa, como en el caso del presidente hondureño Manuel Zelaya, derrocado en 2009 por un referéndum que dicen que quería convocar, en Paraguay ha sido una masacre ocurrida en el desalojo de una finca propiedad de un exsenador Colorado. Y la razón de fondo que Lugo, de nuevo comparable a la gesticulación chavista del presidente hondureño, alentaba con declaraciones poco avisadas la ‘okupación’ de fincas.

     Finalmente, el objetivo de la mayor parte de la clase política ha sido tanto en Paraguay como en Honduras, destruir al aguafiestas, pese a que unas elecciones próximas –en el caso paraguayo en 2013- habrían dirimido la disputa por el poder. Porfirio Lobo sucedió a Zelaya, normalizando con cuentagotas la situación internacional de su país, y se pretende ahora algo similar con quien, Colorado o Liberal Auténtico, trate de remplazar a Lugo el año próximo. Pero el aislamiento de los ‘golpistas legales’ en América Latina es hoy casi total.

    Los mandatos de Vicente Fox y Felipe Calderón en México, cualesquiera que hayan sido sus peores errores, han asistido a una explosión de los medios que hace virtualmente imposible -quien quiera que gane el domingo- el repliegue al tiempo de ‘la dictadura perfecta’, que dijo Vargas Llosa. En Paraguay el Estado de Derecho es, diferentemente, una flor de estufa al que no puede dar todo el calor que necesita un solo hombre, por muy episcopal que haya sido.    

   

EUROGRECIA


M. A BASTENIER
 
El País, 19 de junio de 2012

Europa contenía el aliento y el resultado de las elecciones griegas le ha devuelto el resuello. La pugna se dirimía entre los advenedizos de la izquierda dizque radical -Szyra-, que rechazan el rescate económico europeo, y los de siempre, el centro-derecha de Nueva Democracia, con el apéndice de la izquierda-centro, el Pasok socialista-, que lo aceptan a regañadientes. Y han ganado estos últimos, aunque hiciera falta que la Eurozona, con Alemania a la cabeza, formulase un crudo chantaje al electorado: o vota como es debido, o se queda sin euro. Los mercados, con su sabia perversidad, aún niegan, sin embargo, el placet a la victoria de la derecha, y la situación es incluso más enrevesada que antes de las legislativas.

    Los griegos han votado dominados por una doble pasión. Como decía el diario ateniense Kathimerini, la derecha y sus centros lo han hecho por miedo a lo desconocido, y la nueva izquierda por desesperación ante lo demasiado conocido. Szyra, que esperaba rebañar votos en el vendaval de la Revuelta Árabe, había obtenido en las elecciones de 2009 el 4,6% de sufragios, Nueva Democracia retenía 33,5%, y los socialistas, casi un 44%. El 6 de mayo, los dos exgrandes partidos habían caído por debajo del 20%, y los izquierdistas de Alexis Sipras alcanzaban un sorprendente 17%. Y este domingo los dos primeros clasificados, Szyra y Nueva Democracia, se apretaban entre el 29% de los conservadores y el 27% de los rupturistas, con el socialismo siempre sepultado en las catacumbas.

    La polarización es, por tanto, mucho más absoluta en lo que ha sido de hecho una segunda vuelta de los comicios de mayo. Y unas elecciones que se habían presentado como referéndum sobre el euro están muy lejos de haber aclarado las cosas. Tanto la derecha como la nueva izquierda pretenden que Grecia siga en la moneda única; la diferencia estriba en que los primeros se resignan a pagar un alto precio por ello, y los segundos lo quieren gratis. Y sería perfectamente posible que un número creciente  de votantes de la línea blanda y ‘pro-europea’, cuando tengan que seguir haciendo sacrificios refuercen las filas de Szyra, agudizando lo que en otro tiempo el marxismo llamaba las ‘contradicciones’. Solo una improbable generosidad de Berlín y los dudosos buenos oficios del G-20, reunido en Los Cabos, México, podrían calmar a esa gran nación de deudores que es la Hélade. Y si la coalición entre Nueva Democracia y Pasok resulta imposible, Grecia iría a un Gobierno de Unión Nacional que, en cualquier caso, se parecería muchísimo a lo que hoy se negocia. 

    El acertijo griego no va a concluir con una victoria a los puntos de un Gobierno conservador en el parlamento aderezado por una amenazante trifulca en la calle. En las crisis los hechiceros de la razón hacen su agosto, como  el partido xenófobo, Aurora Dorada, equivalente a la peor versión del Frente Nacional francés, bajo su fundador, Jean-Marie Le Pen, que ha mantenido el 6% de sufragios de mayo y con ello su presencia en la cámara. El exlíder socialista Yorgos Papandreu decía en víspera de las votaciones que peor que la debacle económica era la ruptura en el tejido social euro-griego, representado por el  éxito de esos mercaderes del pánico.

    Pese a la victoria de Nueva Democracia y la culminación del rescate económico, Grecia no dejará de ser durante largo tiempo el ‘hombre enfermo de Europa’ en un continente en el que sobran candidatos al puesto, así como Alemania, nada popular en Grecia desde la II Guerra, seguirá siendo con la rácana ortodoxia de Angela Merkel el país menos querido del planeta de la opinión griega. Véase como se desarrolla el partido de fútbol que disputarán ambos países el próximo viernes en los cuartos de final de la Eurocopa.

    El domingo se celebraron elecciones en tres países del entorno mediterráneo: Grecia, Francia y Egipto; y lo que en las legislativas francesas se traducía en una confortable mayoría de la oposición socialista, en Grecia  ha sido, en cambio, una implosión del sistema de partidos del que difícilmente se ve el final.  En Atenas ha ganado lo que la Eurozona consideraba solución menos dolorosa, pero sin garantía alguna de éxito; en París se ha impuesto una versión modestamente anti-germánica de austeridad pero menos; y en Egipto el Ejército marca estrechos límites al pluralismo. Si la revuelta árabe hubiera sido a la postre para nada, una gravísima ola de inestabilidad recorrería Europa. Aunque el euro ya no fuera problema.

SINO-RUSIA


M. A. BASTENIER
 
El País, 12 de junio de 2012

Ya no necesita Estados Unidos vestir con el espantajo de enemigo secular a Al Qaeda, porque el producto genuino se desarrolla a marchas forzadas. Se llama Sino-Rusia o Rusia-China, y el foro en el que se expresa no solo es el Consejo de Seguridad -con la oposición de ambas potencias a que se endurezcan las sanciones contra Siria e Irán- sino Shangai. En el gran puerto chino del Pacífico se fundó el 15 de junio de 2001  la Organización para la Cooperación de Shangai, que integran junto a sus dos grandes impulsores -emergente Pekín, reincidente Moscú- Kazajstán, Uzbekistán, Kirguizistán y Tayikistán, repúblicas exsoviéticas de Asia central. Y la base de esa incipiente Guerra Fría no es tanto una Alianza como una coincidencia de conveniencias.

    La coincidencia ha cristalizado en la ONU, pero no porque China y Rusia hayan decidido aliarse y actúen conjuntamente en el Consejo de Seguridad, sino porque se han encontrado allí y han decidido ir del bracete. Tampoco puede ser una alianza plena porque las diferencias entre Pekín y Moscú no han  desaparecido. Los acuerdos fronterizos firmados en 2008 no han disipado resquemores que datan de los tratados desiguales del siglo XIX, en relación a los cuales China entiende que ha hecho las mayores concesiones; se encuentra estancada, asimismo, la negociación para el suministro de gas ruso a Pekín porque Rusia pretende vincular los precios del metro cúbico con los del petróleo mientras que China piensa que la quieren timar; y aunque en 1994 ambas potencias acordaron no apuntarse recíprocamente sus missiles, y celebraron sus primeras maniobras militares conjuntas en 2005, Moscú acusa a Pekín de copiar los modelos de cazabombarderos rusos. La conveniencia mutua consiste en que ni una ni otra potencia pueden aceptar nada que se parezca a una unipolaridad de signo norteamericano. Es la oposición a Washington lo que cimenta esa posición, aunque pueda ser únicamente pro tempore.

    Pero sobran razones para pensar en un futuro rumbo de colisión entre ‘Sino-Rusia’ y Estados Unidos.

    Fatih Birol, economista jefe de la IEA (International Energy Agency) dijo en julio de 2010 que China había alcanzado a Estados Unidos en consumo de energía. En 1995 Pekín consumía 3,4 millones diarios de barriles de crudo, la quinta parte que Washington, e importaba medio millón de barriles al día. En 2010 ya devoraba 8,6 millones, algo menos de la mitad que la superpotencia norteamericana, y necesitaba importar cinco millones de barriles. Ese déficit se compensaba con el crudo de Rusia –que es el mayor productor y exportador mundial de petróleo y gas- y de Kazajstán, junto con masivas compras en Irán y Venezuela, lo que explica el interés de Pekín por países distintos y distantes. El presupuesto de Defensa chino era en 2000 una vigésima parte del norteamericano, pero en 2011 ya es solo una séptima parte. La diferencia es grande, pero Pekín no tiene compromisos planetarios como Washington, y está granjeándose una marina oceánica con capacidad nuclear que le permita aspirar a una superioridad local en el mar de la China, por lo que pueda exigir un día el conflicto de Taiwan. Un internacionalista chino decía en ‘Le Monde Diplomatique’ que las dos potencias “jugaban (en ese mar) a asustarse”.

    El caso de Rusia lo detalla alguien tan respetuoso con Estados Unidos y Europa como Mijail Gorbachov, en un artículo aparecido en diciembre pasado: “Mientras Occidente siga insistiendo en su presunta victoria en la Guerra Fría no será posible un cambio en el pensamiento, ni en los métodos propios de la Guerra Fría, como la utilización de la fuerza militar, junto a presiones políticas y económicas para imponer la adopción de un modelo”. Y a ello cabría sumar la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, en cumplimiento del papel de gendarme mundial que el presidente Vladimir Putin le atribuye. El enterrador de la USS concluye con una predicción ominosa: “Rusia ha conocido periodos de debilidad anteriormente, pero han sido siempre pasajeros”.

    No sería gratuito adivinar en las próximas décadas una competición inter potencias para asegurarse el suministro de energía. Tanto China como Rusia poseen vastos recursos carboníferos, que en el caso de Pekín  cubren casi dos tercios de sus necesidades, y Estados Unidos fía en la futura explotación del crudo de Alaska y el Golfo de México, pero la glotonería energética de los grandes Estados industriales parece imparable. Por eso, la organización de Shangai, que estos días ha celebrado cónclave en Pekín, es un proyecto a seguir con la máxima atención.            

   

AMÉRICA LATINA EN EL SIGLO XXI


                         
M. A. BASTENIER
 
Semana (Bogotá), junio 2012

El balance de tres décadas, aunque no sin claroscuros, es globalmente positivo para América Latina. El número de pobres (los que viven con menos de dos dólares diarios) ha caído por debajo del 50% de la población. Pero la violencia ha aumentado vertiginosamente, sin que quepa vincular el problema con la pobreza porque Venezuela superaba en 2011 los 40 homicidios por 100.000 habitantes al año, pese a  que la indigencia se ha reducido en los últimos años. América Latina tiene, con 500 millones de habitantes, el 9% de la población mundial, pero acredita el 24% de las muertes violentas del planeta.

    A fin de los años 80 Cuba ya había dejado de ser la retaguardia de la guerrilla, pero la implosión de la URSS en 1991 fue el golpe de gracia que llevó a los insurrectos de El Salvador y Guatemala a firmar una paz que mal disimulaba la derrota, y  otro tanto ocurría con la ‘contra’ antisandinista en Nicaragua, que Estados Unidos ya no necesitaba por la desaparición del enemigo soviético. Solo resiste hoy la obstinación narcótica de las FARC.

    Pero la mayor transformación del continente se debe a la ascensión del chavismo (1999-…) junto al presunto encuentro con su futuro del gigante brasileño. Con Washington encenagado en Irak y Afganistán, América Latina se estrena como nuevo actor en el juego internacional, aunque lo haga dividida en dos bloques, el bolivariano que dirige el presidente Chávez, con Ecuador, Nicaragua y Bolivia como socios de número, y Cuba, allá en la ruina caribeña, patriarca pro tempore, y una agrupación laxa de democracias liberales de las que Brasil pretende ser líder social demócrata. El llamado socialismo del siglo XXI se vanagloria de su revolución en marcha pero el único auténtico revolucionario latinoamericano es hoy Evo Morales con su tentativa de deshispanizar Bolivia.

   El simbolismo con mayor carga de futuro para esta América que se busca puede ser la reciente firma de la Alianza del Pacífico por los presidentes de México, Colombia, Perú y Chile, que espeta a Europa y Estados Unidos que ya no son la medida de todas las cosas; que Asia espera.

domingo, 16 de septiembre de 2012

DESTINO: PACIFICO

M. A. BASTENIER

El País, 6 de junio de 2012
 
A comienzos del siglo pasado Theodore Roosevelt vaticinó precozmente que el Pacífico iba sustituir al Atlántico como gran mar del quehacer mundial. Pero el presidente de Estados Unidos quería decir que el Pacífico sería en ese siglo ‘norteamericano’. Su país se había anexionado Hawai y ocupado las Filipinas y otros archipiélagos españoles en la guerra de 1898, y habría de convertir Guam en su gran base aeronaval en esas aguas. Para que el Pacífico se hiciera, sin embargo, asiático tenía que despertar China. Y lo que con las turbulencias del fin de la dinastía manchú en 1911 y la proclamación de la república era impensable, está ocurriendo ante nuestro ojos.

    Hoy, en el Observatorio de Paranal, desierto chileno de Atacama, los presidentes Juan Manuel Santos de Colombia, Felipe Calderón de México, Ollanta Humala de Perú, y Sebastián Piñera de Chile firmarán el Acuerdo para la Alianza del Pacífico, que, además de proponer una profunda integración económica de esos países, toma posiciones ante las extraordinarias perspectivas de negocio, centradas en China, que el océano de Balboa ofrece. Los cuatro firmantes, que van desde un indefinido centro-izquierda (Perú) a un prudente centro derecha (los tres restantes) forman un bloque de más de 200 millones de habitantes, renta per cápita de casi 10.000 euros, un tercio del PIB de América Latina, y un 50% de su comercio exterior. ¿Pero qué China es la que aguarda?

       China, el nuevo ‘taller del mundo’ -como se denominó en el siglo XIX a Inglaterra- recibía en 2000 el 9% del comercio exterior latinoamericano,  hoy, en cambio, pasa del 20% y puede desplazar en 15 o 20 años a Europa, que aún acredita la mitad de esas transacciones. En los últimos cinco años Pekín ha concedido a América Latina créditos por más de 50.000 millones de euros, vinculados principalmente a la producción de alimentos, así como está interesado en invertir en infraestructuras para mejorar su aprovisionamiento de materias primas. El interés chino por favorecer la industrialización latinoamericana es, obviamente, nulo. En el Pacífico Sur, que en gran parte reivindica China, se calcula que hay reservas de 130.000 millones de barriles de crudo y 25 billones de metros cúbicos de gas; pero también y en gran parte por ello, se incuba una novísima Guerra Fría entre Estados Unidos y el Celeste Imperio. Hay una base de marines en Port Darwin (Australia) y el presidente Obama anunció en noviembre pasado la reorientación de los intereses exteriores de Washington –en detrimento ¿de quién, si no de Europa?- hacia el Pacífico. Y China, que botará este año su primer portaviones, reafirma  incesantemente su particular versión de la Doctrina Monroe: “China para los asiáticos. ¿Cómo se ve el mundo desde Pekín? Gírese el mapamundi hacia la izquierda para que en vez de darnos de bruces con Europa occidental, de norte a Sur, Gran Bretaña, Francia y España-Portugal, obsérvese como el centro del planeta se aloja en el palacio de verano de la capital china, allí donde mejor se percibe la ley de gravitación universal. Toda una cura para la idea eurocéntrica de la historia.

    Para los cuatro firmantes, a los que pronto se sumarán Costa Rica y Panamá, esa descubierta encierra diferentes significados que desbordan lo puramente económico. Es un primer paso hacia  la liquidación del euro-centrismo del criollato, aunque quienes vayan a darlo sean muy mayoritariamente criollos (Santos, Piñera, y Calderón). Es la suya una negociación Sur-Sur, que puede pasarse de la intervención del Norte, representado por Europa e incluso Estados Unidos, y marca una simbólica emancipación intelectual de los antiguos colonizados, no sin que el lastimoso estado de Europa provoque en algunos actores un si-es-no-es de satisfacción. En segundo término, esta orientación apunta a nuevas realidades. Brasil, que lleva años postulándose como prima donna de América Latina, puede interpretar el movimiento como un ejercicio de compensación: al gigante próximo de Brasilia se le opone otro más lejano y sin aspiraciones políticas conocidas como Pekín. En el esquema westfaliano de equilibrio entre Naciones-Estado, América Latina, pese a  las diferencias entre el grupo bolivariano, Brasil, y el resto, tiene ya unas ciertas hechuras de bloque internacional, y percibe a China como recurso y jamás amenaza.

    Por último, ese nuevo frente exterior podría facilitar la reincorporación de México, con el presidente que suceda a Calderón el próximo 1 de diciembre, a la política general iberoamericana, tras el duradero y narcótico ensimismamiento en su frontera norte. Al bloque de naciones de habla hispana le haría mucho bien ese regreso.      

     

DUELO EN ALTA SIERRA


M. A. BASTENIER

El Espectador, 3 de junio de 2012
 
El historiador Carlos Malamud, latinoamericanólogo jefe del Real Instituto Elcano de Madrid, le ha dado el título que encabeza estas líneas a un artículo publicado en España sobre el duelo entre el presidente Santos y su antecesor, Álvaro Uribe. Alude con ello a un extraordinario ‘western’ de los llamados crepusculares, ‘Duelo en la Alta Sierra (‘Ride the High Country’, Sam Peckinpah, 1962), que protagonizaban dos veteranas estrellas de la época, Randolph Scott y Joel McCrea.

    La similitud de situaciones es solo relativa pero muy diciente. El primero era un antiguo servidor de la ley y su compañero un comisario en ejercicio, ambos en la última recta de su carrera, contratados para una postrera operación sumamente peligrosa. Scott se deja tentar por una buena suma de dinero y traiciona a McCrea. Pero cuando el fiel comisario va a una muerte segura reaparece su amigo y colega y ambos, reconciliados, dan buen término a la misión, aunque no sin que uno de ellos pague su abnegación con la vida. Los parecidos y la asignación de papeles quedan a gusto del lector, pero como la historia entre el presidente y el expresidente colombianos aún no ha tocado a su fin, nadie sabe si la lealtad acabará por imponerse a la querencia de poder.

    En España se sigue el enfrentamiento entre los líderes de la derecha y el centro-derecha colombianos –asígnese aquí también los papeles a gusto del consumidor- sin saber muy bien a qué carta quedarse. La derecha española puede sentir la tentación uribista porque el expresidente fue y sigue siendo muy querido en este país. Y, aunque la ascendencia de ambos es indiscutiblemente española, factor este que juega un gran papel en el afecto que la opinión del país ibérico pueda prodigar a las personalidades latinoamericanas, Uribe sale ganando precisamente por lo que le falta y no lo que le sobra. Aunque su inglés es bueno, su acento, castellanísimo, es el propio de un señor del campo colombiano, en contraposición al que despliegan los círculos más selectos de la sociedad bogotana. Y tener un acento demasiado bueno en España, que no se luce demasiado con  los idiomas, puede ser hasta de mala educación. Ahí Santos queda, por comparación, como más gringo, y eso se carga en contra del interesado.

    ¿Cómo se puede explicar a los españoles por qué se pelean? ¿Qué fundamento hay para sostener que el jefe de la oposición a Juan Manuel Santos es el propio Uribe? Eso ya lo dijo Ernesto Samper, y quien esto firma así lo publicó en una columna a comienzos de 2011, poniéndolo en boca del expresidente liberal. La opinión española sabe que Uribe clama ‘traición’, basándose en que el mandato de Santos se aleja de la pauta que él le dejó encomendada, y que sostiene que lo eligieron para continuar su obra y no para poner en práctica temerarias novedades como amigarse con el presidente venezolano Hugo Chávez. A ello habría que sumar, siempre según la mesnada uribista, la persecución judicial de sus íntimos colaboradores, la despresurización de la lucha contra las FARC y, lo peor de lo peor, hacer la paz y no la guerra con los narco-insurrectos.

    Pero, en realidad, el que se sorprendiera en España o en Colombia, de que Santos haya querido ser su propio presidente, andaba mal de información, porque a nadie puede caberle en la cabeza que un gran señor de Bogotá podía resignarse a ser la copia de un hacendado paisa, como tampoco habría sido posible al contrario. Y si hay un matiz importante en las diferencias entre ambos mandatos, de nuevo vistas las cosas desde el otro lado del Atlántico, debería ser el mayor acento que Santos pone en la modernización de Colombia, lo que incluye su posicionamiento en una especie de centro diplomático de América Latina, amigo de todos, subordinado de ninguno, que en la mera cuestión de orden público o doctrina de la seguridad democrática.  

    Las similitudes con la película de Peckinpah solo pueden ser de libre interpretación de los interesados. Para el ‘santismo’ será perfectamente legítimo entender que la traición de donde viene es, contrariamente, del uribismo, en la medida en que a los expresidentes la lealtad institucional se les supone, y que, como decía Felipe González de los jarrones chinos, tienen que hacer bonito allí donde los pongan. Cierto que no es la primera vez que hay disensiones entre presidentes entrante y saliente, como hubo entre López Pumarejo y otro Santos, Eduardo, pero jamás se había alcanzado un nivel de irritación, favorecido por el cómodo invento del twitter, como en la actualidad. Vistas las cosas en esta distancia y con diferencias tan naturales se comprende mal la trifulca. Salvo por una cosa. La añoranza que siente Álvaro Uribe de su presidencia. Y si hay que poner a los españoles en la pista de lo que guarda el futuro habría que subrayar que la hora de la verdad está por llegar con las elecciones legislativas en las que, si la amistad de los dos protagonistas del ‘western’ presidencial no lo remedia, se sabrá quien tiene a una mayoría de colombianos tras de sí.

    La preferencia española se tendrá que debatir dolorosamente entonces entre aquel al que se quiso tanto, el expresidente Uribe, y el que hoy ocupa el cargo, a quien se quiere más cada día, sobre todo si acude a la próxima cumbre iberoamericana de Cádiz para conmemorar los 200 años de la Constitución de 1812: Juan Manuel Santos, presidente colombiano en ejercicio.