domingo, 16 de septiembre de 2012

LAS ELECCIONES DE LA DESORIENTACIÓN


 M. A. BASTENIER

El País, 11 de abril de 2012
 
¿Cómo resistir a la tentación de comparar la decadencia, o la desorientación de Francia, con la personalidad de sus candidatos a la presidencia? Pero el desleimiento de Francia puede verse también como una forma epigonal del decaimiento de Europa. Si queda un resto de pareja formalmente directora de la UE - la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy- es porque Berlín se siente más cómodo compartiendo el fardo de la crisis, mientras el país avanza  hacia su plena libertad de acción internacional. Si un día se habló de europeizar Alemania, hoy tocaría hacerlo de la germanización de Europa.

    En menos de dos semanas comenzará el proceso electoral francés, y hay que decir proceso porque en primera vuelta solo se ganará a los puntos y hasta la segunda vuelta en mayo no se sabrá quién se enroca en el Elíseo. Tan solo el presidente Sarkozy, derecha pos-gaullista, y François Hollande, socialista de oficio, pueden revalidar o alcanzar esa dignidad, pero hay tres más, el pluscuam-socialista Jean-Luc Melenchon, el centrista al cuadrado Francis Bayrou, y Marine Le Pen, segunda generación de xenofobia, que luchan pensando en el día de mañana, y son los que ‘elegirán’ vencedor.

    El candidato socialista es serio, decente, trabajador y posee todos los atributos para ser un buen presidente de Francia, excepto parecerlo. Sarkozy es poco serio, vulnera los límites de la impropiedad como cuando ataca con electoralismo anti-europeo a España, y aún más que trabajador, hiper-expansivo, ha podido parecer en algún momento presidencial. En 2007, cuando se sacó su primer periodo, vendió un producto diferente, que podía llamar la atención del ciudadano como la portada a color de una revista. Su mandato tenía que ser el de la transparencia, el votante sabría siempre en qué andaba su presidente, pero en cambio ha sido el de la prensa del corazón, golosa de explotar la imagen de su esposa Carla Bruni, con la aparente complacencia del propio Sarkozy. El líder conservador desacralizaba peligrosamente con ello la jefatura del Estado hasta convertirse en un presidente coloquial. Y Francia mal puede apreciar esa mudanza. Más asumible puede haber sido otro gran rasgo de su gobernación: el atlantismo, en nombre del cual reintegró Francia al mando militar de la OTAN, enterrando definitivamente el gaullismo. ¿Cabe imaginar al general De Gaulle, Mitterrand o incluso Chirac participando con el entusiasmo de Sarkozy en el cerco norteamericano de un Irán, del que solo se sabe que enriquece átomos?  

    Hollande, que nunca ha sido ministro ni desempeñado cargo público relevante, es un intelectual laico, que no logra desembarazarse de un cierto aire burocrático. Habla bien, sabe lo que dice, es centrista dentro de una izquierda compasiva y moderada, pero se maneja mejor en el cuerpo a cuerpo que en la media o larga distancia de los mítines. Hace unos días compartió atril con su antigua compañera, Segolène Royal –derrotada como candidata socialista por Sarkozy en 2007- y sus esfuerzos por mostrarse natural eran más rictus que actitud.

    Más allá de la pareja principal, aquella terna de candidatos aspira a obtener resultados cuando menos respetables. Bayrou, que se difumina progresivamente entre Sarkozy y Hollande, será crucial porque quien de ambos muerda más en segunda vuelta de su voto centrista, tendría mucho ganado; Le Pen, cuyo Frente Nacional, crecientemente inter-clasista y más cerca del presidente que del aspirante, confía en superar los 12 o 13% de sufragios para hacer algo más que salvar los muebles; y Melenchon que, con el 15% que le adjudican las encuestas, sería el vencedor moral de esa primera vuelta, se hallaría en disposición de refundar un nuevo partido socialista a la izquierda del socialismo. El candidato de esa retórica veterana suena hoy a un híbrido entre Robespierre y De Gaulle, aunque para sus detractores recuerde más bien a Scaramouche. Pero solo la aportación de ese acopio de votos le daría la opción a Hollande de rebasar en segunda vuelta el 50%.

    Sarkozy parece haber interiorizado la hegemonía alemana en la dirección de la UE. El candidato socialista, diferentemente, ha llegado a decir que había que revisar los recientes pactos europeos, dentro de los cuales casi nadie niega que es muy difícil practicar una política de izquierdas, pero Hollande en el poder tendría seguramente un gran problema para decir que no a Merkel. Si Francia solo sirve ya para lugarteniente de ocasión en una Europa, alemana o no, en delicuescencia, la latinidad y España, en particular, tendrían sobrados motivos para lamentarlo.         

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